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3 de abril de 2014

Lévinas: la resistencia a la totalización y a la totalidad (y IV)


El largo "excursus" de las notas anteriores no es ajeno en absoluto a la experiencia de la lectura de Lévinas que uno se proponía describir pues Totalidad e infinito, publicada en 1961 en La Haya, ha constituido uno de los pilares sobre los que se apoyó la crítica al pensamiento totalizador del postestructuralismo francés de los setenta. Sin ese trasfondo de la historia del pensamiento occidental resulta difícil evaluar con un mínimo cuidado la importancia del filósofo francés.

Como en el caso de Bloch y de una parte de la tradición filosófica continental a partir de Hegel, Lévinas al abordar el problema de la exterioridad, la diferencia y la alteridad, no puede recurrir a los procedimientos académicos usuales de argumentación y exposición en su intento de pensar "lo impensable" o "lo impensado". Pero esta dificultad temática se agrava con su imperturbable convicción de que la metafísica es, de alguna manera, "la" Filosofía en el aristotélico sentido de una "filosofía primera" aunque con un contenido radicalmente distinto. Propósito, metafísica y una tradición que hunde sus raíces en la Fenomenología y las teologías cristiana y judía, hacen que la experiencia de la lectura de Totalidad e infinito, que tiene mucho que ver con la experiencia de la construcción de lo real al modo de las grandes narraciones de la Historia de la Filosofía como La Ciencia de la Lógica o Ser y Tiempo, sea internarse en una reconstrucción prácticamente general, que no total, de lo existente y lo no existente, de lo mismo y lo otro, de la identidad y la diferencia, del ser y la nada: penetrar en una empresa de producción del mundo en la cual la enorme plasticidad del desarrollo y la audacia de la prosa van de la mano de la escasez de la argumentación, la falta de definición ordenada y sistemática de los conceptos, las ambigüedades, el uso recurrente de conceptos en posición de metáforas y, en otros momentos, de metáforas en su propio papel, o la abundancia de pasajes "oscuros".

Sin embargo, estos déficits" respecto al repertorio tradicional de la Filosofía, como en la gran obra de Heidegger y a diferencia de Bloch, lejos de restarle fuerza le dan un vigor especulativo, una originalidad y una capacidad de generar sentidos, y explorar caminos reflexivos, extraordinaria. Vivir entre las páginas de Totalidad e infinito es asistir al levantamiento no de un mundo, sino "del" mundo y extasiarse ante la exhuberancia de vías que se abren a nuestro alrededor para su tránsito. Es una especie de Second Life, de mundo virtual que no necsita de una consola para generarse.

Mas donde la experiencia de la lectura de Lévinas resulta especialmente fructífera es a la hora de pensar el problema de la relación más allá, y más acá, de cualquier holismo: es una herramienta excelente para combatir el pensamiento totalizador que se ha enquistado en la descripción, admitida como inevitablemente parcial, de "los estados de cosas" y en la moralidad.

El punto radial del discurso levinasiano es "la separación", la insalvable distancia entre lo mismo y lo otro, entre el yo y la exterioridad, entre lo idéntico y lo diferente: una separación absoluta e indomable. No se trata de cualquier exterioridad o cualquier alteridad: lo absolutamente Otro está separado de lo Mismo y aunque pueda entrar en relación con éste ni se ve afectado por esta relación ni deja de mantener su radical exterioridad. Es una ilusión del pensamiento de la mismidad creer que domeña a la alteridad por pensarla en referencia a él, por pensarla bajo sus categorías: la exterioridad sigue siendo diferente e inasible, permanece obstinada en su independencia y rehuye, así, cualquier síntesis posible en una totalidad. Y menos bajo la forma de una suma de conexiones puesto que la desconexión es la forma primaria de cualquier posible relación ulterior y ésta no afecta de la misma manera a los miembros ensamblados en ella.

En sus palabras: "Se trata de sustituir la idea de totalidad en la que la filosofía ontológica reúne -o comprende- verdaderamente lo múltiple, por la idea de una separación que se resiste a la síntesis" (trad. de Daniel Guillot, p297).

Y frente a Hegel:
"La relación entre el Y o y el Otro comienza en la desigualdad de términos, trascendentes el uno con relación al otro, en donde la alteridad no determina al otro formalmente como la alteridad de B con relación a A que resulta simplemente de la identidad de B, distinta de la identidad de A. La alteridad del Otro, aqui no resulta de su identidad, sino que la constituye: lo Otro es el Otro." (p262).

Fin, por tanto, de cualquier ilusión totalizadora: la alteridad de lo otro es tan radical que permanece fuera de su alcance y aunque pueda entrar en relación con él, esta conexión no es una alteración de lo otro por lo mismo porque lo otro está absolutamente fuera de su alcance. Au revoir al "todo está conectado con todo" y "todos somos responsables de todo ante todos". Separación, exterioridad radical, conexión asimétrica cuando no carencia de conexión. Con estos útiles debe ser pensada la relación.

28 de marzo de 2014

Lévinas: la resistencia a la totalización y a la totalidad (I)


Al hilo de las notas sobre Bloch y su insistencia en la totalidad, en el todo en el que al final se debería resolver el inacabamiento constitutivo del hombre y el mundo, recordé que no había llegado a concluir las tomadas sobre la lectura de Totalidad e infinito que ocupó buena parte del pasado verano. Y si bien Bloch atenúa la obsesión totalizante del marxismo gracias al principio utópico, a la constante apertura de lo existente a lo que "todavía no es", lo cierto es que, como demasiado habitualmente en cierta tradición filosófica, acaba sucumbiendo a ella. Nada que reprocharle a un hijo de su tiempo que transitó con demasiada imprudencia tal vez entre "la" política y "lo" político (de ahí sus "idas y venidas" respecto al estalinismo y, posteriormente, el socialismo "realmente existente") y que creía que debía rendir cuentas, finalmente, ante el tribunal de la historia marxista-leninista. Pero sí que cabe lanzar semejante acusación a la izquierda actual después de lo que ha acontecido histórica y filosóficamente. Esta izquierda que continua totalizando teóricamente y/o concibiendo la realidad como una totalidad interrelacionada bien al modo tenue del holismo, bien a la manera fuerte del materialismo histórico y sus variantes, epígonos y reescrituras. Entendámonos: que la izquierda revolucionaria siga proclamando, como lo hace en el barrio de Gràcia, la independencia para "cambiarlo todo" es lo que resulta preocupante más cuando podría mostrarse que hay una íntima aunque sutil correlación entre los pensamientos de las totalidades y las políticas totalitarias.

Ya Popper argumentó eficazmente contra un holismo teórico que debería haber desaparecido del horizonte del pensamiento en acción actualmente ante semejante varapalo lógico. No obstante, sigue ahí, pujante y rampante, inmune al razonamiento: "Por muchas razones es enteramente imposible controlar todas o 'casi todas' estas relaciones: aunque sólo sea porque con todo nuevo control de relaciones sociales creamos un sinnúmero de nuevas relaciones sociales que controlar. En resumen la imposibilidad es una imposibilidad lógica (El intento lleva a una regresión infinita: la posición es la misma en el caso de un intento de estudiar la totalidad de la sociedad, que tendría que incluir este estudio)" (La miseria del historicismo, trad. de Pedro Schwartz, p94). Formas disimuladas de holismo han sobrepujado la crítica popperiana mediante el expediente de diferenciar el plano teórico del fáctico. Las vulgarizaciones y extrapolaciones filosóficas de la llamada "teoría del caos" y el archifamoso "efecto mariposa" postulado a partir de Lorenz, se han combinado en diversos cócteles con otros ingredientes como la doctrina new age, las indigestiones de postmarxismo y de un casi absolutamente incomprendido postestructuralismo (quizás la tendencia filosófica más anti-totalizadora de la historia), orientalismos de todo tipo, lecturas restringidas de la teoría de sistemas, etc. para circunscribir la totalidad al dominio ontológico y moral pero reservándole en esta reclusión un dominio imperial.