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27 de agosto de 2010

27 de agosto de 2010: sequedad y humedad según Littell


Que Littell corrió en Las benévolas el riesgo del fresco frente al retrato, de la composición frente al elemento, del artefacto artístico frente a la comunicación de la experiencia, lo muestra perfectamente Lo seco y lo húmedo en donde en poco más de cien páginas penetra en la naturaleza del fascismo y en la personalidad de un destacado nazi belga, Leon Degrelle, tanto o más que en las centenares de páginas de su gran novela inicial.

El ensayo, pese a algunos abusos retóricos ligados a la tradición de la filosofía y el psicoanálisis francés de la segunda mitad del siglo XX, trata de explorar las hipótesis de Klaus Theweleit sobre la psique fascista expuestas en Männerphantasien. Theweleit, uno de los escasos investigadores que se ha tomado la molestia de leer muchos textos "fascistas" o "nacionalsocialistas" (no son sinónimos, aunque sean dos variantes de un mismo tipo de totalitarismo), considera que el fascismo se distingue más que por su forma de gobierno o su sistema económico, por su producción de lo real, por su construcción del ser que emana de una peculiar constitución psíquica. El fascista, o "hombre-soldado", es un individuo desprovisto de Yo, en términos psicoanalíticos. No habiendo realizado el Edipo, no se ha liberado de su extremo vínculo sexual y afectivo con la madre y no ha accedido a una socialización real. No ha castrado el deseo incestuoso y no ha aceptado el principio de la realidad y por ello funciona con un simulacro de Yo que sólo puede sostenerse mediante apoyos externos: la ley, la patria, el ejército...

Independientemente de la validez o no de la hipótesis de Theweleit -que debería juzgarse, en todo caso, en concurrencia y no competencia con otras hipótesis culturales, sociológicas, económicas, psicológicas, históricas, ideológicas, etc.- lo interesante del ensayo de Littell es su aparente aplicación al caso Degrelle y la brillantez de su retrato. Esta vez, y hay que insistir en ello, dejando de lado algún abuso retórico, Littell ilumina a un fascista que deviene nazi y con él al mismo fascismo y al nazismo, en pocas y excelentes páginas. Su iluminación no es completa. Es un fogonazo, un foco que se proyecta sobre una figura y deja ver algunos rasgos y oculta otros pero abunda en una convicción que uno comparte con él: el nazismo puede ser de todo menos únicamente vacío. El "modelo Eichmann" de Arendt, la banalidad del mal, no sólo es discutible e incompleto, aunque pueda aplicarse a algunos nazis y tampoco necesariamente al propio Eichmann, sino que puede llegar a ser pernicioso para nuestra comprensión del genocidio que asoló Europa durante los últimos años de la primera mitad del siglo XX. Su ensayo sobre Degrelle, muestra que algunos nazis y fascistas no estaban huecos sino que por contra estaban demasiado llenos, insoportablemente repletos.

26 de agosto de 2010

26 de agosto de 2010: sin tregua con el único socorro de Jonathan Littell


Siuge desaparecido el cielo aunque hoy el acero no tañe sus quejidos y se limita a presidir, descomunal, ardiente, el horizonte. Refugiado en mi estudio saco fuerzas de donde la desgana y la pereza las ha confinado para leer Lo seco y lo húmedo de Jonathan Littell, un ensayo breve sobre el fascismo a partir de la figura de Leon Degrelle, el conocido líder rexista valón que sirvió en las Waffen-SS y en la Wehrmacht hitlerianas y que se refugió en España teniendo una notable vida pública hasta su muerte en 1983.

Hace un par o tres de años leí su encomiable Las benévolas, uno de los intentos más serios, trabajados y ambiciosos de reproducir el punto de vista de los perpetradores del Holocausto que, cabe recordarlo, como afirma el historiador judío Raoul Hillberg, es la perspectiva más adecuada para comprender su naturaleza por la amplitud de las fuentes y documentos conservados y por su posición privilegiada en cuanto organizadores de lo acontecido según planes y acciones originados por sus voluntades .

La gran novela de Littell naufraga finalmente a pesar de su extraordinario hiperrealismo y su dominio de la bibliografía secundaria, que le permite orquestar la trama de personajes "reales" nazis y "acontecimientos" de la Guerra Mundial con una coherencia y verosimilitud pasmosa, precisamente porque se nutre de bibliografía y a ella se ciñe: porque es una construcción teórica soberbia pero se queda en eso, en un artefacto que no logra desmontarse a sí mismo al final para alumbrar lo que aconteció.

En comparación, Seguir viviendo de Ruth Klüger, otra extraordinaria novela de construcción, ilustra el caso contrario: una obra que no se deja atrapar por sus propias exigencias formales y así puede dejar atrás las piezas del dispositivo y desmontarlo para entregar una determinada experiencia.

En ambos casos, independientemente de la condición de cada uno de los escritores (Klüger una superviviente de los campos, Littell un excepcional lector que asume el esfuerzo de asumir la representación del mundo de los ejecutores), la diferencia estriba en la relación entre la construcción de la experiencia y ésta: la forma hiperrealista de Littell acaba suprimiendo la experiencia en el artefacto por las exigencias extremas de un enciclopedismo que la somete a su trazo; la forma de la que se sirve Klüger, menos realista y desaliñada, abandonada en algunos momentos, puede suprimir el esqueleto para dejar paso a la experiencia porque no debe rendir cuentas a sus protocolos de construcción.

Con todo, la hercúlea tarea de Littell merece un chapeau. Cincuenta años después del final de la Guerra pocos escritores han sido capaces, como él, de emprender un auténtico proyecto de comprensión narrativa de lo que sucedió en Europa entre 1933 y 1945.