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13 de junio de 2014

"Correspondencia digital"


La colaboración que, a cuenta de la lectura de la correspondencia entre Hermann Hesse y Thomas Mann, se publicó hace casi tres semanas en la revista Catalunya vanguardista con el título "Correspondencia digital":

"No es fácil esclarecer si los principios que parecen regular nuestra comprensión tienen un origen biológico o social, si se generan en la interacción entre ambos o son construcciones culturales históricamente contingentes. El debate filosófico, pues la pregunta pertenece a este orden, está abierto y no tiene visos de encaminarse a su cierre.
No obstante, algunos aspectos de la discusión gozan de un cierto consenso. Por ejemplo, que el par identidad / diferencia y la serie de oposiciones a él vinculadas han ordenado el panorama conceptual en nuestras sociedades durante siglos o que en función de qué miembro del par domina la caracterización de un determinado hecho o fenómeno se pueden clasificar y periodizar acontecimientos y series temporales. Así, por lo que hace a la interpretación de la historia, los griegos de la Antigüedad inclinaban el fiel de la balanza hacia la repetición, peso que el cristianismo invirtió radicalmente o mientras que desde el siglo XIX la originalidad es considerada una condición sine qua non del valor de la obra de arte, en siglos anteriores lo había sido justo su contrario, la semejanza con lo ya creado. Asimismo, podría decirse que la controversia tampoco es especialmente intensa cuando se afirma que si este modelo dualista es aplicado mecánicamente y jerarquizado de forma inflexible, nos acostumbramos a encontrar ante ideologías, religiones o, simplemente, ante la irreflexión o el pensamiento trivial. Es entonces el momento de la proliferación de maximalismos, profecías, dogmatismos, confusiones de planos, pasos indebidos entre órdenes diversos, simplificaciones, falta de matices…
Pues bien, algo de eso podría estar sucediendo hoy día cuando en los medios de comunicación se aparenta evaluar la llamada “revolución tecnológica” y efectuar prognosis. Tal vez por la influencia del pensamiento postestructuralista del último tercio del siglo pasado, se está imponiendo demasiado automáticamente en la descripción el polo de la novedad, del cambio, de la discontinuidad, como si la pregunta de Castoriadis, “¿Dónde estaba el piano durante el Neolítico?”, que incidía agudamente sobre el valor de la ruptura, se hubiera convertido en la vara de medir hegemónica. Esta asunción, además, provocaría que las especulaciones sobre los escenarios próximos de  la evolución social se articulen casi exclusivamente en términos de utopía o de apocalipsis: dado que la revolución tecnológica de las últimas décadas supone una novedad absoluta, las inimaginables transformaciones que conllevará sólo pueden valorarse en términos de un porvenir maravilloso o catastrófico pues carecemos de referencias anteriores.
Mas el imperio de la novedad y su proyección utópico-apocalíptica pudieran no hacer justicia a la situación actual y sus escenarios futuros. Tal vez haya continuidades cerca de las discontinuidades, invariantes junto a las rupturas y lo que pasa por radical innovación no lo sea del todo. Tomemos una muestra de esta revolución: el correo electrónico. Tanto los apologetas de la Nueva Era como los nostálgicos del pasado parecen coincidir en que está acabando con el correo postal. El e-mail habría aniquilado la carta y con ella una forma de relación, un género literario e incluso una forma de vida – según unos para bien, según los otros para mal.
Correspondencias como las que mantuvieron Kandinsky y Schönberg, Nin y Henry Miller o G.B. Shaw y Churchill son cosa del pasado
Vassily Kandinsky /Wikipedia
Vassily Kandinsky /Wikipedia
Cierto que, a simple vista, correspondencias como las que mantuvieron Kandinsky y Schönberg, Nin y Henry Miller o G.B. Shaw y Churchill son cosa del pasado. Con todo, eso no significa que la comunicación epistolar sea un hábito que se esté extinguiendo: en febrero de este año el Daily Mail, aunque no los publicó, atesoraba más de 300 páginas de correos entre el ex-premier británico Tony Blair y Wendi Deng. Esta correspondencia no parece tener la categoría  que la mantenida por Marx y Engels ¿pero es tan distinta de la que entablaron en su tiempo James Joyce y Nora Barnacle? Otro caso. El conocido intercambio epistolar que mantuvieron entre 2008 y 2011 J. M. Coetzee y Paul Auster, que se publicó bajo el título de Here and now y considerado un ejercicio contemporáneo de literatura epistolar, consistía en una mezcla de correos electrónicos y misivas enviadas por fax.
El correo electrónico, pues, no está tan claro que haya hecho desaparecer la interacción comunicativa escrita, aunque la haya modificado, y tal vez tampoco haya transformado tan sustancialmente sus caracteres distintivos como para aniquilarla. Como las mensajerías instantáneas frente a la mensajería tradicional, las novedades a lo mejor no son tan absolutas como para apisonar las continuidades y cantar el final ni de la literatura epistolar, ni del género, ni tan sólo de la costumbre.
Se argumenta, por parte de los utopistas, que el e-mail suprime la distancia espacial y temporal y que este logro modificará las pautas de la interacción humana. Pero si bien es cierto que disminuye tanto la cesura temporal que casi se estaría tentado de corroborar esta supresión, lo cierto es que, aunque disminuida y reducida, sigue existiendo: no se cancela aunque el escrito llegue mucho más rápidamente que antes. Como tampoco se disuelve la distancia espacial aunque esta se sublime en la forma de un ciberespacio que todos habitamos en calidad de interconectados en la Red. De hecho, una de las formas habituales de la literatura epistolar que consiste en datar y situar a los participantes, permanece en la digital no sólo porque muchos correos “oficiales” o corporativos incorporan ambos datos a pie de correo sino porque redacción y recepción siempre contienen una referencia temporal – día, hora y minutos – entre otros motivos porque no es posible la comunicación instantánea e inmediata sin demora, por muy reducida que sea ésta: la novedad no cancela una de las causas de la existencia de la correspondencia escrita aunque la altere notablemente.
Thomas Mann / Wikipedia
Thomas Mann / Wikipedia
Un ejemplo tomado del pasado podría servir para profundizar en el arco de las similitudes y diferencias y en la fuerza de esta novedad: la correspondencia que Thomas Mann y Hermann Hesse mantuvieron a lo largo de casi cinco décadas, entre 1910 y 1955. Algunas características de la epistolaridad literaria, y con ella de un cierto tipo de interacción a distancia clásica, se manifiestan en ella en todo su vigor: la autoconciencia del carácter documental de las cartas, su cuidada confección como un artefacto literario más, el intercambio de reflexiones y tomas de posición, la evaluación de la actividad creativa de los interlocutores y de otros…  Respecto a la conciencia de la naturaleza documental de las cartas: ¿ha desaparecido por completo en el intercambio de mails? Por estos pagos tenemos una muestra de que más bien sucedería lo contrario. ¿Qué cabe suponer sino en la efusión de correos conservados y presentados al juzgado en el conocido caso del ex-Duque de Palma Urdangarín? Por otro lado, por lo que hace a su composición literaria, el volumen escrito por Coetzee y Auster, trufado de reflexiones, tomas de posición y valoraciones de textos del otro, bastaría para mostrar que no hay nada en la naturaleza del correo electrónico que impida su uso literario. No obstante, se aducen otros los motivos para sustentar su absoluta novedad. Así, se afirma que su velocidad de emisión predispone al contacto breve y protocolario; que la posibilidad de enviar copia a docenas, cientos o miles de individuos acaba produciendo fenómenos de saturación y abandono además de la obvia difusión exponencial de la información; o que la de adjuntar archivos multimedia o incluir el texto original al que se responde, aspectos todos ellos inexistentes en el correo postal tradicional, modifica totalmente las condiciones de la interacción. Sin embargo, en la recopilación de las epístolas que se dirigieron los dos nobeles alemanes, junto a las usuales en este tipo de compilaciones, hallamos no sólo tarjetas postales, de por sí breves y protocolarias, sino también cartas de contenido rutinario encaminadas más a mantener el ritual del contacto que a transmitir o juzgar como se observa en buena parte de la correspondencia entre diciembre de 1932 y noviembre de 1933. Asimismo, no faltaban tampoco copias de respuestas o de cartas enviadas a otros interlocutores que, sin llegar a las dimensiones del “Cc”, impiden que se pueda hablar a la ligera de la absoluta originalidad del fenómeno más cuando, en rigor, los envíos masivos a miles de destinatarios tienen lugar mediante “listas de distribución” y no correos electrónicos personalizados. También el fenómeno de la “saturación” por la masiva recepción – o envío – de mails tiene su correlato, a cierta escala, en la incapacidad de despachar la correspondencia que, a menudo, experimentan ambos, especialmente Thomas Mann quien utiliza la expresión “bancarrota epistolar” para dar cuenta de sus dificultades de dar cumplida respuesta a lo recibido o entablar nuevos diálogos. Por otro lado, pese a que no se incluya por defecto el texto original al que se responde, que tampoco se incorpora siempre en la comunicación digital, no por ello deja de ser citado en numerosas ocasiones e incluso a veces reproducido siquiera parcialmente. Finalmente, el envío postal entre ambos fue auténticamente “multimedia” en el sentido más amplio y vago del término pues las cartas que se enviaron se acompañaron a menudo de recortes de prensa, poemas, ediciones privadas de escritos y, también, de acuarelas por parte de Hesse, pintor en sus ratos libres. Estas muestras deberían autorizarnos a adoptar una actitud escéptica respecto a las proclamas de ruptura axial.
La pregunta de Castoriadis tiene trampa. Si se reescribiera como “¿Dónde estaba el piano en el Renacimiento?” tendría una fácil respuesta: en el clavicémbalo
Es cierto que entre el correo digital y el postal hay diferencias importantes y que incluso si nos limitáramos a analizarlas sólo por el lado del aspecto cuantitativo deberíamos tener en cuenta que, en muchas ocasiones, los incrementos o disminuciones en la cantidad pueden suponer variaciones cualitativas. Con todo, a la luz de la correspondencia entre Mann y Hesse resulta demasiado ligero afirmar que aquél suponga una novedad tan absoluta como para inaugurar una nueva época que nada tiene que ver con los tiempos inmediatamente precedentes. Y, por ende, ante él, como ante la revolución tecnológica, no se debería adoptar una evaluación ni apologética ni apocalíptica porque tal vez no irrumpiría en un vacío histórico sin precedentes.
En realidad, como de costumbre, el problema es de escalas o niveles. La pregunta de Castoriadis tiene trampa. Si se reescribiera como “¿Dónde estaba el piano en el Renacimiento?” tendría una fácil respuesta: en el clavicémbalo."

3 de mayo de 2014

Escribe Hermann Hesse


"Lo relamente extraordinario son las cartas que, desde el Reich, me envían algunos partidarios del régimen: todas están escritas a una temperatura de casi 42 grados, elogian con grandes palabras la unidad e incluso la 'libertad' que actualmente imperan en el Reich, y en la línea siguiente se lanzan a despotricar contra la piara de inmunda de católicos o de socialistas, a los que ahora les darán su merecido. Hay un ambiente de guerra y de 'progrom', entusiasta y rebosante de ebriedad: son los estados anímicos de 1914, sin la ingenuidad que aún era posible en esa época. Costará sangre y muchas otras cosas: hiede ya bastante a maldad y negatividad. No obstante, a veces me conmueve el entusiasmo por los ojos azules y el espíritu de scarificio que se advierte en mucha gente" (Mediados de julio de 1933. Correspondencia con Thomas Mann. Trad. de Juan J. del Solar B., p41)

2 de mayo de 2013

De Hesse, jardines y literatura


Este fin de semana uno se ha acordado de Hermann Hesse, concretamente de las bellas páginas de Pequeñas alegrías dedicadas a las tareas de mantenimiento del jardín a las que el suizo consagraba no poco tiempo. De aquellas páginas uno retenía una viva y fresca imagen de calma y goce, de demora y morosidad en las labores de acondicionamiento, mejora, cultivo, trasplante y limpieza, que el bueno de Hermann emprendía a finales de cada invierno. Unas ocupaciones que, de alguna manera, marcaban el inicio de la primavera y que no podían menos de evocar la supensión de la escisión entre hombre y Naturaleza.

Claro está, la construcción del bueno de Hermann era "literaria". Cierto. Mas no sólo en el buen sentido. Uno se teme que también fuera "literaria" en el aspecto menos agradable del término. En ese otro sentido más bien próximo a la tergiversación por estilización o la deformación por modelización. En ese otro matiz que la acerca peligrosamente a la falsedad.

Será, en su descargo, porque faltaban en la enumeración de los habitantes de su jardín, pero después de casi cinco horas dedicadas por los cuatro habitantes de esta casa al intento de trasplantar dos "ficus benjamín" de más de dos metros y medio de altura (y no está de más dejar constancia que el calificativo "benjamín" suena a broma de mal gusto) a nuevos tiestos, uno no puede dejar de pensar que o Hesse omitió ciertos datos sobre la factura física que comportaban esas labores o, simplemente, la lentitud, la degustación de los olores de la tierra removida, los abonos, las flores y las savias o la vivencia de la irrupción de la primavera dependen del tamaño de las plantas con las que trabajas y no cancelan ninguna escisión. Cuando éstas exceden la medida de tus manos, sólo hay sudor, cansancio, rasguños, músculos exigidos al límite, olor corporal, mejor dicho, mal olor corporal y un disgusto feroz que nos recuerdan la pertinencia de la escisión y que sólo se aplacan con una copa de vino o unas cervezas cuanto más lejos del jardín mejor.

3 de marzo de 2012

Cuando la realidad no imita al arte


Que el arte imite al mundo puede ser parcialmente aceptado en determinados momentos. Que el mundo imite al arte es más discutible pues aun sucede menos que el caso inverso.

Este fin de semana, después de muchos días de frío, enfermedades e incertidumbres ya concluidas acerca de mi hermano (el tumor ha sido calificado de benigno, finalmente) la luz que presagia la próxima primavera, que la anticipa como esperanza, se adueñó de la ciudad y al abrir la terraza y sentir su calor todavía tierno sobre la piel las Pequeñas alegrías de Hermann Hesse acudieron, como cada año desde que cumplí los 16 y leí el volumen por vez primera, a su cita embellecedora.

Esta vez fueron los textos dedicados a las tareas del jardín en febrero. Con el declive del invierno es hora, como en el caso del buen Hesse, de sacar los sacos de tierra, abono, grava y demás, las tijeras de podar, las azadas pequeñas, los guantes e impregnar el jardín del olor a tierra fresca, a savia, a hoja. En eso se recreó uno un buen rato con el café.

Lástima que ese placer de la tierra húmeda, de las raíces, de los tallos vivos y de las ramas con brotes sea tan puramente literario: de todo eso se ocupa Esther. Uno carga, compra, mira y, sobre todo, escribe sobre ello. Primera inexactitud, por decirlo suavemente.

La segunda: el jardín está cubierto por una gruesa capa de polvo, yeso y grumos de cemento. Todo su flanco izquierdo lo ocupa un andamio dedicado a la rehabilitación de la fachada exterior del edificio contiguo.

No se puede decir que la realidad esté imitando al arte precisamente.

Por lo demás consignar, ya puestos, que la gran hiedra que debía dar ilusión de continuidad y permanencia se secó el verano psado de manera sorpresiva y la nueva apenas se enfila unos metros por la pared desnuda. El jardín no es el que debía ser y Parménides, una vez más, ha sido barrido por Heráclito.

13 de octubre de 2010

13 de octubre de 2010: Crónica intempestiva de un viaje (X). El Reloj Mundial de Alexanderplatz



27 de julio de 2010. Segunda parte.

"Uno de estos aparentemente insignificantes indicios de la cercanía de Hesse al circuito de la producción literaria aparece en el artículo "Sobre una exposición de tipografía moderna" (1901) recogido en el volumen. Llama la atención una cierta discordancia de esta pieza respecto a las demás recogidas, mas el detalle relevante en cuanto a disonancia es la glosa de discutible pertinencia del editor Eugen Diederichs, ya convertido en un "admirador" o "seguidor" -según algunas fuentes secundaria- de la obra de Hesse por esos años.

Según Hesse, Diederichs, que es el único editor citado en cuanto tal -y su editorial también la única de la que habla-, posee "no sólo... buen gusto, sino un conocimiento, adquirido en un estudio continuo y apasionado, de los impresos y xilografías de los mejores talleres de las pasadas centurias. Nos consta (sic) que el tipo y el papel de cada nueva obra es objeto de una larga y seria ponderación por parte del editor" (p14). La alabanza no es, además, gratuita. Una lectura atente del artículo muestra que, en realidad, puede ser leído sin problemas como un pretexto para hablar de la editorial Diederichs y, por ende, de su patrón. Si los párrafos dedicados a la editorial los tomamos como el núcleo del texto es fácil observar cómo los demás elementos se adecúan perfectamente como ornamentos propedéuticos para jusificar la loa: una práctica común a muchos escritores y poetas actuales -y de siempre- para con sus editores, mecenas, protectores o amigos influyentes.

Un último rastro que aporta la biobibliografía mínima de la edición de bolsillo: en 1971 la editorial Diederichs publica en edición privada Hermann Hesse - Helene Voigt Diederichs, un compendio de la correspondencia mantenida por ambos entre 1897 y 1900 que sugiere tanto la existencia de un estrecho vínculo entre la familia editora y Hesse como la persistencia de ese vínculo a lo largo de la vida de éste e incluso ya fallecido.

Un auténtico extraño en el circuito de la producción cultural, un verdadero "lobo estepario", no fue Hermann Hesse. Desde joven estuvo cerca de nodos que le facilitaron su ingreso en el club de los productores culturales. Seguramente, como diría Bourdieu, vivió en los márgenes del reconocimiento del campo literario en sus primeros años pero nunca fue un otro absoluto que irrumpiera desde un exterior puro y salvaje en el. No hay participación posible en el campo de los productores culturales sin estar, de alguna manera, en él. Y cuanto más próximo se encuentre el sujeto a algún nodo de gestión, distribución, producción o recepción de productos culturales, más posibilidades tiene de que sus producciones culturales, sus acciones en este dominio, acaben siendo reconocidos y recompensados simbólica y económicamente.

Cada vez voy viendo más claro que el campo literario, tan aparentemente autónomo respecto al económico o al del poder, raramente acepta la irrupción de sujetos que no pertenezcan o estén en relación con el grupo social (o "clase" social) que lo conforma y que crea, mantiene y modifica sus reglas de funcionamiento. Los "lobos esteparios" están en la estepa y los proletarios, asalariados, trabajadores y explotados también están donde les toca: fuera del recinto. Todos los que están viviendo en o del campo literario en cualquiera de sus modalidades no pueden ser considerados, si no se quiere caer en la más pura desfachatez, como ajenos a él, como marginados reales. Los verdaderos marginados no tienen voces ni mucho menos portavoces en él.

Concluida la pretendida reflexión en la cama antes de comer, a primera hora de la tarde paseamos por la Alexanderplatz y sus alrededores. En mi memoria reposaba la imagen del párrafo de Berlin Alexanderplatz de Döblin reproducido en un gigantesco edificio, el Reloj Mundial y una estatua de Marx y Engels.

De ésta no vimos ni rastro pero sí nos detuvimos un rato ante el anticuado (o retro según se mire) reloj mundial. Y permanecimos allí un tanto perplejos, nosotros que vivimos ahora la falsa pugna entre el localismo y la globalización -igualmente unilaterales e inhumanos ambos-, por la dimensión "planetaria" del objeto: una dimensión perdida en la actualidad y que quizás debería ser retomada en algún punto para reordenar nuestras vacilantes "cartografías" del mundo como llamamos ahora a la trama de nuestras representaciones del entorno.

Y, por supuesto, vimos aunque no con el detenimiento que hubiera querido, la parte delantera de la plaza a la que da el edificio estaba totalmente lavantada y salpicada de grúas, camiones y parapetos diversos, la Haus der Elektroindustrie donde aun se conservan, en buen estado, la mayoría de las letras del párrafo de la obra de Döblin que creí erróneamente, ¡qué tristes son los arquetipos del imaginario de uno!, fueron pintadas entre las ventanas en la época socialista cuando en realidad lo fueron !en 2001¡ Y pensar que uno siempre imaginó al represivo Berlin socialista como una ciudad dedicada al arte y la cultura frente al consumista y mercantilista Berlin Occidental... Nada es como uno se lo representa en la memoria de su imaginación..."

12 de octubre de 2010

12 de octubre de 2010: Crónica intempestiva de un viaje (IX). Mañana de descanso en Prenzlauer Berg


27 de julio de 2010. Primera parte.

"Llegamos tarde al apartamento que habíamos dejado con las ventanas cerradas -pues parecía amenazar lluvia cuando nos levantamos- y que, consecuentemente, atesoraba el calor de un intenso día de verano casi mediterráneo que había caído finalmente sobre la ciudad. Como resultaba difícil conciliar el sueño resolvimos levantarnos tarde al día siguiente y dedicar el día a reposar un poco y por la tarde a vagabundear por Alexanderplatz y alrededores.

A media mañana, tras desayunar bollería con una fuerte mantequilla nativa me dediqué a seguir leyendo a Hesse y a anotar algunas reflexiones.

Siempre me representé a Hesse como un "lobo estepario" creyéndome su propia autocomprensión. Me parecía un típico resultado de la autonomía del campo literario en su sentido más profundo: alguien desligado absolutamente del "mundo literario" había publicado sus textos gracias al valor intrínseco de sus obras sin mediar el juego de intereses, contactos, posiciones y relaciones múltiples extraliterarias que acostumbra a presidir los movimientos en el campo literario. Un escritor solitario e independiente alcanza la inclusión en el circuito de la comunicación literaria y progresa hasta una posición privilegiada por el reconocimiento de sus pares y del público. Así veía las cosas tras leer casi treinta años atrás Pequeñas alegrías, la mayor parte de su obra y alguna monografía que ahora no recuerdo.

Mas el tiempo es lo que tiene, que nada deja en su lugar. Pese a que en 1909 Hesse se consideraba excluido del espacio cultural de la comunicación literaria, del espacio de los ociosos, de los productores culturales con suficiente capital simbólico como para generar el capital económico necesario para vivir sin otros trabajos, y se ve a sí mismo como un asalariado más, lo cierto es que la biobibliografía que cierra la traducción castellana aporta unos indicios que en su día no vi y que ahora le pueden resultar a uno altamente reveladores. Me temo que si Hesse se queja de su marginación es porque todavía no es un productor cultural de peso mas en absoluto se trata de un individuo ajeno al espacio cultural que pugna por entrar en él desde el mimso exterior en el que estaría, por ejemplo, el hijo de un siderúrgico que trabajara de carpintero y escribiera novelas en sus ratos libres que nadie publica.

Vamos con las pistas. Hijo de misioneros era todo lo que sabía de sus padres. Mas su padre fue director de la editorial Calwer Verlagsverein, especializada en textos teológicos y y libros escolares. Por tanto, no era tan ajeno al circuito de la producción cultural, al menos por familia, como podría parecer. Con 18 años trabajó como aprendiz de librero -al parecer mediante los contactos (la "malla de relaciones") de su padre- y como ayudante de librería entre 1895 y 1903. Así, entre los 18 y 26 años trabajó en el circuito aunque sólo fuera en su vertiente de distribución de productos. El "lobo estepario" no vendía su fuerza de trabajo en una lejana granja en las estepas acarreando agua del pozo o cultivando tomates y rábanos.

No obstante, uno puede figurar en el circuito cultural y no llegar a participar en él: un simple vendedor de libros -como algunos editores, todos ellos, eso sí, investidos de algún "carisma" literario por "sus" autores- o un comercial de una distribuidora o un contable, o un tipógrafo pueden no querer saber nada del sistema cultural, o literario para ser más específicos. Pueden moverse en una esfera casi absolutamente exterior a la producción y a la recepción literaria limitándose a contribuir a su reproducción de forma mecánica y automática. Mas no es este el caso de Hesse. El sistema de deudas e intercambios, de dones y dádivas simbólicos, no monetarios, que se dan en muchos subsistemas de la vida social pero que tienen especial relevancia en el sistema cultural, emancipado -autónomo- del sistema económico o del político desde mediados del siglo XIX (como demuestra Bourdieu), deja algún rastro incluso en una sumario biobibliografía de Hesse y muestra que su exterioridad no era tal."