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29 de diciembre de 2012
Memoria de Saint Andrews (XVI): lluvias
25, 26 y 27 de julio. Primera parte.
Y el scottish weather volvió por sus fueros. Tras la brillante jornada de Dundee, tres días consecutivos de lluvia. Jornadas de cartas, de televisión colapsada por la masacre de Noruega y plagada de analistas y presentadores británicos que evitaban, mayoritariamente, calificar de "fundamentalista cristiano" a Breivik, gélidos paseos en compañía de gaviotas, ardillas, cuervos y algunos lugareños, atardeceres en búsqueda de breves instantes de puesta de sol y lecturas, y reflexiones aisladas.
Por fortuna, pese a que la casa no era un dechado de confort tenía, además de televisión, radio. Y, después de tantos años de seguir de lejos y esporádicamente, es decir cuando me acordaba, los Proms de la BBC a través de RNE, esta vez pude seguirlos un poco más cerca. Un par de días antes vimos, por casualidad, un fragmento del concierto de la Orquesta Filarmónica de Radio France en BBC One y así volvieron a mi memoria. Aprovechando las horas de lectura y ocio forzado, sintonizamos la radio y, además, estuvimos atentos a la programación televisiva de la BBC de modo que las jornadas de lluvia estuvieron preñadas de conciertos. El del 26, dedicado a Kodály, Liszt y Bártok, fue uno de los que más aprecié y Clàudia confirmó en esos días que, durante su subsiguiente estancia en Londres, la familia que la acogería la invitaba a un Prom y podría vivir de una manera aun más cercana este episodio veraniego que uno idealizó en los ochenta convirtiéndolos en una manifestación casi ideal de la popularización de la llamada música culta. Seguramente no es del todo así. Y, quitándole la bella dicción de los comentaristas ingleses, no hay demasiada diferencia entre escuchar una pieza de Bártok interpretada en el Royal Albert Hall vía RNE, vía BBC. Sin embargo, cuando uno construye sus literaturizaciones de la realidad es deudo de ellas de por vida o hasta que la realidad le aseste un golpe apodíctico.
Finalmente, se acabó El Tercer Reich de Bolaño, una obra probablemente menor y falta de reescrituras posteriores pero interesante y el texto de Derrida. Queda el de Azorín que, de momento, no se aviene demasiado ni con el clima exterior ni con el interior. Veremos.
Escribe Derrida y uno, modestamente, comparte, acerca de la presencia de elementos apocalípticos en la crítica de "lo apocalíptico" y, sin embargo, la necesidad de esta vigilancia contra la apología apocalíptica:
"De manera que nosotros, Aufklärer de los tiempos modernos, continuamos denunciando a los apóstoles impostores, a los que 'se dicen enviados' que no son enviados por nadie, a los mentirosos y a los infieles, la ampulosidad y la prosopopeya de todos los encargados de misión Histórica a quienes nadie ha pedido nada y a quienes nadie ha encargado nada. ¿Seguiremos así en la mejor tradición apocalíptica denunciando los falsos apocalipsis? (...) todo lenguaje sobre el apocalipsis es también apocalíptico y no puede excluirse de su objeto. Yo también me he preguntado pues por qué, con qué fines, en vista de qué, el Apocalipsis mismo, quiero decir los escritos históricos así llamados y en primer lugar el que fue firmado por Juan de Patmos, se había instalado poco a poco, sobre todo desde hace seis o siete años, como un tema, una preocupación, una fascinación, una referencia explícita" (p64-67).
Y como camino tenso de salida, lenta vía de huida del discurso apocalíptico y de su ingenua estigmatización impregnada de apocalipsis, la figura del "apocalipsis decepcionado".
"Pero entonces, ¿qué es lo que hace aquel que os dice: yo os lo digo, yo he venido a decíroslo, no hay, jamás ha habido, no habrá apocalipsis, 'el apocalipsis decepcionado'? Existe el apocalipsis sin apocalipsis" (p76).
11 de abril de 2012
Memoria de Saint Andrews (VI): Derrida, Bolaño y Azorín
17 de julio de 2011. Primera parte.
Debería decir que despertarse en una casa victoriana tiene algo especial pero, en realidad, es sólo la búsqueda del embellecimiento y el empeño en literaturizar la propia existencia para comprenderla como obra de arte la que puede llevarle a uno a creerse que es así. En realidad, no difiere en nada de hacerlo en un apartamento minúsculo en, pongamos por caso, Sevilla. Es cuando estás rezongando entre las sábanas, cuando Clàudia y Marc empiean a revolver la casa y, con tono de perplejidad, relacionan los objetos singulares que hallan, y el cerebro finalmente reacciona e impone la vigilia, que el placer de estar sin trabajar y la llegada de datos sensoriales cualitativa y cuantitativamente distintos a los inputs habituales te llevan a buscar un modelo de inteligibilidad en el que integrarlos. Es entonces cuando la literatura y el arte te proporcionan una serie de modelos flexibles, gratos, significativos y embellecedores que uno coge al vuelo: levantarse en una casa victoriana, ah!...
Desayuno continental (falta The Times) y un rato en el patio trasero rodeados de los frondosos rosales del patio del otro habitante de la planta baja de la Villa con la vista puesta en los cedros que sobresalen del cuidado seto que separa la casa de enfrente de la nuestra. Cielo azul y nubes exactas, que pasan a gran velocidad. Sol en Escocia. Un rato para leer. Me he traído El Tercer Reich de Bolaño, Sobre un tono apocalíptico adoptado recientemente en Filosofía de Derrida y Las confesiones de un pequeño filósofo de Azorín. Tres lecturas pensadas, ante todo, como pasatiempo. Un poco más enjundioso el de Derrida pero sólo porque estoy preocupado por la presencia, implícita o explícita, de la retórica "apocalíptica" en nuestras sociedades desde hace unos meses (sobre todo con el sentido de "fin de una época" pero también con el de "fin del capitalismo", "fin de un modo de vivir" o incluso "fin de una civilización" o "fin de Europa"). El de Bolaño para ver en una obra menor, después de haber leído el impactante 2666, como se desenvuelve el chileno. Y el de Azorín por curiosidad (¿puede hallarse algo todavía en su obra que permita su actualización o es, definitivamente, una reliquia?) y como ejercicio de estilo.
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