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26 de noviembre de 2016
Fidel
"¡Papá, Fidel ha muerto!". Ha sido uno de los primeros pensamientos que han acudido tras conocer la noticia de su muerte. Como si mi padre todavía estuviera vivo. Un enunciado que ha brotado automático, mecánico, involuntario. Irracional y fantasmático como el sentimiento de pesar que lo acompañaba y que me ha costado disipar. Para mi padre, como para mi abuelo, Fidel Castro era la encarnación de la esperanza, el símbolo de la posibilidad de los oprimidos de acabar con su sufrimiento. Para uno, aunque hubiera algún rastro de esa grandeza al principio, uno de tantos enterradores de los ideales emancipatorios del comunismo. Sin embargo, esta mañana, el sustrato sentimental heredado ha sido capaz de imponerse durante un buen rato sobre el racional. Luego, afortunadamente, la reflexión ha vuelto a situar su figura en el contexto de las perversiones totalitarias pero me temo que en esta oscilación nos hemos movido muchos. Demasiados quizá...
25 de marzo de 2016
Cruyff
En muchos aspectos Johan Cruyff ha estado más presente en la vida psíquica de uno que muchos escritores, filósofos o artistas a los que admiro. Mis primeros recuerdos sobre su irrupción en mi escenario perceptivo datan del momento en que fue fichado por el F.C. Barcelona allá por el verano de 1973. Fue una conmoción. Veraneaba en Sant Andreu de Llavaneres en una casita de las que se asignaban al servicio de la familia Delas-Sagarra, en la finca La Maranyosa, y por las tardes solía jugar con las hijas de unos vecinos con los que mis padres mantenían una cierta relación en la cual el fútbol jugaba un papel nuclear, especialmente en la interacción entre los respectivos cabezas de familia: los torneos de verano en las bochornosas noches de agosto, los comentarios sobre los partidos, los periódicos deportivos, los programas de radio dedicados al deporte-rey... El padre, Josep, era uno de esos pocos catalanes que, en nuestro entorno de emigrantes, hablaban catalán como primera y casi única lengua, incluso a veces con nosotros delante lo cual era algo insólito, y "era del Barça" como lo "eran" la mayoría - en aquella época y ahora - en que la gente "es" de algún equipo de fútbol: "siéndolo", es decir, viviendo como un "hincha", un fan, un hooligan en potencia al menos en el ámbito público pero en efectivo acto en el recinto privado. El hecho de que Cruyff prefiriera fichar por los azulgranas antes que por el Real Madrid fue un motivo de orgullo y exhibición para los forofos barcelonistas como Josep que no se privó de jactarse de ello ante mi padre, un criptomadridista que no podía soportar intelectualmente su emotiva predilección por el club blanco, identificado con el régimen franquista, pero para quien el holandés era "una maricona" por su estilo ajeno a la estética - y a la ética - del "A por ellos" viril y hercúleo de los vikingos y su quintaesencia, los leones bilbaínos y que, además, se había "vendido" al archienemigo. Supongo que por eso aplaudió, en su momento, el bofetón que Villar le propinó.
En la Ciudad Condal, "El Mundo Deportivo", diario de lectura obligatoria en las clases más desfavorecidas, engordó tanto su aura durante los primeros meses de su trayectoria que pareció que el Mundial de 1974 lo disputaría el Barcelona, tal era la identificación entre el club y la selección capitaneada por Cruyff y más después del épico y reparador 0-5 en el Santiago Bernabeu que casi olió a revancha por la Guerra perdida. Siguiendo la estela de mi padre, en esos tiempos ya le detestaba y, en cambio, adoraba la Mannschaft de Maier, Breitner, Holzenbein y Bonhof, de ahí que la final del Campeonato de Munich fuera un auténtico acontecimiento en mi vida infantil: rogando con insistencia logré verla en un renqueante televisor que mis tíos tenían en un cortijo granadino y aunque casi todas las imágenes que conservo son de los reportajes que se han ido emitiendo posteriormente todavía persisten, genuinamente, la carrera de Hölzenbein y la falta que recibió, que precedieron al gol de Müller, y la sensación de júbilo (saltos incluidos) que me poseyó después de que éste marcara ante la inminente victoria alemana.
Luego vino su decadencia y de nuevo el apogeo de un Madrid del que uno fue seguidor hasta que Magic Johnson y la NBA y Joe Montana y la NFL reemplazaron a un fútbol que quedó circunscrito a Europeos y Mundiales. Mas Cruyff reaparecería en los noventa trayendo consigo una concepción del juego que no sólo cambiaría la historia de este deporte en España sino que me hizo, por vez primera, disfrutar de este espectáculo. Seguramente el caldo de cultivo ya estaba preparado por el Milan de Arrigo Sacchi pero el Barcelona de Laudrup, Bakero o Romario fue más seductor: casi embriagador. Entre 1992 y 1993 vi prácticamente todos los partidos del Barça que se retransmitieron. Hay que decir que también fue la época dorada del periodismo deportivo, de la renovación de sus códigos, sus referencias y su prosa lo cual también ayudó: el fútbol se puso de moda entre la clase media ilustrada que hasta entonces lo había desdeñado públicamente aunque se regocijara con él intra portas, y pasó a estar bien visto entre bastantes aspirantes a escritores e intelectuales orgánicos y, en general, en los ambientes pseudoilustrados. Pero por mucho que se escribiera y comentara, sólo vi jugar otros equipos, por ejemplo el Real Madrid, cuando se enfrentaron con el Barça. La fascinación no la provocaron, pues, las crónicas de Besa o Relaño, ni las ocurrencias de Vázquez Montalbán o Marías, ni el "tiqui-taca" del añorado Montes, sino el juego desplegado por el equipo dirigido por Cruyff. De hecho, si en esos años me hubieran preguntado "de qué equipo era", hubiera respondido sin dudar "del Barcelona". Gracias a Dios, eso se acabó pero así sucedió.
Después Cruyff se fue y uno volvió a alejarse del fútbol aunque siguió episódicamente el Barça de Rijkaard y sobre todo el de Guardiola hasta que la magnificación de la figura de Messi, y por supuesto el contexto político, no hay que olvidar que - es cierto - "el Barça és més que un club", me condujeron de nuevo hacia el American Football.
Pero es justo señalar que el impacto de Cruyff en la vida de uno va mucho más allá de este conjunto de instantáneas. Su labor como técnico del primer equipo culé cambió no sólo una dinámica interna al mundo del deporte sino que influyó decisivamente en la actual coyuntura política catalana: tengo la convicción de que el auge del secesionismo es, de alguna manera, indisociable de la hegemonía futbolística del F.C. Barcelona. Creo que la coincidencia en el espacio y en el tiempo no es mera casualidad, aunque tampoco pueda, ni deba, establecerse una causalidad simple y trivial, y no sólo porque la absoluta mayoría de los miembros de las élites políticas catalanas sean fervorosos seguidores del equipo, ni tampoco porque las peripecias de éste ocupen - comparativamente - la mayor parte del tiempo dedicado a un tema específico en los noticiarios, así como amplios espacios en periódicos, revistas o programas radiofónicos, sino porque su metaforicidad, sinécdoque y tropo de Catalunya, se ha generalizado con tal intensidad en el horizonte de buena parte de la opinión pública que, como ocurre con todas aquellas figuras que se usan sistemáticamente - el concepto como "metáfora gastada" que ya describió Nietzsche -, ha acabado generando una auténtica conceptualidad que ha empapado la descripción de la realidad. Otro día habrá que volver sobre ello pero, insisto, a fuerza de servirse del Barça como símbolo de "Catalunya", una porción amplísima de la clase política catalana ha categorizado la compleja realidad política bajo el esquema "espectacular" (Debord) de este club de fútbol.
P.S: da qué pensar que uno dedique más palabras a Cruyff que las que dedicó a García Márquez con ocasión de su fallecimiento...
16 de enero de 2016
¿Tributo a Bowie?
Ante tanto fervor mediático (especialmente en El País), que contrasta con la escasa atención que recibió la muerte apenas cinco días antes de Pierre Boulez, uno estaría tentado de ignorar el fallecimiento de David Bowie. Sin embargo hay al menos que dejar constancia que siempre fue más de Bowie que de Paco Ibáñez o Javier Krahe; de Lluís Llach o Maria del Mar Bonet. Dicho está.
21 de abril de 2014
Gabriel García Márquez
La muerte, esta semana, de Gabriel García Márquez (1927-2014), era esperada desde hacía tiempo. No puede uno decir que haya derramado lágrimas como algunos, bastantes de hecho a tenor de las manifestaciones públicas de las que he tenido noticia, porque ya hace muchos años que conocía su enfermedad y muchos más que, pese a estar incorporado al canon subjetivo, no le seguía ni le releía con la salvedad, excepcional, de la lectura en Saint Andrews, en la biblioteca de Ricardo, de El general en su laberinto, más de quince años después de su publicación. Aquel libro me impresionó y me resarció de la decepción que supuso en su momento la ansiada El amor en los tiempos del cólera, hasta el punto que aquel mismo verano, unos días después, hurgando de nuevo entre sus pilas de libros en busca de lecturas, encontré Noticia de un secuestro y no dudé en cogerlo y leerlo en pocas horas aunque no me pareciera una obra extraordinaria: fue un destello fugaz que trajo recuerdos y una nota que publiqué tiempo después por aquí con un par de frases del colombiano pero poco más. Casi treinta años en los cuales García Márquez se fue borrando de mi mente tanto como presente había estado entre 1980 y 1985 cuando de su mano entré en la novela, salí de la poesía y, en parte, me decanté por la Filosofía.
Mi primer recuerdo de García Márquez data, creo,del año 80. Nuestro profesor de Latín, Manuel Romero, al que apodábamos Manolus, a la par que las declinaciones nos enseñaba la pasión por el lenguaje, más exactamente, por las palabras y los idiomas, sobre todo por el castellano y el latín, y por extensión por la literatura universal. De su mano, por ejemplo, uno leyó El retrato del artista adolescente o Campos de Castilla en los primeros meses del Tercero de BUP cuando hasta entonces se había limitado a leer los clásicos de lectura obligatoria de la literatura castellana y, por placer, únicamente ciencia ficción y cómics. Aquel año, mientras que en Literatura nos conformábamos con copiar apuntes dictados y luego memorizarlos para el examen y a leer en diagonal Los pazos de Ulloa o Peñas arriba sin la menor atención ni gusto, en la asignatura de Latín realmente aprendíamos algo sobre la literatura. Un día de diciembre, tras un examen la semana anterior, Manuel nos propuso una clase "relajada". Abrió su sempiterno El País y empezó a leer un artículo de Gabriel García Márquez. Se titulaba "El cuento de los generales que se creyeron su propio cuento". La memoria me es absolutamente infiel más allá de aquí. Sólo me viene a la mente la vaga sensación de que habló acerca de su maestría en la estructuración del texto y la riqueza de su prosa y que, a partir de entonces, dedicamos cada semana unos minutos al inicio de la clase a comentar las piezas que publicaba en el diario madrileño. Fue una costumbre que duró un par de meses hasta que nuestro escaso seguimiento le disuadió de seguir por aquella vía. Pero para uno entonces ya había empezado a respetar la costumbre de gastar la mayor parte de los escasos fondos de la paga semanal de que uno disponía en el periódico.
El paso definitivo de la "Baja Literatura" a los arrabales de la "Alta Literatura" se produjo poco después. Hacia mayo, o junio tal vez, leí Cien años de soledad. Tardes de calor y humedad suministrados a partes iguales por el clima y la novela con la música de ¡AC/DC! de trasfondo. Fue una experiencia tan impactante que bajo los efectos de aquella prosa torrencial, hermosa, hipnótica y excesiva, leí El otoño del patriarca, El coronel no tiene quien le escriba y La hojarasca, seguidamente. Fue un mes consagrado al colombiano que me marcó: descubrí la pasión por la forma y cómo el estilo podía llegar a ser un auténtico fin en sí mismo. Aquel verano dejé de escribir poemas y cuentos de trama y pasé a concebir novelas y cuentos en los cuales la palabra era el principio, el medio y el fin. Si Isaac Asimov había alumbrado el deseo de escribir con sus recopilaciones de relatos, García Márquez fue el responsable de que la escritura se trocara en deseo de escribir "literatura". Si el primero me enseñó la importancia de lo que se quería decir, el segundo mostró que el "cómo" era tan relevante para la literatura como el "qué". Mas aquel regalo se reveló envenenado. Sí, escribí relatos e inicié dos o tres novelas pero eran copias muy deficientes de aquel nuevo modelo. Al iniciarse el nuevo año académico, el del COU, a las pocas semanas de iniciarse le presenté al profesor de Latín los dos cuentos que juzgaba mejores de la cosecha de aquel verano. Me los devolvió al día siguiente repletos de anotaciones: estructuras sintácticas barrocas y repetitivas, adjetivos que sobraban, frases tan largas que, al final, uno acababa por perder el sujeto... La crítica fue tan demoledora que mi actividad literaria cesó bruscamente: aunque era evidente que sus observaciones eran, por decirlo suavemente, "ajustadas", ni mi orgullo ni mis limitaciones me permitían cambiar la manera de narrar tan inspirada y cercana - o eso creía - al colombiano, así que quedé bloqueado. No ayudó que, poco tiempo después, el escritor Francisco Candel, que hacía algún tiempo se había ofrecido amablemente a leer los cuentos y poemas que le enviara, afirmara en una larga carta que tuvo la santa paciencia de tomarse el tiempo de redactar que los poemas eran "interesantes" (un juicio muy delicado) pero que los cuentos eran demasiado recargados y "precisaban bastante trabajo de pulido".
No volví a escribir ningún relato nunca más. Tardé más de quince años en volver a escribir poesía con una profunda alergia al adjetivo y casi veinte en empezar una novela que tardé más de diez años en concluir. Escribí, eso sí, muchos textos de carácter filosófico. La Filosofía no hubo de mantener una intensa batalla con la literatura para imponerse: cuando llegó no encontró resistencia alguna. García Márquez no tuvo la culpa, por supuesto, pero su escritura fue tan decisiva, me dominó de tal manera que hizo imposible la mía durante muchos años. Con todo, me ahorró cientos o quizá miles de páginas ridículas y eso es de agradecer. Las que han venido en los últimos años serán mejores o peores pero al menos no son lamentables copias.
24 de marzo de 2014
Suárez
Suerte de Xavier, que le ha ahorrado a uno buena parte de lo que hubiera querido decir a propósito de la muerte de Adolfo Suárez (1932-2014). Esta mañana, sorprendido por el silencio de tantos cuadernos que uno acostumbra a leer y más recordando que a propósito del fallecimiento de un tal Antonio Vega la zona de la Blogosfera que frecuenta se llenó de notas al respecto, estaba resuelto a escribir sobre el ex-presidente español para no dejar que la amnesia histórica imperara una vez más.
Tan sólo añadir a lo dicho por Xavier que, en la distancia histórica, probablemente halla sido el menos malo de los presidentes de la demorcacia española. Y que uno, que no dejó de llamarle "fascista" mientras estuvo en el poder y después le ignoró, debe reconocer que en el disfrute de las libertades y el aniquilamiento del estado franquista tuvo un papel de primer orden. Sí, muchos estábamos en aquel entonces "por la ruptura" y, décadas después, son aun más los que piensan que debió optarse por ella en vez de por la reforma. Sí. Seguro. Pero de valientes a posteriori está lleno el mundo. En 1976 la correlación de fuerzas entre "el pueblo" (una minoría, por cierto, que no había sido capaz de movilizarse para acortar el régimen ni un sólo día) y el Ejército fascista era clara y rotunda: todos sabemos cómo habría acabado cualquier intento de ruptura. Hay que agradecerle más a Suárez que "al pueblo" que en España se erigiera un titubeante estado de derecho que está hoy, de nuevo, amenazado pero que vale más que un régimen totalitario nacional-católico en cualquiera de sus variantes.
7 de marzo de 2014
Leopoldo María Panero, Alain Resnais, Paco De Lucía
Tras resistir todo lo posible la fuerza, el peso, de lo evidente se ha impuesto: aunque uno quiera hacer oídos sordos, las figuras que cimentaron una parte de su educación sentimental, pues eso a fin de cuentas han sido, ese papel han representado en la vida del que escribe, van desapareciendo y no estoy testimonio de ello.
En su momento murió, por ejemplo, Robin Gibb (1949-2012) y la nota que le iba a dedicar quedó como borrador de este cuaderno para desaparecer finalmente. Hoy, al pensar en este tema, no recordaba exactamente cuándo falleció aunque en mi memoria no se haya desvanecido su papel en la formación de mi criterio musical: sin él no habría llegado, probablemente, a apreciar a Brahms, Schubert o Fauré ni mucho menos a ser capaz de escuchar el Cimarrón de Henze. Así pues, abriré este espacio testamentario a esas muertes que, sin suprimir la figura, que sigue desempeñando su papel en los muchos escenarios en que la conciencia de uno se representa el mundo, sí han aniquilado al ser humano que había tras ella. Y siempre recordando las palabras de Foucault sobre Nietzsche: "Lo que encontramos en el comienzo histórico de las cosas no es la identidad aun preservada de su origen, - es su discordancia con las otras cosas -, el disparate (...) el comienzo histórico es bajo. No en el sentido de modesto, o de discreto, como el andar de la paloma, sino de irrisorio, irónico, el apropiado para deshacer cualquier vanidad" (Nieztsche, la genealogía, la historia, trad. de José Vázquez Pérez, p19, 20): en plata, antes de Schumann estuvieron los Bee Gees.
Ayer murió Leopoldo María Panero (1948-2014). Supe de él, como tantos otros de mi generación, por El desencanto de Chávarri y gracias a esta película fue el primer poeta del que compré un libro por auténtica curiosidad y algo de deseo, no por imperativo escolar.
Unos días antes había fallecido Alain Resnais (1922-2014). Mon oncle d'Amérique fue una de las películas que nuestros profesores nos llevaron a ver, allá por 1981, en la sala de la asociación Drac màgic. Imposible olvidarla como tampoco el Molière de Ariane Mnouchkine que vimos también por aquellos meses. Casi con toda certeza fue uno de mis primeros contactos con el cine europeo y a partir de aquí Resnais formó parte del repertorio del que se nutrió buena parte de la cultura cinematográfica que atesoro. Después de Mon oncle d'Amérique llegarían, sobre todo, Nuit et brouillard, La Guerre est finie, L'Année dernière à Marienbad, Providence y la tardía On connaït la chanson. Menos, mucho menos, Hiroshima mon amour.
Y la semana pasada, también desaparecía Paco de Lucía (1947-2014), cuyo Entre dos aguas, sonaba constantemente en la radio ese mismo año, 1981, en el que además leía Pequeñas alegrías de Hermann Hesse y tarde sí tarde también paseaba por el único parque que, en rigor, había en mi barrio: el parque de la Guineueta.
De Leopoldo María Panero dejo aquí su "Himno a Satanás"
"A Belfegot, dios pedo o crepitus
Tú que modulas el reptar de las serpientes
de las serpientes del espejo, de las serpientes de la vejez
tú que eres el único digno de besar mi carne arrugada,
y de mirar en el espejo
en el que solo se ve un sapo,
bello como la muerte:
tú que eres como yo adorador de nadie:
ven aquí, he
construido este poema como un anzuelo
para que el lector caiga en él,
y repte
húmedamente entre las páginas.
Los pájaros vuelan sobre tus ojos
y la calavera de un caballo dibuja la silueta de la mentira
de la mentira de Dios en una habitación a oscuras
donde vuelan los pájaros".
25 de noviembre de 2012
Y ahora Tony Leblanc
Aciaga semana esta que me trae, a la vuelta de unas copas previas al día 1 del año 1 de los Nuevos Tiempos, la noticia de la muerte de Tony Leblanc. Xavier lo recuerda sentidamente en su cuaderno. Poco más que añadir.
24 de noviembre de 2012
J.R.
Aunque uno siguió con más devoción Falcon Crest que Dallas, J.R. Ewing fue, indiscutiblemente, un villano modélico pleno de matices y rico en detalles. Con la muerte de Larry Hagman otro referente de mi época de formación, más, de mi educación sentimental, deja este valle un poco más vacío.
Afortunadamente, pervive en la memoria. No ha desaparecido absolutamente, de una vez por todas.
19 de noviembre de 2012
Miliki
Hizo más por la infancia de uno que muchos consagrados poetas, filósofos y novelistas. Ahora que muchos recuerdan su pregunta, no nos espantemos con el brusco cambio en la respuesta...
Descansa en paz en la memoria.
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