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16 de noviembre de 2016

¿Socialismo o barbarie?

A propósito de la victoria de Trump, el poeta Monedero - que también recurría a la comparación entre el multimillonario y Hitler -, reivindicaba el viejo "socialismo o barbarie." Posiblemente no le falte algo de razón siempre y cuando, a la luz de la experiencia histórica de las realizaciones socialistas, se añadan signos de interrogación a la expresión para atenuar su carácter apodíctico. Y después, se tenga en cuenta que la opción por el primer miembro del par debe tomarse como un mal menor ante el segundo, no demasiado más so pena de olvidar los gulags...

17 de octubre de 2016

Ivan Bunin y los riesgos de la vigilancia crítica

En las idas y venidas de las reinterpretaciones continuas, es probable que no quepa plantear muchas objeciones a la interrogación foucaultiana acerca del papel de "la revolución" como eje regulativo de cualquier teoría y práctica política que tome como objetivo principal la transformación de la sociedad. Incluso tampoco acerca de su función en el horizonte de la eticidad. Esta pertinencia, sin embargo, debe ser cuidadosa. El sesgo totalitario y romántico de la noción en su uso habitual en el discurso de la izquierda marxista y anarquista, que precisa de una cuarentena inicial cuanto menos, no tendría que desembocar en un rechazo radical e inmotivado que acabaría obedeciendo a un conservadurismo primitivo que pretendería mantener, en la medida de lo posible, las injustas relaciones económicas vigentes. Este riesgo se observa, por ejemplo, en algunas de las relecturas contemporáneas de la obra de Ivan Bunin que ahora resultaría un adalid de las libertades y la lucha contra la dictadura cuando su oposición al régimen bolchevique parece fundamentarse más bien en una visceral e irreflexiva defensa de un orden zarista reformado que en la reflexión crítica acerca de los peligros de la opción revolucionaria clásica.

" Esto es Asia. Definitivamente: Asia. Por doquier hay soldados, chiquillos, se venden melindres, turrón de sésamo, galletas con granos de amapola, cigarrillos con boquilla de papel. Gritos y hablas orientales. ¡Qué repugnantes sus rostros amarillos y sus cabellos hirsutos! Tanto los soldados como los obreros que se enfrascan en la descarga de los camiones ostentan triunfantes jetas (...) Y todo eso se repite una y otra vez, puesto que entre los rasgos distintivos de las revoluciones están la sed de juego, la hipocresía, el gusto por las poses y la farsa. El mono que hay en cada hombre se despierta y asoma la cabeza (...) A la vez, por las calles todavía claras, pero ya extrañamente vacías, corren hacia esos clubes y teatros en fogosos automóviles los representantes de la nueva aristocracia roja generalmente acompañados de emperifolladas mujerzuelas a ver a sus serviles actores: marineros con enormes revólveres Browning sujetos a sus cinturones, carteristas, truhanes de toda laya y ciertos petimetres cuidadosamente afeitados, vestidos con guerreras, pantalones arrugados hasta la indecencia, elegantísimos botines, siempre con espuelas, y todos ellos con dientes de oro y los grandes y oscuros ojos de los cocainómanos" (Días malditos, Trad. de Jorge Ferrer, p54, 60, 92).

Si cabe sospechar de los "profesionales de la revolución" y su retórica, no menos de la de los que ocultan bajo la denuncia del totalitarismo su deseo de que el orden de cosas existente sea preservado de cualquier alteración significativa.

11 de octubre de 2016

Escribe Foucault

"Sueño con el intelectual destructor de evidencias y universalismos, el que señala e indica en las inercias y las sujeciones del presente los puntos débiles, las aperturas, las líneas de fuerza, el que se desplaza incesantemente y no sabe a ciencia cierta dónde estará ni qué pensará mañana, pues tiene centrada toda su aten­ción en el presente, el que contribuya allí por donde pasa a plantear la pregunta de si la revolución vale la pena (y qué revolución y qué esfuerzo es el que vale)".

"Je rêve de l'intellectuel destructeur des évidences et des universalités, celui qui repère et indique dans les inerties et contraintes du présent les points de faiblesse, les ouvertures, les lignes de force, celui qui, sans cesse, se déplace... celui qui contribue, là où il est de passage, à poser la questioon de savoir si la révolution, ça vaut la peine, et laquelle (je veux dire quelle révolution et quelle peine)" (Dits et écrits, II, p268-269).

14 de febrero de 2014

Crónica de la Nueva Edad (14/02/2014)


J., un viejo compañero, me escribe a propósito de este cuaderno. Dice alabar el "intento de equidistancia" que preside el trabajo de uno y lo califica como un "ejercicio de honestidad intelectual pese a que, lamentablemente, está condenado al fracaso porque siempre hay que acabar tomando partido". Sin embargo, al lado de estos halagos, protesta (uno estaría tentado de decir, "airadamente") por la crítica que sufre la izquierda compañera de viaje del proyecto secesionista máxime cuando es tildada por aquí de "tonta útil" y añade: "El rechazo de los empresarios a la independencia demuestra que ahí hay un contenido progresista que no podemos ignorar si somos de izquierdas". Algo así como "si el empresariado está en contra es que ha de ser bueno". Y uno, al leer las palabras del bueno de J., no puede evitar pensar que:

a) cada vez tiene menos claro que sea de izquierdas tal y como lo entiende J. Seguramente uno comparte más postulados de la izquierda "realmente existente" que de la derecha pero no muchos más pues no hay tantas diferencias entre ambos "polos": en el ámbito de "lo político" siempre han estado más cerca de lo que parece y en el "la política" que, insisto, no se corresponde con el primero, hoy día las distancias también se van acortando;

b) por otro lado, una parte de los empresarios, la que representa a los mayores negocios, se ha manifestado, ciertamente, en contra de la independencia de Catalunya, pero otras patronales de la pequeña y mediana empresa coquetean cuando no apoyan abiertamente el proyecto secesionista: ¿son más progresistas o revolucionarios los pequeños empresarios que los magnates? Uffff!!! Ya estamos con esos juegos de manos de la escolástica revolucionaria y sus distinciones ad hoc que tanto daño han hecho a los movimientos de emancipación occidentales;

c) finalmente, plantearse la acción política en términos de "quien está contra quienes yo estoy es, automáticamente, mi camarada y mi aliado", es una vieja costumbre de la izquierda que ha producido nefastos resultados: las alianzas nacionales previas a la I Guerra Mundial, la colaboración objetiva, aunque no subjetivamente experimentada como tal, entre comunistas y nazis para el socavamiento de la República de Weimar, la comprensión del pacto germano soviético de 1939, los "Frentes Populares" o los apoyos a los regímenes totalitarios que desafiaban el imperialismo norteamericano, independientemente de su carácter tiránico, por citar algunos ejemplos, ilustran históricamente las consecuencias de este inveterado hábito que parece consustancial a la izquierda de origen marxista.

Y es justo esta penosa mezcla de estrafalario análisis "dialéctico" y tacticismo uno de los motivos principales que ha conducido al estado de postración actual de una izquierda impotente ante el desarbolamiento del estado del bienestar y el recorte de los derechos civiles. Esa izquierda, que es incapaz de organizar una protesta masiva e inteligente contra, por ejemplo, el proyecto de reforma de ley del aborto del gobierno del PP, es la hija del tacticismo de aquellos "viajes con acompañantes" que, al final, acaban en un tren con los vagones repletos de entusiastas revolucionarios a los que se les había vendido un billete para el paraíso parando en la rampa de un Lager o en las alambradas de un Gulag.

24 de mayo de 2013

A ras de suelo: a propósito de la pasada huelga general en la enseñanza


Cuenta Esther que en su Instituto se celebró un claustro extraordinario la semana anterior a la convocatoria de la huelga general de la enseñanza del 9-M. Acudieron los alumnos, invitados al parecer por algún profesor imbuido de espíritu revolucionario, para pedir el apoyo de los profesores a aquella Huelga General, primer paso para, nada más y nada menos, que algo así como "una revolución", según uno de los jóvenes. Hay que decir, de paso, que el chico es recordado por algunos docentes del centro por su actitud despreciativa e insolente en clase y su falta de rendimiento intelectual - seguramente a causa de algún tipo de elevado intelecto que el sistema "castiga", supone uno. A la hora de concretar el apoyo solicitado resulta que el movimiento insurreccional debía comenzar el 8 por la noche con un encierro en el edificio y, a la mañana siguiente, seguir con un piscolabis "de hermandad" entre profesores y alumnos. La junta directiva "invitaba" a los profesores a participar del evento y mostrar su compromiso y solidaridad con la lucha. Así, como suena. Tan cool...

Tiene uno la sensación de que si al pobre Lenin le hubieran explicado que a través de unos muy saludables happenings de confraternización (se daba por supuesto que el alcohol no circularía...) se aspiraría a desencadenar el proceso revolucionario, no habría podido contener una sonora carcajada.

28 de junio de 2012

¿Capitalismo con rostro humano?


Parece que la sociedad postindustrial sigue siendo capitalista aunque sea un capitalismo tardío como argumentaba Habermas a finales de los sesenta. Uno va rindiéndose lentamente a la evidencia de que el modelo marxista debidamente complementado es, en lo básico, el más potente para describir los estados de cosas existentes. Y conforme lo va haciendo va recuperando de su memoria cadenas de enunciados que se enguantan con facilidad. Lo peor es que veo que esto le está pasando a más de uno.

Xavier, en su Blog, está realizando una excelente narración acerca de la ilusión del "capitalismo con rostro humano" que ha supuesto el Estado del Bienestar y las razones de su liquidación,  estrechamente vinculadas a la desaparición del riesgo de bolchevización de los asalariados.

Escribe Xavier, por ejemplo:

"Esta es la primera crisis en la cual se produce un retroceso significativo, tanto cualitativo como cuantitativo, de los derechos ciudadanos y de los trabajadores, que se están concretando en la liquidación pura y dura de lo que se vino a llamar el estado del bienestar. Un sistema social garantista y avanzado que fue el resultado del pacto tácito entre las democracias cristianas y las socialdemocracias, para evitar la bolchevización de las clases populares en Europa occidental después de la segunda guerra mundial. Un estado del bienestar que produjo unas cotas de distribución de la riqueza y de universalización y gratuidad de servicios sociales nunca vistos antes y que, casi con toda seguridad, nunca volveremos a ver. El estado del bienestar quedará allí, en los anaqueles de la historia, como ha quedado la Atenas de Pericles: como uno de los momentos cumbre de la historia de la humanidad, como un periodo fugaz de esplendor que pasó y nos dejó un recuerdo por el que nos sentiremos fascinados y cuyo influjo seguirá actuando como un referente sin punto de retorno.


Porque el estado del bienestar no era la manifestación natural del sistema capitalista, ni siquiera una tendencia accidental desviada de la ortodoxia del libre mercado. No, fue un disfraz, una  adaptación provisional que el propio sistema se autoimpuso para asegurar su supervivencia en la confrontación con el otro gran modelo en unos momentos que dicha supervivencia no estaba asegurada.

Y como en las leyendas de las lágrimas de cocodrilo que simulan el lloriqueo de un niño pidiendo auxilio, o del canto de las sirenas que engañan a las desprevenidas víctimas, los pueblos europeos creyeron que aquel bienestar coyuntural iba a ser estructural. Que pertenecía a la naturaleza del sistema. Que el capitalismo podía tener un rostro humano si se gestionaba de forma que el estado ejerciera unos mecanismos de control en la redistribución de la riqueza y en la prestación de servicios".

Y mientras, uno sigue dándole vueltas a Solzhenytsin...

20 de junio de 2012

¿Qué queda de este juicio?




"La revolución rusa de 1917 quedó muy por debajo de los objetivos que se había fijado y de las esperanzas que despertó. Su trayectoria fue imperfecta y ambigua. Pero ha producido repercusiones más profundas y duraderas en todo el mundo que cualquier otro acontecimiento histórico de los tiempos modernos" (E. H. Carr. La revolución rusa. De Lenin a Stalin. 1917-1929, trad. de Ludolfo Paramio, p243).

Escrito en 1979...

29 de marzo de 2012

Le retórica de la huelga


Uno, como no podía ser de otra manera, está de huelga hoy. El sindicato votó mayoritariamente unirse "por imperativo moral", así como suena. Para que no se nos confunda. No caben ambigüedades aunque seamos un sindicato corporativo y profesional: entre quienes recortan y quienes sufren los recortes sólo podemos estar de un lado.

Ahora bien, de ahí a la exhibición de retórica, épica y proselitismo que las "fuerzas progresistas y revolucionarias" están haciendo va mucho. Parece que muchos han olvidado qué sindicatos son los convocantes: cuáles han sido sus líneas de acción, sus compromisos con el "sistema", sus prebendas, su carácter de grandes corporaciones, su apoyo a políticas que han deteriorado las condiciones de vida de los trabajadores...

Muy mal tiene que estar la cosa si anarquistas, críticos, trotskistas, comunistas, anticapitalistas, indignados, antisistema o, simplemente, individuos lúcidos y conscientes no sólo se agrupan bajo la llamada de estos sindicatos (¡de estos dos específicamente! ¡es como si fuéramos a la revolución de la mano del PSOE o Iniciativa per Catalunya!) sino que se aferren de manera desesperada (y desesperante) a la bandera de la huelga general (que no es, me temo, el principio de una serie que conducirá a la Huelga General Revolucionaria, precisamente...) y construyan una épica proselitista.

La izquierda perdió el norte hace mucho. Una gran parte del multiverso de oposición al actual régimen parece que también lo ha perdido...

7 de marzo de 2012

Mike Davis y la democracia


Recoge Jorge Riechmann en su Blog, diez consejos de Mike Davis (New Left Review) sobre activismo y organización. Retengo una que sigue siendo clave, en opinión de uno, y que tiene que ver, como ya he dicho alguna que otra vez, con el contenido utópico que habría que extirpar (o cuanto menos atemperar) de la práctica política: la no equivalencia entre democracia consensual y democracia participativa y la inevitabilidad de la forma representativa de la democracia.


"En quinto lugar, como costosamente aprendimos en los años 60, la democracia consensual no es equivalente a la democracia participativa. A escala de las comunidades o de los grupos de afinidad, la toma de decisiones por consenso puede funcionar muy bien, pero cuando se trata de una lucha de mayor duración o que reúne a más individuos, pasar a una forma de democracia representativa es esencial para permitir la participación más igual y más grande posible. Como siempre, el diablo está en los detalles: conviene asegurarse que cualquier delegado pueda ser destituído de sus funciones, formalizar el derecho de las minorías políticas para que estén representadas, y así todo lo demás. Ya sé que es una herejía decirlo, pero los buenos anarquistas, los que creen en la acción concertada y en el autogobierno por la base, podrían encontrar enseñanzas de gran valor en el Robert’s Rules of Order1 [Reglamento parlamentario de Robert] (considerado un instrumento técnico útil para las discusiones organizadas y para tomar decisiones)."

6 de marzo de 2012

Erri de Luca y la revolución


Las observaciones de Erri de Luca, que militó en nuestra mítica Lotta continua, en El País del domingo, no dejan indiferentes a quienes hemos servido a la causa totalitaria como aprendices de revolucionario:


"—¿Mereció la pena? ¿Volvería a hacer lo mismo?

—Cuando estaba en prisión, Rosa Luxemburgo le pidió a una amiga que pusiera en su tumba este epitafio: me arrepiento de no haber sido tres veces más osada. Luego dice que era broma. Yo no me arrepiento de nada. Las grandes causas implican a menudo a gente poco apta que toma lo que hay. Incluso el mayor profeta de la historia, Moisés, era tartamudo.

—Y no llegó a la tierra prometida.

—Pero abrió el camino.

—¿Hoy hay alguna posibilidad de revolución?

—Mire al sur del Mediterráneo. ¿En nuestros países? No. La revolución es una necesidad, no una inspiración poética. No tiene que ver con una edad o con el temperamento, es una maldita necesidad. Y entre nosotros no existe esa necesidad. ¿Que hay injusticias? Claro, pero esta generación pide cuentas de la injusticia directamente a aquellos que la cometen, quiere dialogar con el poder, es fundamentalmente democrática, y las revoluciones no lo son.

—¿Pueden también ser injustas?

—Claro. Dice un proverbio ruso: cuando se corta el bosque vuelan las astillas. En ese sentido, yo me siento una de esas astillas."

11 de febrero de 2012

La reforma laboral


Que a uno la suerte de Garzón le sea relativamente indiferente tiene al menos un par de motivos: durante la represión del independentismo catalán antes de las Olimpiadas del 92 (y no creo que nadie sospeche que abrigo ninguna simpatía por ningún tipo de nacionalismos) el insigne juez jugó un papel cuanto menos discutible que, como se han encargado de recordar muchos por estos lares, no fue precisamente "garantista" con las personas que ordenó detener y procesar; en segundo lugar, su investigación sobre los GAL tuvo un sesgo oportunista y vengativo al menos en apariencia. Quizás le moviera un deseo de justicia legítimo pero "la mujer del César no sólo ha de ser honrada, ha de parecerlo" y que se acelerara la instrucción cuando salió del ministerio hace que quepa una duda razonable al respecto.

Digo esto porque uno no cree que la sentencia de Garzón sea una muestra de revanchismo neofranquista o una señal que se envía desde "arriba" en este momento histórico en el que parece claro que se está produciendo una agudización de la lucha de clases en esta esquina de Europa (y en todo el continente).

Por contra, la reforma laboral sí es una muestra indudable de la coerción de los clases dominantes y de la involución democrática que están llevando a cabo. El caldo de cultivo para una revolución, que insiste uno, seguramente no será la que anhelan muchos de los que la aman con pasión, se sigue cociendo: el fuego se ha subido un poquito más.

30 de enero de 2012

Escribe Jorge Riechmann sobre la insuprimibilidad de las mediaciones


En el Blog de Jorge Riechmann uno leyó hace días una reflexión interesante acerca de los límites del pensamiento de la izquierda tradicional en lo que hace a la utópica (en el sentido peyorativo del término) idea de la supresión de las mediaciones institucionales y legales (desde la moneda hasta los organismos de delegación de la representación). Uno ya escribió hace tiempo, a propósito del movimiento del 15M, que la idea de democracia directa y asamblearia permanente puede ser regulativamente hermosa pero perniciosa si ha de guiar la acción política: no es posible eliminar la delegación o la representación porque siempre habrá personas que no pueden hacer uso de su facultad volitiva (por enfermedad, edad o, simplemente, por preferir a la toma de decisiones, el sexo, el paseo o la música) y delegarán esa representación en otros.


"Retengamos esto: los seres humanos somos simios supersociales que, por discusiones enquistadas en comunidades de vecinos, las cuales a veces dan lugar a rencores macerados en su propia salsa durante años, llegamos a los extremos del arma de fuego usada con intención de asesinar a aquel o aquella que vive en la puerta de al lado.

¿Por qué resulta importante retenerlo? Porque con demasiada frecuencia, desde la izquierda, nos abandonamos a fantasías ultrademocráticas de eliminación de todas las mediaciones legales e institucionales.

No puedo desarrollar más el asunto en este momento, pero tiene implicaciones enormes: acerca de la clase de democracia participativa que sería viable desarrollar, por ejemplo; o acerca de las reformas del inaceptable sistema monetario actual que deberíamos proponer. Sobre esto último, recuerdo la siguiente reflexión de Cornelius Castoriadis:

“Existe en el marxismo la idea absurda de que el mercado como tal, la mercancía como tal, ‘personifican’ la alienación; idea absurda, pues las relaciones entre los seres humanos, en una sociedad extendida, no pueden ser ‘personales’ como en una familia. Están y estarán siempre mediadas socialmente. En el marco de una economía, por poco desarrollada que sea esta mediación, se llama mercado (el intercambio).”[1]

Es un error de cierta izquierda –insistía Castoriadis– creer que todas las mediaciones impersonales deben abolirse. “No puede haber una sociedad compleja sin medios impersonales de intercambio. La moneda cumple esta función. (…) Que se le retire a la moneda una de sus funciones en las economías capitalista y precapitalista: la de instrumento de acumulación individual de riquezas y de adquisición de medios de producción, es una cosa. Pero en tanto unidad de valor y medio de intercambio, la moneda es una gran invención, una gran creación de la humanidad.”[2]

En una sociedad decente habría mucho más tiempo disponible para la participación política, y muchos más deseos de hacer cosas en común, colaborando con los demás. Pero incluso en tales condiciones óptimas, el tiempo para tomar decisiones seguiría siendo un recurso limitado, y la benevolencia hacia el compañero o la compañera de asamblea no sería infinita… A eso nos remite el lamentable incidente entre los vecinos de Puente de Vallecas (que por suerte se saldó solamente con dos heridos leves)."

25 de enero de 2012

"La tumba de Lenin"


El libro de David Remnick, La tumba de Lenin, le ha acompañado a uno estos últimos días de enfermedad. Es un libro más sesgado, tosco y menos sofisticado en sus análisis que, por ejemplo, La gran transición de otro periodista, este español, Rafael Poch-de-Feliu. Pulitzers aparte. Con todo ha sido una lectura agradable e instructiva.

Uno no puede estar seguro de que las citas reproducidas en el libro sean correctas (la mayoría no conllevan referencia académica adecuada y la traducción al castellano se hace sobre la del inglés que, a su vez, se ha efectuado sobre el original ruso) pero alguna de ellas resulta escalofriante y tiñe de sombras la figura de Lenin que una buena parte de la tradición marxista ha procurado mantener pura e incontaminada cargando sobre las espaldas de Stalin los excesos criminales del totalitarismo bolchevique.

Así, por ejemplo, el comisario de justicia de Lenin, Nikolai Krylenko, afirmó según Remnick: "Debemos ejecutar no sólo a los culpables. La ejecución de personas inocentes impresionará aún más a las masas" (p756).

Asimismo, el uso del concepto de "campo de concentración" es atribuida por Remnick a Lenin y Trotsky: "... los primeros europeos que utilizaron el término 'campo de concentración' fueron Lenin y Trotsky, y fueron también los primeros en poner en práctica el concepto. Tres meses después de que Trotsky utilizara el términ, el 9 de agosto de 1918 Lenin envió un telegrama al Comité Ejecutivo de Penza, exigiendo que los dirigentes rojos locales iniciaran 'una campaña de terror contra los kulaks, sacerdotes y guardias blancos; hay que confinar a todos los elementos sospechosos en un campo de concentración en las afueras de la ciudad'" (p456).

Con cientos de páginas dedicadas a poner en su sitio al sistema soviético, a la ideología que le sirvió de su base y a aquellos que lo dirigieron, al menos el bueno de Remnick ha tenido la honradez de confesar que una gran parte de la antigua intelligentsia disidente de la época soviética y amplias capas de la población no vivieron el tránsito al capitalismo precisamente con entusiasmo, lo cual es de agradecer para compensar un poco tanto fervor por Yeltsin y el modo de vida occidental:

"Uno o dos años de exposición a la publicidad norteamericana han conseguido lo que no lograron hacer décadas de propaganda comunista: causar indignación auténtica en parte de las personas honradas ante los excesos del capitalismo. Pero la intelligentsia está desconcertada ante todo esto y es incapaz de proporcionar orientación moral: 'Lucharon por una nueva vida y resultó que esa vida les decepcionó'" (p802).

13 de enero de 2012

Crisis y ciclos


La memoria de uno almacena otros escenarios de crisis tan profundos como el actual y con parecidos tonos apocalípticos. Finales de los ochenta, mediados de los noventa, por ejemplo. En el primer caso, el apocalipsis casi se consuma el 23 de febrero de 1981. En el segundo, el período 1993-1996, uno lo guardaba como especialmente penoso pero no estaba seguro. Releyendo El día en que dejé de leer El País de Riechmann, se reconoce la gravedad de la situación económica y política y la existencia de un estado de ánimo apocalíptico que empieza uno a pensar que bien pudiera ser consustancial a las sociedades occidentales criadas bajo la losa de la soteriología cristiana plasmada ejemplarmente en el libro de Juan que cierra la recopilación llamada "Biblia" y que la persistencia de la noción de crisis en la Filosofía contemporánea (desde Dilthey hasta Spengler o Husserl por ejemplo) certificaría.

Respecto a las crisis... Quienes crecimos con los catecismos de Ernest Mandel y compañía tendemos a pensar que son cíclicas, meros episodios de reestructuración del modo de producción capitalista y que del sólo hecho de la crisis objetiva, sin mediar la voluntad subjetiva de poner fin a la situación, no se puede deducir ningún final endógeno del orden de cosas existente.

10 de enero de 2012

Escribe Žižek sobre la crisis actual (y IV): los pilares del comunismo


Del libro de Žižek uno ha retenido fundamentalmente los acuerdos, las proximidades: la crítica al relativismo y al multiculturalismo narcisista de las "pequeñas diferencias" que aplasta la universalidad del proyecto emancipador extensible a la totalidad de la especie humana ("ni griego ni judío, ni hombre ni mujer"), el rechazo de las alianzas tácticas o la tolerancia con los fundamentalismos ("habría que rechazar el peligroso lema de que 'el enemigo de mi enemigo es mi amigo', que nos lleva a descubrir un potencial 'progresista' y antiimperialista en los movimientos islámicos fundamentalistas"), la potencialidad política de la interrupción del curso de los acontecimientos, de la pausa, de la necesidad de parar, la reivindicación de un programa fuerte del comunismo para dotar de contenido empírico concreto a la Idea o, sobre todo, la denuncia de las aberraciones criminales del sistema capitalista: "El colapso financiero hizo imposible ignorar la descarada irracionalidad del capitalismo global. Se pueden comparar los 700.000 millones de dólares gastados solamente por Estados Unidos para estabilizar, con el hecho de que, de los 22.000 millones de dólares prometidos por las naciones ricas para contribuir al desarrollo de la agricultura en las naciones más pobres, solamente 2.200 millones se han hecho realidad hasta la fecha" (p95).

No obstante, uno no ha podido evitar retener, también, una discrepancia severa en torno a la consideración de los pilares de la Idea comunista que, según Žižek la distinguen a lo largo de la historia desde Platón:

"Hoy, más que nunca, hay que insistir en lo que Badiou llama la Idea 'eterna' del comunismo o los 'invariantes' comunistas; los 'cuatro conceptos fundamentales' que actúan desde Platón, a través de las rebeliones milenarias medievales, del jacobinismo, el leninismo y el maoísmo: la estricta justicia igualitaria, el terror disciplinario, el voluntarismo político y la confianza en el pueblo. Esta matriz no ha sido superada por ningtuna dinámica posmoderna, posindustrial, o pos lo que uno quiera" (p145-146).

Nada que objetar respecto a la justicia igualitaria, la confianza en el pueblo o el voluntarismo político pero el "terror disciplinario" no cree uno que forme parte, necesariamente, del ideal comunista/comunitario a lo largo de su historia. Más bien es parte fundamental de una interpretación restrictiva y proclive a la tentación totalitaria de este ideal.

8 de enero de 2012

Escribe Žižek sobre la crisis actual (III): lo utópico


En la crítica que uno realiza del utopismo como motor de la acción política no ha incluido nunca el utopismo capitalista porque lo da por sentado y no ha creído nunca necesario perder demasiado el tiempo en ello. Con todo, estas palabras de Žižek, que resumen aproximativamente esa posición, dan qué pensar: quizás no hacerlo concienzudamente ha sido un error.

"Después de denunciar todos los 'aspectos habituales' del utopismo, quizá ha llegado la hora de centrarse en la propia utopía liberal. Así es como habría que responder a aquellos que descartan cualquier intento de cuestionar los fundamentos del orden capitalista democrático-liberal, considerándolos peligrosamente utópicos: en la crisis actual, a lo que nos enfrentamos es a las consecuencias del núcleo utópico de ese mismo orden. Mientras el liberalismo se presenta como la personificación del antiutopismo, y el triunfo del neoliberalismo aparece como una señal de que hemos dejado atrás los proyectos utópicos responsables de los horrores totalitarios del siglo XX, hoy en día está quedando claro que la verdadera época utópica fue la feliz década clintoniana de los noventa, con su creencia de que habíamos alcanzado el 'fin de la historia', de que la humanidad finalmente había encontrado la fórmula para el orden socioeconómico óptimo" (Primero como tragedia, después como farsa, p92)

3 de enero de 2012

Escribe Žižek sobre la crisis actual (I)


Leyendo uno de los últimos trabajos del prolífico Žižek, Primero como tragedia después como farsa (Akal 2011, trad. de José María Amoroto Salido) -aprovechando una pausa en la hospitalización de Pablo- halla uno corroborada su impresión de que la crisis financiera del capitalismo que padecemos no desembocará a corto plazo en una apertura de posibilidades revolucionarias:

"Por ello, cualquier ingenua expectativa izquierdista de que la actual crisis económica uy financiera abra necesariamente un espacio para la izquierda radical es, sin duda, peligrosa y corta de miras. El efecto primordial inmediato de la crisis no será el auge de la política emancipatoria radical, sino, por el contrario, el aumento del populismo racista, nuevas guerras, el incremento de la pobreza en los paupérrimos países del tercer Mundo y mayores divisiones entre ricos y pobres en todas las sociedades" (p23)

16 de diciembre de 2011

Clàudia muestra su desconcierto


Clàudia, como buena hija, lee este cuaderno. Pobre... Las servidumbres de la filiación no son mucho menores que las de la paternidad. En cualquier caso, el otro día me mostró su perplejidad por el tono "marxista" de mis últimas entradas. Casi sonó a reproche cuando uno se ha pasado los últimos años denunciando los totalitarismos.

El asunto es que, simplificando, uno intenta mantener un compromiso activo con "lo político", con ciertos ideales máximamente universales que se condensan en conceptos como los de "justicia", "lucha contra el sufrimiento" o "libertad" y eso no es propiedad de ninguna ideología. A veces este compromiso lleva a una coincidencia con las descripciones marxistas e incluso con sus metodologías de práctica política. Pero otras veces no. También pasa con el anarquismo y el liberalismo que, ya dije, se ofrecen como los caminos transitables más al alcance si se quiere apartar la tentación totalitaria.

Por otra parte, tal vez inadvertidamente se esté inclinando uno a darles más espacio a estas descripciones. Puede ser pero si así fuera tampoco sería más que el resultado de lo que uno viene denunciando desde hace tiempo: si se vacía el ya de por sí delgado contenido democrático de nuestros sistemas políticos y no se compensa a los asalariados con unas condiciones de vida que compensen su desgaste psicofísico y simbólico, la salida que se va a dejar a la mayoría no será otra que poner su fe en las propuestas revolucionarias y abandonar el reformismo con el que se intentó frenar el totalitarismo.

¿Estará ocurriendo eso en quien escribe? Si es así es un mal síntoma: significaría que uno ha perdido la paciencia y la esperanza en que la mejora de las condiciones de vida de nuestros conciudadanos y de la humanidad en general puede ser lograda sin pagar un precio desmesuradamente alto en términos de sufrimiento. Mal iríamos...

Esperemos que sea simplemente el resultado de la coincidencia entre el análisis racional que uno realiza y las doctrinas revolucionarias del XIX: una coincidencia que resulta del hecho de que, en algunos aspectos (bastantes, muchos), sus descripciones se ajustan mejor a la experiencia que otras que se nos ofrecen.

15 de diciembre de 2011

Cuatro tesis sobre el "trabajo"


El otro día Arturo Borra, en su Blog, desplegaba cuatro interesantes "tesis" acerca del trabajo en el capitalismo con las cuales uno coincide en el fondo que no en la forma y en el lenguaje utilizado: cosas de la deformación filosófica.

Aunque uno modificaría el término "trabajador" por el de "asalariado", las tesis reafirman la eficacia, en ciertos ámbitos, de las descripciones que heredan su aparato conceptual de la tradición de las Internacionales del XIX.

Escribe Arturo:

"(...)
En las condiciones del capitalismo actual, a mi entender, necesitamos complementar esas tesis con algunas otras, especialmente a raíz de la presión creciente que ejerce la tasa de paro (notablemente elevada) sobre las clases trabajadoras:
  1. El terror de los trabajadores ante el creciente desempleo es funcional a la precarización laboral. Como forma disciplinaria, el paro permite el mantenimiento de los salarios en un nivel relativamente bajo y la disminución de expectativas y exigencias con respecto a las condiciones del trabajo por parte de los trabajadores. Puesto que hay “un ejército de reserva” –tal como anticipó Marx- dispuesto a sustituirnos, cualquier reivindicación de los trabajadores puede ser sancionada –y así ocurre habitualmente- mediante la amenaza, el despido o la degradación laboral...
  1. El deseo del trabajador parado por recuperar el trabajo (precarizado) que percibe como parte de su humanidad afianza un sistema que deshumaniza tanto a trabajadores como a no trabajadores. Perdiendo de vista otras dimensiones de la existencia social, el trabajador parado vive como privación no poder acceder a un trabajo precario que lo priva de dimensiones centrales de sí mismo. El estigma del paro se transfiere al sujeto que (sobre)valora lo que le falta y menosprecia lo que tiene...
  1. En nuestra cultura del trabajo, el trabajador activo y el trabajador parado están atrapados por esta centralización del trabajo como dimensión identitaria. Así como los parados se sienten despojados de su «humanidad» ligada al trabajo, los trabajadores activos no dejan de sentirse negados a sí mismos en dicho proceso laboral. Si a uno le falta esa dimensión identitaria, al otro le sobra: no sólo hay problemas de desempleo, sino también de subempleo y sobreempleo...
  1. En el capitalismo, los trabajadores se extrañan no sólo de otros trabajadores en activo (una de las dimensiones centrales del proceso de enajenación del trabajo) sino también de los trabajadores parados, vividos como amenaza a la propia estabilidad laboral. Los “profesionales” no son más que trabajadores intelectuales extrañados de otros trabajadores (reducidos al “trabajo manual”)... "
La argumentación desarrollada: aquí.

10 de diciembre de 2011

¿Es razonable esperar un inminente colapso del capitalismo? (y III)


Marx creía que la fase final del capitalismo sería la subsunción de lo real al capital, una época que podría ser entendida, en cierto modo, como la de la mercantilización de lo real. En esa fase parece que nos hallaríamos en la actualidad cuando todo parece ser objeto de compra, venta y consumo. La esperanza de Marx y de algunos de sus seguidores radica en la suposición de que existe algo irreductible al capital, algo que no puede ser tratado como mercancía y que tiene que ver, evidentemente, con el ser humano y su voluntad emancipatoria: con la libertad, en última instancia.

Ahora bien. Precisamente la filosofía contemporánea ha mostrado el déficit de cualquier modelo substancialista: la imposibilidad de encontrar un fundamento puro y no tocado por la temporalidad histórica (en la cual se incluiría la biológica, por supuesto). Al mismo tiempo, también ha mostrado la imposibilidad de saturar los contextos, de cerrar las descripciones exhaustivamente y, consecuentemente, de establecer prognosis que no comporten un altísimo grado de riesgo, de imprevisibilidad. De estas dos aportaciones se seguiría que no habría más fundamento que el históricamente construido en un lenguaje y que esta historicidad y lingüisticidad no podrían ser totalizadas ni formalizadas. Sean cuales fueran las propiedades de lo que es, serían temporales y no serían agotables y clausurables en una estabilidad cerrada, redonda.

No habría libertad como fundamento último pero tampoco podríamos afirmar la viabilidad de una reproducción irrestricta e ilimitada del capitalismo.

¿Nos deja esto en manos de la creencia religiosa? ¿Hemos de renunciar a cualquier esperanza racional y mantener su llama en el ámbito de lo emocional o lo sagrado? Esta parece ser una opción en alza entre muchos ex-relativistas y otra gente de mal vivir. Sin embargo, la esperanza religiosa (que alienta también la utopía) sigue siendo peligrosa: se comienza esperando irracionalmente y, al final, se asesina o, peor, no se pagan los impuestos.

De acuerdo con lo dicho anteriormente parece que hay una opción razonable que suscita menos entusiasmo pero que permitiría abrigar una moderada esperanza: no sería inminente el colapso del capitalismo a escala planetaria pero tampoco tendría una proteica e infinita capacidad de convertirlo todo en materia de intercambio.

Si fuera así sólo cabría perseverar en la lucha por la justicia, la emancipación y la fraternidad humana sin vanas esperanzas pero sin desanimarse.