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17 de marzo de 2013

Las plantas según Haneke



Hace un par de fines de semana, Esther acometió la tarea de la indispensable poda. Por las tijeras pasaron el arce, el olivo, las buganvillas y los ficus. A la siguiente debía ser el turno de la tierra y el literario jardín, en realidad azotea, debería haberse impregnado del olor a abono, raíces y tierra húmeda. La lluvia lo impidió. Este domingo era el nuevo día marcado. Ayer, uno aportó su grano de arena conduciendo y cargando, que es lo suyo. Fuimos al vivero y compramos una preciosa y frondosa hortensia de flores de tonos fucsia, una peonía que se supone será roja si logra florecer, una dalia de un amarillo brillante, un ornithogalum o Estrella de Belén de flor anaranjada para Clàudia y una pequeña damasquina junto a varios sacos de substrato universal de cincuenta kilos y de tierra ácida para la hortensia y el arce. Todo listo para hoy.

Por la noche, llevados por el buen humor nos decidimos a ver Amor de uno de nuestros directores favoritos, Haneke, a quien hemos seguido fielmente desde Funny games. Y, nuevamente, no decepcionó. Como en el caso de la maravillosa Plataforma de Houellebecq, probablemente el gran acierto del austríaco al tratar el asunto del amor sea la reducción al mínimo de la estilización, de los recursos de repertorio de género para modelar el objeto de la representación, empezando por el mínimo maquillaje de los largamente octogenerios Jean Louis Trintignant y Emmanuelle Riva y concluyendo en el retrato de la degradación física y psíquica de la enfermedad, que le confiere un efecto de aproximación a la realidad casi especular.

Hoy, la lluvia deja a las plantas en sus tiestos provisionales y hace más vivas las impresiones y reflexiones sobre la vejez, la enfermedad y el amor de la película de Haneke.

23 de septiembre de 2011

Houellebecq


A menudo uno consigue hacer oídos sordos a los cantos de sirena de los medios y sus corifeos en el campo de la crítica literaria: pocas novedades, y menos de poesía, recomendadas en los periódicos o revistas que de vez en cuando hojeo acaban en la biblioteca.

Caso aparte es Michel Houellebecq de quien leí, al poco de publicarse, la traducción castellana de Plataforma por sugerencia de Esther, que ya había leído, y gozado, Las partículas elementales. Como Plataforma es, sencillamente, una de las mejores novelas que uno ha leído y figura en lugar destacado en su canon subjetivo por su capacidad de narrar una historia de amor en la cual la literaturización se acerca al cero absoluto, en las antípodas de otra joya que figura en ese mismo canon, Ada o el Ardor de Nabokov, no me costó nada adquirir un ejemplar de El mapa y el territorio saludada, en la propaganda, como "la mejor novela del autor".

No cabe extenderse mucho. Para quienes admiramos su obra, El mapa y el territorio es uno de sus textos más flojos. Una fenomenal broma, eso sí, plena de ironía y festoneada de algunas reflexiones interesantes sobre el arte y el capitalismo pero que ya estaban presentes en sus obras anteriores y aportan más bien poco. Aun así, es probablemente más valiosa que cualquiera de las novelas que uno ha leído en todo el año.

Alguien ha comentado que en este libro Houellebecq "se ha vendido": uno no sabe bien a qué o a quién pero así como uno fue incapaz de apreciar la ironía de Miłosz (ya llegará el momento de hablar de ello) tiene la impresión de que quien afirma esto no ha captado (también podría ser que no existiera) el tremendo fake que supone esta novela.