
"Un grupo de gente que no trabaja, no hace nada y nada le importa. Y que genera problemas de inseguridad al resto, según se lamentan. La paradoja, aunque solo sea lingüística, es que una parte no anecdótica del resto proviene del movimiento de autogestión y de los centros sociales okupados.'¡No trabajan y no mueven el culo, que hagan algo!', decía uno de los acampados.
'Vámonos y levantemos las tiendas antes de que sea demasiado tarde', advertía con malestar el portavoz de las asambleas de los barrios. Uno de ellos, dicen, sacó un hacha a pasear hace poco. Otros, dicen, arguyen que no tienen casa y que lo mismo les da estar en un sitio que en otro. El corazón democrático del movimiento tiene un problema. No puede excluir a nadie. Pero ya están hartos."
Y en vez de proceder a invitarles a abandonar la plaza, aunque fuera incoherente uno se teme que es la elección más razonable, los indignados se encuentran bloqueados por su prédica sin matices de la democracia real y la tolerancia absoluta, principios que, tomados en su idealidad y creídos como tales, a pies juntillas, no son más que mistificaciones: se trata de principios regulativos irrealizables y ahí radica su fuerza, en su carácter utópico e inaplicable cualesquiera que sean las circunstancias. No puede haber tolerancia absoluta con los intolerantes, por ejemplo.
En fin. Lo que uno temía parece estar consolidándose. Sin haber llegado a la masa crítica, la distancia respecto a esa mayoría silenciosa que dio inicialmente su soporte al movimiento no hace más que aumentar. Si es así, la marginalización del movimiento es cuestión de tiempo y el potencial subversivo podría agotarse más pronto que tarde. Esta perspectiva es la peor posible pues si la evolución política continua su previsible curso, la tentación revolucionaria estará lista para entregarse a las peores tentaciones...