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15 de octubre de 2014
"Otro" viaje a Italia (XXV): el "Moisés"
31 de julio de 2012.
Tenemos el tiempo justo para recoger las pertenencias y preparar una última visita que no estaba prevista. Normalmente, en nuestros viajes el último día está dedicado a las tareas de preparar el trayecto de vuelta para ir descansados y tranquilos en la medida de lo posible. Sin embargo, en esta ocasión, como tenemos bastantes horas por delante - el avión sale a media tarde - decidimos arriesgarnos e ir a visitar el Moisés de Miguel Ángel, que no pude ver hace treinta años sin que haya logrado recordar por qué razón.
La escultura de Miguel Ángel está en la basílica de San Pietro in Vincoli, cerca del Colosseo. Una de las basílicas romanas menores que, además, desconocía por completo (como cinco de las diez). Acabadas las tareas de recogida, cogemos el metro, bajamos en Cavour y caminamos hacia nuestro objetivo. Como cada día, el calor pasadas las doce de la mañana es insoportable. Para colmo, la Iglesia está en una elevación para llegar a la cual hemos de encarar un prolongado tramo de escaleras que, a los pocos metros, nos empapa de sudor. Cuando llegamos arriba, sin resuello, y nos acercamos al templo, nos sorprende no ver más que a una pareja de nórdicos al pie de las escaleras bebiendo agua cerca de un quiosco ambulante. No hay nadie más. No tardamos en averiguar la razón de tan poca gente gracias a la amabilidad, previa consumición de unos botellines de agua, del vendedor: la basílica cierra entre 12:30 y 15:00. Hace poco más de diez minutos que han pasado la llave.
Uno no sabe si reír o llorar ante la práctica evidencia de que se quedará sin ver la mítica estatua. Nos sentamos en el pórtico, a la sombra, y hacemos cálculos. Hay tiempo suficiente para regresar al apartamento, comer temprano y hacer un segundo intento. Luego, un taxi hasta Fiumicino. Las tarjetas de embarque están impresas desde el primer día y la facturación en Alitalia debería ser rápida así que, supongo que ante mi desánimo y para no dejarme con la miel en los labios, la decisión unánime y generosa es intentarlo nuevamente a las tres de la tarde.
Comemos con poca hambre y nerviosismo. La posibilidad de llegar tarde al aeropuerto hace que finalmente decidamos ir y volver en taxi, también, a San Pietro in Vincoli. Tenemos suerte y acertamos con la hora. Sobre las tres de la tarde en julio el terrible tráfico romano se toma un respiro y llegamos en pocos minutos a la basílica, ya abierta y entramos, apresurados y tensos, a encontrarnos con aquella estatua que Miguel Ángel golpeó a fin de que hablara. Un cordón establece un perímetro de seguridad que podríamos atravesar sin problemas: ningún guardia de seguridad merodea por la nave, pero nos abstenemos de la travesura. Tampoco hay visitantes así que entre el Moisés y nosotros nada se interpone salvo nuestra prisa, el cansancio y la historia de la escultura, como mínimo. Parece mucho más pequeño de como nos lo imaginábamos: ciertamente tomábamos como referencia el David más que La piedad. Es una escultura vigorosa e hiperrealista aunque no sé si le hubiera asestado un martillazo para obligarlo a abrir la boca. Comento, con perplejidad, los dos cuernos que surgen de la cabeza del divino enviado que, tozudamente, para salvar el realismo, intento interpretar como mechones de cabello ligados, ante el escepticismo de Esther y los críos. Sólo de vuelta en Barcelona, Wikipedia aclarará el hecho: "La estatua representa a Moisés con cuernos en su cabeza. Se cree que esta característica procede de un error en la traducción por parte de San Jerónimo del capítulo del Éxodo, 34:29-35. En este texto, Moisés se caracteriza por tener "karan ohr" ("rayos de luz") que salen de su cabeza, lo que San Jerónimo en la Vulgata tradujo por "cuernos". Cuando Miguel Ángel esculpió el Moisés el error de traducción había sido advertido, y los artistas de la época había sustituido, en la representación de Moisés, los cuernos por dos rayos de luz. No obstante Miguel Ángel prefirió mantener la iconografía anterior." Tras unos pocos minutos y una ojeada rápida a la capilla principal, prescindimos de cualquier principio serio de goce estético y nos precipitamos a por otro taxi. Nos acompaña la fortuna y la crisis. Quince minutos después estamos camino de Fiumicino: llegaremos con más de dos horas de antelación. Tiempo suficiente.
Sin acordarme lo más mínimo de Goethe en estas últimas horas en Italia, embarcamos rumbo a una España que parece precipitarse en el abismo del rescate y la bancarrota del Estado: un panorama nada halagüeño aunque parezca propicio a los intereses revolucionarios. También, pienso, es el escenario perfecto para los movimientos totalitarios...
11 de octubre de 2014
"Otro" viaje a Italia (XXIV): San Pedro y "La Dolce Vita"
30 de julio de 2012. Tercera parte.
La penúltima estación del recorrido por los Museos Vaticanos, después de una comida rápida y nada barata en el restaurante, es la Pinacoteca, que pone a prueba el estado de nuestras facultades físicas y mentales ya bastante mermadas. El famoso Triptico Stefaneschi de Giotto y sus colaboradores y dos cuadros de Fra Angelico nos consumen los primeros minutos: estamos, por lo menos en mi caso, no sólo observando obras de arte sino también nuestro propio pasado vinculado a esas obras que están registradas en la memoria y que reconocemos, de un modo muy optimista, casi en su integridad. Una ilusión difícil de borrar pese a que el sentido común dicta que de esas obras tan sólo nos quedan trazos incompletos o figuras difuminadas. Algo parecido sucede con La piedad de Lucas Cranach el Viejo o La Madonna col Bambino e i SS. Lorenzo, Ludovico di Tolosa, Ercolano e Costanzo de Perugino así como la espectacular Trasfigurazione de Rafael. A partir de este cuadro, sin embargo, los reencuentros desaparecen, tal vez por la fatiga. Sorprenden, con todo, el incompleto San Girolamo de Leonardo, el vistoso y rico San Matteo e l'angelo de Reni, así como su seductora Crocifissione di S. Pietro o el desconocido pero impactante Deposizione dalla Croce de Caravaggio. Como después de la Transfiguración de Rafael el volumen de turistas ha descendido apreciablemente - es la hora de comer para los españoles -, la visita a la colección vaticana resulta más sosegada y placentera e incluso podemos entretenernos en el minucioso Adamo ed Eva nel Paradiso Terrestre de Peter Wenzel, donde al parecer hay pintadas más de doscientas especies. No obstante, no nos paramos apenas en la sala de Bernini dedicada a los modelos de la Catedral de San Pedro, última estación del Via Crucis turístico en el que llevamos embarcados tantos días: las fuerzas no dan para más teniendo en cuenta lo que nos queda.
Son las cuatro cuando, tras beber casi un litro de agua cada uno, nos situamos al final de la cola, no excesivamente larga, que al lado del ala este de la columnata de Bernini, da acceso a San Pedro. Todo el brazo oeste está en rehabilitación y los andamios no contribuyen a recobrar del recuerdo aquella plaza de San Pedro sobrecogedora de los ochenta sino una algo más pequeña y, por supuesto, aunque igual de suntuosa, bastante menos hermosa. Los comentarios sobre el derroche de dinero, la riqueza, el desprecio al ideal de pobreza evangélica y otros lugares comunes anticlericales presiden nuestra espera aunque me cuesta, por mi experiencia en el Opus Dei, compartirlos: la crítica a la religión, en mi caso, sigue sin poderse articular sobre estos pilares ni otros tales como la Inquisición o el franquismo. Es un nivel aceptable, evidentemente, pero deja fuera la complejidad del fenómeno y, por ende, la posibilidad de reconocerlo en ciertas formas laicas como el nacionalismo o el más feroz marxismo ortodoxo. No obstante, ya en el interior, debo reconocer que la ostentación de esta basílica resalta, negativamente, por comparación con la sobriedad de la catedral de Firenze que, al fin y a la postre, acaba pareciéndole a uno, si dejamos aparte la conmovedora Pietà de Miguel Ángel, el Baldaquino de Bernini y la gran cúpula diseñada, más bella.
Prescindimos de la ritual subida al mirador de la cúpula. Hace un calor terrible y estamos, definitivamente, exhaustos. Dejamos el corazón del catolicismo sin volver la vista atrás, no como hace treinta años hice yo y volvemos al apartamento acordando, por encima de nuestras discrepancias sobre el anticlericalismo, que el Baldaquino de Bernini probablemente no merece el expolio del Panteón de Agrippa.
Por la noche, salimos a pasear. Es nuestra última noche en Roma. Decidimos cenar fuera y primero, como siempre, nos dirigimos a ver el crepúsculo en la escalinata de la Piazza Spagna. Hoy no hay música y hay poca gente. Nos acercamos al Corso y cenamos en un restaurante coqueto en una calle peatonal de las inmediaciones. Ya de madrugada pasamos por la Fontana di Trevi y, por una vez, nos podemos sentar tranquilamente a escuchar caer el agua y dejarnos llevar por el Neptuno y la casi imposible evocación de Anita Ekberg bañándose ante Marcello Mastroianni. Pese a que hay menos gente que de normal, trasladar la escena de La dolce vita a la una de la mañana del 31 de julio de 2012 tiene algo de demencial y ridículo al tiempo.
7 de octubre de 2014
"Otro" viaje a Italia (XXIII): Rafael y Miguel Ángel
30 de julio de 2012. Segunda parte.
Al llegar a las inmediaciones del Appartamento Borgia aceleramos para superar a un nutrido grupo de asiáticos en la esperanza de disponer de unos segundos para contemplar el anhelado cuadro de Rafael con espacio y tiempo. El adelantamiento surte su efecto pero estamos confundidos: en las salas de estos aposentos hay obras de Vasari o Pinturicchio y otras inspiradas - o de fuerte ascendencia (de hecho, para uno indistinguibles) - del Perugino o Ghirlandaio. Las estancias con los frescos de Rafael están cerca y nos obligan a nuevos apresuramientos hasta que damos con la primera de ellas, la Sala di Constantino, en un momento relativamente tranquilo pues está pasando a la siguiente sala, la Stanza di Heliodoro, otra numerosa troupe y quedan tan sólo unos cuantos visitantes aislados que nos permiten movernos sin agobios por la habitación. Leemos en la guía que los frescos de la primera sala fueron diseñados por Rafael pero ejecutados por alumnos de su taller y de otros pintores como Giulio Romano. Es especialmente deslumbrante la Battaglia di Costantino contro Massenzio - que tuvo lugar en el Ponte Milvio - y también la colorida Donazione di Roma, pero el ruido que presagia la proximidad de otra cohorte de visitantes y las ganas de ver a Platón, Aristóteles y compañía hacen que no nos detengamos demasiado como tampoco lo hacemos en la de estancia de Heliodoro aunque la Liberazione di san Pietro atrae nuestras miradas y reclamaría más atención. Cuando todavía los turistas que nos preceden está escuchando la explicación de la guía, tomamos posiciones en la entrada de la Stanza della Segnatura donde se halla el famoso fresco del maestro. Conforme la comitiva se va moviendo entramos: viéndolo aparecer a nuestra espalda resulta aun más espectacular de lo que uno retenía en su memoria. Cuando por fin se van los últimos miembros y quedamos no más de media docena de personas hasta la aparición de la siguiente procesión, que se albira por la voz de otro guía a pocos metros, tomo un montón de fotos con el móvil buscando apoderarme de esa obra que durante años ha formado parte de mi canon pictórico y que, de adolescente, atribuí a Miguel Ángel hasta que en el BUP mi profesora de Historia me recreó la contraposición, ficticia, entre éste y Rafael y la atribuyó correctamente al de Urbino. Aquella oposición que, en mi primer viaje, cobró la forma de una gran admiración por el primero y un desprecio del segundo fue, con el paso de los años, cediendo gracias, entre otros, a la persistencia en la memoria de la Scuola di Atene - que acabó acercándose a la Capilla Sixtina con el tiempo - y al descubrimiento de otras obras suyas menos conocidas. Ahora, no quedan restos de aquel debate más que en el recuerdo. El resto de la dependencia apenas concita mi atención: ni el Parnaso ni tampoco La Virtú e la Legge merecen más que una rápida mirada mientras vuelvo a devorar todos los detalles posibles de la obra antes de que la sala se empiece a llenar de nuevo, lo cual sucede en menos de un par de minutos. Antes de que me pueda dar cuenta estoy en el extremo que da a la Stanza dell'Incendio y no hay marcha atrás posible. Renegando, una vez más, del turismo de masas, dejamos atrás a Platón, Aristóteles, Diógenes, Sócrates, Euclides, Parménides, Heráclito y compañía y nos adentramos en la última de las dependencias de Rafael aunque en este caso ésta no fuera completamente concluida por él. El Incendio di Borgo destaca pero el conjunto se ve afectado por la fascinación ejercida por el fresco anterior y casi no deja impresión alguna.
Nuestra siguiente parada es la Capilla Sixtina que anteponemos a la inicialmente prevista de la Pinacoteca. Esta vez la relativa suerte que nos permitió gozar de unos instantes con poca gente para ver la obra de Rafael, no se repite. Sin embargo, treinta años atrás, la Capilla estaba siendo restaurada y no la pude ver íntegramente. Esta vez, pese a la multitud y los constantes y ruidosos avisos de megafonía y de los guardias prohibiendo fotos y videos, podemos incluso sentarnos un rato para entregarnos a la contemplación de este prodigio para el que no hay ya, a estas alturas, adjetivos. Más tarde, en el apartamento, nos enzarzaremos en un debate que apuntamos nada más salir de la sala sobre si la restauración que se llevó a cabo estaba justificada: ¿debe intervenirse sobre la cuarta dimensión de una obra pretendiendo reencontrar una pureza originaria que nunca se podrá hallar?
4 de octubre de 2014
"Otro" viaje a Italia (XXII): los museos vaticanos
30 de julio de 2012. Primera parte.
Saliendo del apartamento no hay ningún contenedor donde reciclar las botellas de vidrio. Tampoco es que importe especialmente pero a veces es, también, cómodo separar las botellas del resto de la basura: hay menos posibilidades de pegarles un golpe, romperlas y que se raje la bolsa y te cortes. Cojo el Sangiovese de Rubicano, barato y decente, un curioso merlot veneciano, el buen Syrah siciliano y un gustoso grinolinio del Piamonte que hemos consumido en los últimos días, por la noche sobre todo, los apunto en la libreta de notas dejando un espacio para un posterior comentario cuando volvamos, los meto en una bolsa diferente y luego los tiro al mismo receptáculo donde Marc acaba de dejar el resto de desperdicios con tan mala suerte que caen en una zona donde no hay otras bolsas: el ruido de los cristales rompiéndose parece resonar a lo largo y ancho de la calle revelándome como un impenitente enemigo del reciclaje así que huyo apresuradamente del lugar sin mirar atrás señalándome a mí mismo como culpable del acto. Aun me durará la sensación de vergüenza hasta que pasemos la hermosa fuente de Tritón y tomemos el metro. En el andén, camino de los Museos Vaticanos donde tenemos hora a las diez en punto, la incomodidad desaparece y deja paso rápidamente a otras preocupaciones: la principal, llegar en punto, lo cual logramos por los pelos.
Una larga cola, que da la vuelta a la manzana, nos reconforta en realidad: suerte que obtuvimos via Internet entradas de todos los museos con la suficiente antelación para evitarnos las horas de espera. Con la suficiencia del turista satisfecho de sí mismo, de su previsión y cautela, pasamos por delante de todos ellos con rapidez, presentamos los billetes, cumplimos los requisitos de seguridad y entramos en las instalaciones con tres claros objetivos: la Capilla Sixtina de Miguel Angel, La escuela de Atenas de Rafael y el Laocoonte y sus hijos de Atenodoro y Polidoro de Rodas. Al poco de empezar nuestra ruta nos topamos con el primer inconveniente: el Braccio Nuovo, donde se puede contemplar el famoso Augusto di Prima Porta, está cerrado al público por tareas de restauración. Nos centramos en el museo Pío Clementino donde admiramos, en el Patio Octógono, el Laocoonte debiendo, eso sí, hacernos sitio a disimulados codazos ante los sucesivos grupos de turistas asiáticos que van llegando en avalancha. Es tan incómoda la situación de tener que estar luchando por mantener el lugar desde el cual observar con detalle y deleite la escultura que al final empleamos menos tiempo del que hubiéramos deseado. Algo molesto por el turismo de masas al que no quiero pertenecer, busco el Apolo de Belvedere para descubrir que tampoco lo podremos ver: está, asimismo, siendo restaurado. Dejamos el patio y nos adentramos por las demás salas. Me consuelo con los bustos de Pericles, Platón y Sócrates y la Sala de las Musas y pasamos rápido por las salas degli Indrizzi y de los Papiros en busca de los Apartamentos Borgia, la Capilla Sixtina y la Pinacoteca.
26 de septiembre de 2014
"Otro" viaje a Italia (XXI): de Agrippa a Máximo
29 de julio de 2012.
Temprano, alertados por los 38º que se preveían, según la BBC, para la ciudad, nos dirigimos al Panteón de Agrippa, el monumento dedicado a "todos los dioses" (Pan-teon) que Marco Vipasanio Agrippa, el íntimo amigo de Augusto y general responsable de la victoria sobre Marco Antonio en Accio, mandó construir en su tercer consulado en el 27 a.C. y que, tras ser destruido por el fuego en el 80 d.C., fue reconstruido por Adriano con sustanciales diferencias.
El estado de conservación del templo es sorprendente, teniendo en cuenta su ubicación, y su fachada sobrecoge: realmente, con una pizca de imaginación y esforzándose en abstraerse del bullicio de la plaza en la que se levanta, uno puede remontarse à la Proust a un pasado nunca vivido en su calidad de experiencia sensorial física. Un tiempo perdido que se asienta en libros de texto, novelas y películas en donde se recrea esa Roma Imperial pero que puede renovarse como recobrado y, mejor, aumentado con esa dimensión empírica que estaba ausente del recuerdo original. El interior, aunque plagado de turistas, no hace sino acrecentar la impresión de magnificencia: una cúpula coronada por un óculo de unos nueve metros de diámetro por donde entra la luz perfilándose nítida, corporal incluso y cumpliendo, al tiempo, la misión de iluminar el espacio de la rotonda así como los anillos, casetones, columnas y demás elementos arquitectónicos que ocupan sus márgenes y la sostienen. Sin embargo, lo que más estorba la recreación imaginativa no son los visitantes ni el ruido sino la omnipresencia de la simbología cristiana que se apropió del panteón y lo convirtió en iglesia en la época medieval aprovechando para desmantelarlo parcialmente. De hecho, salimos con la convicción que del edificio deberían desaparecer las huellas de la ocupación cristiana y nos enzarzamos en una discusión acerca de la evaluación de las luces y sombras del cristianismo sin llegar a puerto alguno: no es sencillo determinar si las huellas de las profanaciones deben ser borradas o no.
Desde el Panteón nos encaminamos a la Piazza Navona en la que uno pasó muchos ratos durante su primera visita a Roma en 1980 incluyendo una cena en una terraza donde dejó casi intacto el plato de Pappardelle ai quatro formaggi que el sacerdote que nos guió tuvo a bien pedir para enseñarnos algo más elaborado de cocina italiana que lo que conocíamos (pizza y spaghetti). A mediodía no se parecía en nada a aquella plaza ruidosa y animada de tantas noches romanas. Alguna turista norteamericana, alguna pareja de españoles y poco más bajo un sol inclemente. Lo que debía ser una entrada en uno de los escenarios de la confrontación, que no recuerda uno si fue tal, entre Borromini y Bernini se queda en una rápida contemplación de la Fontana dei Quattro Fiumi del segundo y una todavía más apresurada de la Iglesia de Santa Inés en Agona del primero.
Continuamos nuestro paseo con los primeros síntomas de agotamiento para, siguiendo el curso de un Tevere que nos parece secundario, como periférico, arrabalesco, lejano y sin la dimensión de un Sena o un Po, casi una especie de Manzanares, hasta los restos del mausoleo de Augusto y el espectacular Ara pacis (el Altar de la Paz Augusta) en el cual nos detenemos, por efecto del aire acondicionado, un buen rato para recuperar un aliento que se había ido consumiento durante nuestra caminata. Comemos en una Trattoria. El vino y la cerveza son especialmente caros en los establecimientos italianos por lo que hemos podido constatar pero esta vez el Puglia y las Peroni suben un auténtico "pico".
Por la tarde, es el turno del Circo Máximo y de la Pirámide Cestia de cuya existencia nos acabamos de enterar por la Guía durante la comida y que, casi integrada en la Muralla Aureliana, pasa un tanto deapercibida. Otra cosa son los restos del colosal Circo Máximo con sus más de seiscientos metros de longitud y donde, al parecer, llegaban a congregarse para ver las competiciones de carros hasta 250,000 espectadores, una cifra que, con todo, y pese a las gigantescas dimensiones del estadio nos parece un poco exagerada.
Anochece cuando tomamos la vía de los foros. El Colosseo está magníficamente iluminado, con sobriedad y acierto. También la columna de Trajano. Aunque casi no sentimos las piernas, esa moderadísima iluminación, casi nula en el caso del Foro, le otorga a la zona un aire de pasado muerto pero presente por el que en cualquier momento podrían desfilar las cohortes de Máximo, con Russell Crowe a la cabeza por supuesto, no las de Marco Agrippa, si lograran avanzar por entre el asfalto aun pastoso e hirviente.
21 de septiembre de 2014
"Otro" viaje a Italia (XX): El Foro de la Roma Imperial y Marco Aurelio
28 de julio de 2012. Tercera parte.
Sin nada para alimentarnos, nos aprovisionamos de bebidas gracias a vendedores ambulantes que, furtivamente, venden carísimos botellines de agua (¿habrán tenido ellos también que pagar entrada y esa será la razón de escandaloso precio?) y recorremos a paso lento un Foro que, en mi memoria, era brillante, féraz y solitario. Incluso alguna foto que conservo de aquellos años lo atestigua. Sin embargo, el que vemos hoy está reseco, descolorido y atiborrado de turistas hasta el punto que el movimiento se hace difícil y molesto. El agotamiento hace tanta mella que, en realidad, deberíamos dejarlo para otra ocasión. Sin embargo, la misma fatiga nos nubla el entendimiento - especialmente a mí - y, por ejemplo, me emperro en ascender hasta una glorieta desde donde, recordaba, se gozaba de una extraordinaria vista del recinto. Fatalmente, la susodicha zona está cerrada por obras de restauración y lo único que conseguimos es una caminata correosa y desalentadora para no ver más que verjas, grúas, plantas sedientas y poco más.
A las cuatro y media, después de más de diez minutos recostados, a la sombra, sobre los restos de una columna y aun con partes del recinto sin visitar detenidamente, nos damos por vencidos e iniciamos un lento retorno a casa procurando resguardarnos en lo posible del violentísimo calor que a media tarde es tan intenso que quita la respiración. Como resultado, mientras descansamos en el poco acogedor apartamento, sufro un ataque de pánico agudo: una dosis extraordinaria de clonazepam acaba sofocándolo al anochecer después de un par de horas agónicas. Todos me contemplan con una mezcla de paciencia, comprensión y miedo que soy incapaz de apagar. Por fin, la medicación logra su cometido y nos encaminamos a la Piazza Spagna. Camino como un anciano, exhausto. Nos sentamos en la escalinata para ver cómo cae la noche sobre la eterna Roma y la vista de la ciudad, la mano de Esther y las frases de Clàudia y Marc rematan la faena del ansiolítico: todo vuelve a la normalidad y parece que hoy, tampoco, voy a morir de un infarto lejos en tierra extraña (como si hubiera una propia).
Cenamos casi de madrugada y, después, tomo las Meditaciones de Marco Aurelio para poder irme a dormir también descansado intelectualmente. Leo una hora y constato, definitivamente, que la distancia histórica es insalvable. Marco Aurelio no escribe para todos nosotros y menos aun para algunos europeos del siglo XXI aquejados de ansiedad. Cuando nos conmina a retirarnos a nuestra alma (IV, 3) para hallar allí la calma y la paz de las que el mundo nos priva, uno no puede por menos que sonreír y recordar a Freud. Cuando ese espíritu es, a menudo, la fuente principal de nuestros sufrimientos y agitaciones, ¿cómo encontraremos, sin el concurso de los psicotrópicos, refugio consolador en él? No obstante, en otros pasajes, la distancia se acorta un poco y la proximidad puede llegar a sentirse como tal. Entonces la ilusión de universalidad se hace casi realidad y parece que las barreras de la temporalidad histórica se levantan: "En suma, recuerda que dentro de brevísimo tiempo, tú y ése habréis muerto, y poco después, ni siquiera vuestro nombre perdurará" (IV, 6). O "Dirige tu mirada a la prontitud con que se olvida todo y al abismo del tiempo infinito por ambos lados, a la vaciedad del eco, a la versatilidad e irreflexión de los que dan la impresión de elogiarte, a la angostura del lugar en que se circunscribe la gloria. Porque la tierra entera es un punto y de ella, ¿cuánto ocupa el rinconcillo que habitamos? Y allí, ¿cuántos y qué clase de hombres te elogiarán?" (IV, 3).
Algo más confortado, no por el romano sino por el efecto de los ansiolíticos y el sosiego de la noche con los seres queridos, dejo distancias, solidaridades y universalidades para otro rato y, exiliado de mí mismo, me acuesto.
16 de septiembre de 2014
"Otro" viaje a Italia (XIX): En el Palatino de la Roma Imperial
28 de julio de 2012. Segunda parte.
El paseo hasta el Palatino por el arco de Tito todavía no nos es demasiado dificultoso aunque hemos de comer un poco y descansar unos minutos a la sombra mientras nos avituallamos. Sin una guía, pues se suponía que con los recuerdos de mi primera visita, la estancia de Clàudia unos meses antes y los conocimientos que todos atesoramos debía bastarnos, lo cierto es que nos hemos de detener a menudo para orientarnos y esclarecer qué se conserva y qué no se conserva en el conjunto. Divisamos el impresionante Circus Maximus donde tenían lugar las competiciones à la Ben-Hur del que apenas queda la planta, con la pista cubierta de hierba, y la elevación de lo que debieron ser las gradas. Ahora es un parque público. No obstante, a esta hora, con la poca gente que pasea por él, puede uno imaginarse las dimensiones de las carreras que allí tenían lugar.
Esclarecemos que se conservan las ruinas de los palacios de Augusto, Tiberio y Domiciano. Visitamos los restos de la Domus Augustea y acudo a Yo Claudio para organizar una posible representación del palacio. Se conserva poco, nos perdemos buscando la parte de la casa reservada a la legendaria Livia y nos volvemos a hacer un lío con la Domus Augustana de Domiciano que creemos prolongación del palacio de Augusto. Cuando por fin nos aclaramos un poco empezamos a estar cansados y, pese a los restos de la decoración mural, las flores de los jardines o el hipódromo de Domiciano, no prolongamos más la visita: son más de las dos y media, ni se sabe la temperatura que debe haber y que ningún termómetro del mundo podría calibrar justamente, y volvemos a estar sedientos y hambrientos nuevamente.
Salimos del Palatino para lo que creemos un último esfuerzo: contemplar el bello arco de Constantino. Tras detenernos un rato nos encaminamos al Foro, que nos pilla de camino de retorno, y mirando los billetes nos surge una duda. El ticket es para Colosseo-Palatino-Foro y es válido durante 2 días pero algo en la distribución de los textos y las indicaciones nos induce a alguna vaga sospecha que no formulamos demasiado bien. Acudimos a una de las entradas para aclarar si mañana podemos visitar el Foro a cualquier hora o si ha de ser a la misma hora de entrada que teníamos reservado el Colosseo. Una hosca celadora nos responde que de mañana nada, que el billete no será válido porque hemos salido del recinto y no hemos seguido el orden previsto o algo parecido. Unos tira y afloja confusos no por la dificultad de su italiano sino por nuestra fatiga y su desgana acaban con una súplica que, magnánima, concede para sacarse de encima a estos tontos españoles que no saben leer: nos deja entrar de nuevo en el recinto del Foro para que no tengamos que adquirir una nueva entrada. Son casi las tres y tenemos poco más de dos horas para verlo.
13 de septiembre de 2014
"Otro" viaje a Italia (XVIII): En el Coliseo de la Roma imperial
28 de julio de 2012. Primera parte.
Las notas del día de hoy son escasas. Tres o cuatro palabras garabateadas en la libreta que apenas se pueden desarrollar por la noche, casi de madrugada, mientras espero que el clonazepam haga su efecto. Sólo conforme el sosiego me domina relleno los huecos y extraigo de la memoria lo que, de ninguna manera, había quedado escrito. Un falseamiento más por mor de la estilización.
Un día consagrado a zambullirse en el pasado que se quiere hacer presente vivo a través del monumento o de un presente del que se fuga en busca de un pasado que se revive de acuerdo a los modelos artísticos (televisivos como Yo Claudio, cinematográficos como Gladiator y literarios como Julio César o Los idus de marzo o algunos poemas de Kavafis o filosóficos como Séneca o Ciceron).
A primera hora de la mañana comienza una larguísima y extenuante jornada bajo un calor aplastante. Calculo que en todo el día debo haber bebido más de tres litros de agua lo cual debe ser mi récord: la sensación de agobio, deshidratación y fatiga ha empezado mediada la visita del Colosseo y no ha hecho más que incrementarse conforme iban pasando las horas. Cuando a media tarde hemos llegado al apartamento la fatiga del día, más la acumulada de los días anteriores, me ha provocado un ataque de pánico que ha necesitado de una consulta urgente a mi médico en Barcelona, muchos ejercicios de respiración y dos chutes de ansiolítico.
En el Colosseo hemos empleado mucho más tiempo del que esperábamos. Como teníamos hora muy temprano hemos disfrutado de una relativamente poco masificada visita durante las dos primeras horas. Hemos podido, de esta forma, contemplar en su grandeza la ruina desde casi todas las perspectivas posibles (a pesar de que días después, en Barcelona, me entero de que se podía subir con un billete especial hasta el tercer nivel al cual no llegamos) y, más tarde, adentrarnos en sus entrañas para observar los paneles explicativos y las reconstrucciones que, casi puedo asegurar con certeza, hace treinta años no existían. A mis más de 45 años y con todo el bagaje de lecturas de y sobre la antigüedad greco-latina, a la pregunta de Esther de cómo podían inundar la pista para celebrar batallas navales he respondido, con naturalidad, que lo que se hacía era conmemorarlas sobre seco. Así, tan panchamente. Me ha indicado un cartel donde se describía pormenorizadamente cómo se inundaba el foso y me he quedado tan perplejo como poco después cuando he sabido que, para las jornadas de lluvia, se cubría hasta más de la mitad con un toldo que se extendía desde la parte superior de la última grada mediante un sistema llamado Velarium.
10 de septiembre de 2014
"Otro" viaje a Italia (XVII): Villa Borghese
27 de julio de 2012.
Primer día, en rigor, en Roma. La mañana no tiene el encanto de las mañana florentinas quizás porque el apartamento es muy caluroso, poco cómodo y viejo y porque, aunque estamos en una buena zona de la ciudad, el microuniverso anacrónico de la ciudad de los Médici ha dejado de existir. Capuccinos y lattes con bollería para empezar una jornada en la que, a las nueve de la mañana, el calor se presiente. Mientras caminamos con paso rápido a la Galleria Borghese, tenemos hora de visita a las 11:00, la capital empieza a recoger para sí el sol del mundo: espera poder cocinarlo en sus callejuelas y servirlo en su asfalto. Es inevitable recordar el porqué de tantas, y tan bellas, fuentes en esta ciudad. A pocos metros del apartamento ya me han dado ganas de remojarme el cuello en la Fontana del Tritone de la piazza Barberini, obra de Bernini, a apenas cien metros de nuestro nuevo domicilio pero me ha parecido un mal comienzo sobre todo de cara a mis hijos.
Con apuros llegamos a la hora fijada a la Galleria que, desde buen principio, se nos anuncia como una auténtica fiesta de Bernini aunque los folletos nos hablan de Caravaggio, Bellini, Tiziano y muchos otros.
Y, efectivamente, nos encontramos en la sala de entrada - conocida por el nombre del autor que le dio la forma final, Mariano Rossi - estatuas, bustos y algún autorretrato de Bernini, todo y que no nos impresionan tanto como esperábamos: ¿obras menores?. Seguidamente, L'ultima cena de Bassano, Allegoria della scoperta dell America de Zucchi, Il colosseo de Canaletto, Norandino e Lucina sorpresi dall'orco de Lanfranco y el Cristo flagellato de Tiziano, nos apasionan sobre las demás. Empezamos a disfrutar. En el recorrido por la planta superior nos esperan sorpresas mayores: por ejemplo, el Ritratto d'uomo de Antonello da Messina, que parece perseguirte con su mirada a ratos indulgente, a ratos burlona, a ratos suspicaz, por donde quiera que te muevas, el casi hiperrealismo avant la lettre y el intenso colorido de La Deposizione de Rafael, primorosamente enmarcado por las cinco telas del austríaco Anton von Maron que decoran el techo de la sala en torno al tema de Dido y Eneas, o el intenso y sutil erotismo de la Venere ed Amore con un favo di miele de Cranach.
Descendemos de nuevo a la planta baja para abordar las salas que albergan las obras más importantes de Bernini y nos damos de bruces con la memorable Il ratto de Proserpina, una de esas esculturas ya vistas hace años en alguna diapositiva de la clase de Historia del Arte y cuyo dramatismo y dinamicidad saboreamos con el placer del reconocimiento de lo ya apreciado en su momento, como unos minutos después hacemos con la magistral Apollo e Dafne. Entre ambas, dos obras de Caravaggio destacan entre las demás: La Madonna dei Palafreneri y el espectacular Giovane con canestra di frutta, cuyo magnetismo tal vez provenga del contraste entre la minuciosa representación del bodegón y el impresionismo del rostro del joven.
Tras casi tres horas, abandonamos la Galleria para pasear por Villa Borghese. Explico a Esther y los niños la impresión que me produjo en el verano de 1980: acostumbrado a los diminutos y secos parques y jardines de Barcelona, el parque romano, amplio y frondoso, se convirtió en una especie de paradigma del jardín público hasta que lo desplazó el Bois de Boulogne algunos años más tarde. En esta oportunidad, sin embargo, Villa Borghese parece haber perdido parte de su esplendor: parterres secos y descuidados, plazas sucias y árboles enfermos reemplazan la exhuberancia por la senectud. No resulta un paseo tan hermoso como uno esperaba. Tras fotografiarnos junto al famoso monumento a Goethe de Eberlein, abandonamos los jardines con la sospecha de que no volveremos.
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3 de septiembre de 2014
"Otro" viaje a Italia (XVI): De Firenze a Roma
26 de julio de 2012.
El tren de Alta Velocidad entre Firenze y Roma salía a las 13:00 así que, tras dejar el apartamento y sus pequeñas incomodidades conocidas (la falta de cortinas gruesas para conservar la oscuridad por las mañanas en la buhardilla donde dormían Clàudia y Marc, el escaso menaje de cocina o la falta de ascensor), coger uno de esos minibuses que circulan por el centro histórico de la ciudad y dejar el equipaje en la consigna de la estación, ocupamos el tiempo en una última visita de turístico rigor que, además, cae por los alrededores: Santa Maria Novella la basílica con la célebre fachada obra de Alberti.
De nuevo resuenan los ecos de lo ya aprendido, y la confirmación de su validez, ante las obras y la tumba de Ghirlandaio, la memorable Trinità de Masaccio, que nos retrotrae a los momentos más deliciosos de la asignatura de Historia del Arte del Curso de Orientación Universitaria, el no menos recordado Crocifisso de Brunelleschi fruto (¿o ya no según los historiadores de la actualidad?) de la rivalidad con Donatello y su Crucifixión, la famosa Cruz de Giotto, uno de los precursores del Renacimiento, los frescos de Vasari o la capilla que pintó Filippino Lippi. Después de más de dos horas en Santa Maria Novella, y tras unos helados y un breve paseo por la piazza y las vías cercanas, cogemos el tren no sin antes sufrir un poco por la mezcla de señalización insuficiente para un extranjero, muchedumbre y alboroto: la estación de Florencia hace a la de Puerta de Atocha pulcra y organizada.
Durante el viaje, que transcurre monótono como casi cualquier viaje en Alta Velocidad, acabo los dos ensayos de Gracián y me concentro en la lluvia que cae por vez primera desde nuestra llegada a Italia. La esperanza de unos días de temperaturas más suaves en Roma que en Florencia cobra fuerza en nuestro ánimo: se desvanecerá nada más pisar el andén de la gigantesca Roma Termini.
Con los primeros pasos por la bulliciosa Roma uno añora en seguida la quietud museística del casco antiguo de Florencia. Es más, fruto probablemente del cansancio y del efecto provocado por el pésimo apartamento alquilado, que convierte las incomodidades del florentino en minucias, me exaspero por el gentío, el ruido y el tráfico. Tan sólo al anochecer, sentados en la piazza Spagna, a apenas diez minutos andando de nuestro alojamiento, me reconcilio con la ciudad eterna pese al calor y la fatiga: suena Love theme de Barry White y su Love Unlimited Orchestra e invade la plaza desde un edificio cercano amortiguando motores, bocinas y gritos y regalándonos unos minutos de placidez que se extenderán hasta que volvamos, en plena noche, al piso.
"Lo cierto es que a todo héroe le apadrinaron el valor y la fortuna, ejes ambos de una heroicidad" (Baltasar Gracián, El héroe, Primor X).
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7 de julio de 2014
"Otro" viaje a Italia (XV): mezquindades
25 de julio de 2012.
Último día de derecho, que no de hecho, en Florencia. La mañana la empleamos en visitar, por fin, la catedral, Santa Maria del Fiore, con la mirada puesta en la cúpula: en los frescos de Vasari que ocupan su cara interior y en la espectacular estructura arquitectónica, interna y externa (más de cien metros de envergadura), que concibió y ejecutó Brunelleschi.
Tras media hora de cola entramos en la amplia catedral. Nos dejamos la contemplación detenida de la fachada y los laterales para más tarde. Una guía voluntaria que se ofrece para ilustrarnos sobre la construcción gratuitamente (!) nos informa que se calcula que más de veinticino mil personas pueden ocupar el monumento. De hecho, durante siglos fue la catedral más grande de Europa y aun hoy es una de las cinco más importantes de la "cristiandad europea" según la muchacha que nos explica, con paciencia, los pormenores de la construcción así como el ingenio que hubo de poner en juego Brunelleschi para completar satisfactoriamente su propósito. Cuando nos deja solos, Clàudia decide subir hasta lo alto de la cúpula. Uno, que siempre la había acompañado en estos empeños, esta vez desiste: la edad pasa factura y queda todavía el viaje y la estancia en Roma, así que no se ve ahogándose tramo tras tramo de angostas escaleras. Así que dejamos a la joven impetuosa subir y agotarse y aprovechamos en cambio para pasear por la catedral, visitar las tumbas de Giotto y el omnipresente Brunelleschi y entretenernos con la frecuente intervención de la megafonía de control que cuando considera que el volumen de ruido en el interior del templo sobrepasa ciertos límites prorrumpe en una amenazadora amonestación: "¡Silenzo, silenzo per favore, silence please!".
Por la tarde damos un largo paseo que recoge nuestros lugares preferidos: empezamos a media tarde en la Piazza della Santissima Annunziata y concluimos ya de noche ante el Perseo de Cellini a cuyo lado nos quedamos un buen rato observando, y criticando, personas como tanto le gustaba hacer a Bernhard en los cafés vieneses. Al menos, con el recurso a Bernhard parece que se dignifica ese hábito que casi todos practicamos y que no deja de ser, en el fondo, mezquino y desagradable. ¿Lo practicaba también Goethe? En su relato hay sobrados ejemplos, pese a su prudencia y mesura, pero ¿y fuera de las páginas?.
27 de junio de 2014
"Otro" viaje a Italia (XIV): la religión perdida
24 de julio de 2012.
Nos levantamos temprano para recuperar el ritmo del turista que no hemos logrado tomar todavía y que nos empieza a pasar factura. Acostarse tarde nos permite introducirnos un poco en la vida de la ciudad pero ni lo suficiente como para poder decir que "se vive" en ella nicomo para compensar la fatiga que luego nos invade en las visitas a museos y monumentos. Tratar de pasar por viajero cuando se es turista no sólo requiere una disposición de ánimo y de dinero sino, sobre todo, de tiempo.
Con todo, el hechizo de la fantasía literaturizante del viajero nos lleva de nuevo a la iglesia de Santa Maria Maddalena di Pazzi donde la estilización esteticista se topa de bruces, nuevamente, contra la sobreabundancia real: en el claustro, el escaso público caucásico que escuchaba el cuarteto de cuerda la otra noche ha sido sustituido por una muchedumbre multiétnica al son de música tecno a gran volumen que pululan por el espacio charlando e intercambiando objetos. La visita, que se prometía sosegada, se convierte en un tormento: ¿por el ruido o por la descomposición del cuadro literario etnocéntrico?
La Basilica di San Lorenzo, con la cúpula de Brunelleschi próxima en planteamiento a la Basilica di Santa Croce, la tumba de Donatello, la sacristía nueva y las "dependencias" de Michelangelo, que no pudimos ver por estar cerradas, y las famosas tumbas y tesoros de los Médici que uno, en un gesto infantil de rechazo anacrónico, se negó siquiera a ojear, nos ocupó la mañana. Mas quizás con el tiempo uno probablemente recordará San Lorenzo por un detalle secundario: por vez primera, o eso pareció, tuvo la ocasión de contemplar una obra de arte religioso contemporáneo, el San Giuseppe falegname con Gesú de Pietro Annigoni, una pieza perteneciente a un género que creía extinto o, peor, que daba por hecho se había extinguido con la Ilustración.
Por la tarde, la sensación de haber olvidado que existe un "mundo" en el cual la dimensión religiosa motiva no sólo conductas y acciones rituales sino también artísticas, se agudiza con la llegada a la hermosa abadía de San Miniato al Monte. Primero nos detenemos un rato en el Piazzale Michelangelo desde el cual se goza de una extraordinaria vista de la ciudad que, en algunos momentos, parece arremolinarse a la orilla del Arno. Es temprano pero las escalinatas están atiborradas de turistas así que pronto la emprendemos con los largos tramos de amplios escalones que unen la plaza con la Iglesia y entramos, sin aliento, en ella tras detenernos unos segundos en la contemplación de la fachada de mármol polícromo obra, en parte, de Brunelleschi. Una vez en el interior, nos resulta curiosa su distribución en seguida: el presbiterio y el coro ocupan un nivel superior de la nave central al que se accede por unas escaleras laterales mientras que un tercer nivel, la cripta, se abre también desde ella bajando unos pocos escalones. La iglesia destila quietud y sobriedad. No hay muchos turistas y desde la cripta, nada más entrar, nos llega el sonido de unas voces entonando cantos religiosos. Cuando por fin descendemos, nos hallamos ante una celebración que desconozco. No es una misa. Los monjes, que leo por la noche en la Wikipedia, son cluniacenses, es decir, proceden de los benedictinos, cantan piezas desconocidas pertencientes a un rito que pese a la formación católica de uno, no consigo identificar. Son media docena y ancianos pero llenan con sus voces el espacio transmitiendo una impresión de serenidad y paz que sólo quien conozca la extrema dificultad de consagrar las veinticuatro horas del día a la oración y la meditación puede desnudar para reconocer, tras su fachada, tras la escenificación de esta representación teatral, una trastienda a menudo amarga y triste y, en muchos casos, festoneada de ansiedad, angustia y zozobra.
No nos paramos demasiado a contemplar las tumbas del hermoso cementerio delle Porte Sante, donde al lado de tantos y tantos burgueses y aristócratas cuya estirpe ha sido aniquilada y de los cuales gracias al altísimo, nadie se acuerda, está enterrado el pintor Pietro Anningoni, descubierto hacía apenas unas horas. Quizás alguno entre ellos se merezca que nos detengamos y leamos su nombre al menos pero estoy convencido que la mayoría de ellos no. Es preferible contemplar los cipreses y los cedros de los alrededores.
El atardecer, de nuevo en el Piazzale, tras observar el fulgor del mosaico que ocupa el centro del frontispicio de la basílica, es más sosegado. Los grandes grupos de turistas ya se han retirado y, contemplando el Duomo, el Arno y el Ponte Vecchio, uno puede preguntarse acerca de su escasa atención a ese otro mundo subterráneo en el que la religiosidad que perdió hace años, y que considera agonizante en nuestras sociedades, sigue viva sin haberse transmutado en formas secularizadas como el nacionalismo.
24 de junio de 2014
"Otro" viaje a Italia (XIII): el "David"
23 de julio de 2012.
Con hora reservada a las 12:00 podemos permitirnos un paseo por las inmediaciones de la Galleria della Accademia donde nos espera el David de Miguel Ángel y detenernos de nuevo, tras haberla encontrado ayer, en la piazza de Una habitación con vistas. Como el día anterior, una enorme cola en la angosta calle donde está sita la entrada de la Academia con su correspondiente bullicio. No obstante, justo en la paralela siguiente el ruido da paso a un sorprendente silencio sólo roto por un violín: no pasa ni un solo coche por la también estrecha travesía y apenas algunos algunos transeúntes y el sonido del instrumento inunda la calzada y las aceras. De nuevo el recuerdo de la ideal República parece adueñarse de nuestro ánimo y más cuando después nos sentamos, a la sombra, en la escalinata de la plaza.
Un poco antes de las doce estamos de nuevo en la entrada. Soportamos el gentío y gracias a la adquisición previa de las entradas no pasamos más de diez minutos bajo el sol y entre apretones. Dentro de la Accademia sigue habiendo demasiada gente y en torno al desproporcionado e imponente David casi puede hablarse de una multitud que dificulta una visión calmada de la obra. La posibilidad del diálogo mudo, del mirar y creer ser mirado, del cara a cara con la estatua resulta imposible. Todo lo más se alcanza, durante algunos reflujos de la muchedumbre, a una conversación intermitente, a una interpelación discontinua que, en esos momentos, nos acerca tanto a la posible universalidad de las obras de arte capaces de perdurar gracias al contexto canonizador como a la comunidad que une parcialmente a autor y receptor por encima de la tiranía de la distancia histórica.
El resto de la galería ofrece algunas esculturas y pinturas que a nuestros ojos, que comienzan a estar un poco fatigados de tanto arte, no parecen demasiado interesantes y en las cuales apenas nos detenemos. Con todo, destacan la Maria Maddalena y el San Giovanni Battista de Filippino Lippi por su intempestivo patetismo; la nota de humor, o así lo interpretamos, de la Resurrezione de Del Garbo en el que una losa cae sobre un soldado; y el inesperado A portrait of the artist as a Weeping Narcissus de Olaf Nicolai cuyo contraste en una sala atiborrada de bustos y estatuas clásicas facilita una desautomatización que, por ejemplo, el David de Feldmann no parece lograr debido al entorno en el que está situado.
17 de junio de 2014
"Otro" viaje a Italia (XII): la ilusión de lo universal
22 de julio de 2012. Segunda parte.
Dedicamos la tarde a nuevos paseos por la zona de los Uffizi y la compra de la Guía. Finalmente, optamos por una barata y poco erudita con la cual esperamos orientarnos y dirigir nuestras excursiones a la búsqueda de esa belleza tan elusiva que ni siquiera se deja subsumir en el concepto de "obra de arte". Más provechoso resulta hallar una barata edición de segunda mano de la poesía completa de Salvatore Quasimodo.
Al anochecer, sorprendidos por la mortecina iluminación exterior del gran museo florentino, desembocamos en la Piazza dei Signori y nos encontramos en medio de un concierto que está siendo presentado: una filarmónica local interpreta piezas de un compositor holandés para nosotros absolutamente desconocido. Al amparo de la bellísima estatua del Perseo de Cellini, sentados en la bancada de piedra a sus pies, durante más de una hora disfrutamos de un auténtico retorno a ese mundo de la República de las Artes anticipado por la mañana aunque ni las composiciones del holandés ni su ejecución resulten, en realidad, tan excelentes como nos empeñamos en considerarlas. Es difícil para uno no sucumbir a la ilusión de la universalidad, de la comunidad humana, a esa creencia imprudente en que existen valores comunes a todo el género humano algunos de los cuales, los estéticos, se dejan aprecian tan fácilmente en la música y se expanden en un contexto arquitectónico y estatuario como el que nos rodea. ¿Quién mirando a Perseo con la cabeza de Medusa mientras la sección de cuerda recorre una melodía agradable no pensaría que entre Perseo, Cellini y nosotros no hay algo que supera la distancia histórica?
Durante el intermedio dejamos la piazza para volver tranquilamente al apartamento. Todavía hay que comprar alguna cosa para la cena. Ya es de noche pero hay algunos establecimientos todavía abiertos. Compramos algo de pan y tomates para acompañar la ensalada prevista y, al enfilar los últimos tramos de la calle, volvimos a escuchar más música esta sí reconocible como perteneciente o a Haydn o a Mozart: procedía del claustro de la Iglesia de Santa Maria Maddalena di Pazzi, que hasta aquel entonces nos había pasado completamente desapercibida pese a estar a cuatro pasos de casa. Entramos. Un cuarteto de cuerda desgranaba en plena noche aquellas notas que nos resultaban conocidas aunque no acabáramos de precisar con exactitud su autoría. Poco público, apenas media docena de asistentes pero la impresión de la mezcla entre la música, la noche y la quietud del escenario, nos volvió a hacer sentir como miembros de pleno derecho, y habitantes, de una real República de las Artes que cobraba existencia real en el casco antiguo de Firenze.
Casi a medianoche, en el piso, al abrir las ventanas para refrescar las estancias, el ruido de las motos y los coches de la cercana avenida nos recordó en qué otra república vivimos.
29 de mayo de 2014
"Otro" viaje a Italia (XI): la plaza buscada
22 de julio de 2012. Primera parte.
Día que uno podría decir, al modo literario, reservado a "lo que acontezca", a la caza de lugares bellos, interesantes o curiosos y, si nos ponemos pretenciosos, a empaparnos de Firenze o, peor, a penetrar en su vida interior como si no fuéramos turistas sino viajeros. En realidad, el propósito inicial de uno era encontrar la piazza de la película A room with a view en la que tiene lugar la sangrienta pelea que provoca el desmayo de la protagonista y que uno había buscado infructuosamente por las cercanías del Duomo los días anteriores. Al no proveernos de una Guía, algo que incluso Goethe había hecho en su momento y que todo turista y/o viajero acostumbra a hacer alguna que otra vez, nuestras búsquedas habían sido en vano.
Pasamos primero por la Galleria della Accademia donde tenemos cita al día siguiente con el David de Miguel Ángel. En la estrecha calle donde está situada la entrada de la Academia una larga cola de turistas espera y da la vuelta a la manzana. Tras cerciorarnos de que, efectivamente, la posesión del tiquet adquirido online permitirá evitar la larga y calurosa espera y sustituirla por otra más breve aunque igualmente apretada y agobiante mañana, caminamos por los alrededores y, antes de comprar la Guía como habíamos decidido al salir del apartamento, descubrimos casualmente la piazza buscada: uno de esos extraños golpes de suerte que no nos suelen acompañar cuando estás en el extranjero.
La Piazza della Santissima Annunziata es una plaza hermosa que no está demasiado frecuentada esta mañana. Nos sentamos en las escaleras de uno de los lados y obervamos la fachada del orfanato u hospicio que ocupa totalmente el otro y tratamos de reconstruir como podemos la escena de la película: nuestras memorias no guardan una imagen que se corresponda exactamente con lo que estamos viendo. La basílica que da nombre a la plaza está cerrada pero aunque no lo estuviera probablemente no la visitaríamos. Embelesados, con un helado para combatir el calor y la recreación de la atmósfera de la Florencia recreada cinematográficamente en nuestra mente por James Ivory, tenemos suficiente.
18 de mayo de 2014
"Otro" viaje a Italia (X): la ilusión de la comunidad
21 de julio de 2012.
Como si la aguda percepción de la "distancia histórica" que presidió las impresiones de la jornada anterior resultara en exceso incómoda, la visita al Palazzo Pitti y a su museo, la Galleria Palatina, me parece dominada, en su inicio, por la búsqueda de aquellos elementos estéticos susceptibles de salvarla y aproximarnos a aquellos atributos que parezcan susceptibles de ser tomados como "universales".
Sin embargo, la "comunidad estética" pronto se muestra en su aspecto más ilusorio: escaleras majestuosas, techos de lujoso artesonado y mobiliario suntuoso desvanecen con rapidez la idea de una universalidad latente en la experiencia de la belleza que uniría a todos los seres humanos. Más bien se abre camino con crudeza la aprehensión de la estrecha relación entre arte y lucha de clases o, si se prefiere, entre arte y dominación. La magnificencia del Palazzo conduce pronto hacia su correlato: la miseria en la que vivían la mayor parte de los habitantes de la ciudad de Florencia en el siglo XIX, por ejemplo, que es cuando el techo más impresionante, el del atrio dello scalone del moro, fue reproyectado y concluido.
En la galería de las estatuas, las de Caracalla, Marco Aurelio o Antonino Pio nos dan una oportunidad para abstraernos y tratar de tender esos puentes que se supone enlazan la República de las Artes y las Letras con las repúblicas mundanas y poco a poco sucumbe vuelve uno a ceder al espejismo de su existencia y se aleja de la perversa contingencia de la opresión, el crimen y la explotación.
En pintura, nuevos descubrimientos. El Concerto de Tiziano; dos curiosos y poco conocidos paisajes de Rubens (El regreso de los campesinos del campo y Ulises en la isla de los feocios); la intensa cromaticidad del San Pietro in lacrime de Reni aunque su San Giuseppe resulte difícil de apreciar por una deficiente iluminación; Las tres edades del hombre de Giorgione; la elegancia y el magnetismo del Ritratto di Agnolo Doni de Rafael así como de su Madonna della seggiola; la luz de la Firma del tratado de Bruzzolo del decimonónico Bellucci y, por supuesto, los retratos de Sustermans (de quien desconocía todo). También resultó interesante ver la muestra de pintura italiana de los siglos XIX y XX: Fattori, Focardi, Achille d'Orsi, Panerai o Nomellini.
Un rápido tentempié tras ver centenares de cuadros y, en el cénit del día, con un calor asfixiante, un paseo por los famosos, y resecos, jardines Boboli que a Goethe le parecieron, en su tiempo, "deliciosos". En el ascenso, fragmentos de vista de la ciudad con la cúpula del Duomo recortándose, majestuosa, contra el horizonte y una bella avenida de cipreses que, en primavera, debe ser gozosa pero que a más de treinta y cinco grados a la sombra hay que recorrer con la justa celeridad para no sufrir una lipotimia. La temperatura y la fatiga nos impiden disfrutar de los jardines como hubiéramos deseado.
Exhaustos, a la vuelta dedicamos el atardecer a comprar vinos en una especie de Vinateca próxima: un Chianti, y un Puglia, suceden a los Nero d'Avola y Barbera d'Asti de los primeros días. Todos ellos, especialmente el Puglia, resultarán fantásticos aunque más caros que sus homólogos españoles. De camino a casa, en un quiosco, una portada de la edición internacional de El País alerta de que la prima de riesgo está en 580 puntos y de que decenas de manifestaciones salpican España. Preocupados y convencidos de que España será intervenida y de que las posibilidades de una revuelta social "a la griega" son enormes, recurrimos a la música clásica y al comentario de los cuadros vistos durante el día para huir del negro panorama que se dibuja: las típicas "serpientes de verano" periodísticas no pueden disimular el hecho de que la situación económica y social tiene ribetes catastróficos y nos sentimos sin fuerzas para abordarlo en toda su crudeza.
15 de mayo de 2014
"Otro" viaje a Italia (IX): Distancia histórica
20 de julio de 2012.
Por la mañana paseo y visita dirigida exclusivamente al Ponte Vecchio y los alrededores del Arno en ambas orillas sin bajar a las improvisadas "playas" casi todas propiedad de clubes privados. Pese a que bajamos relativamente temprano el puente rebosa de turistas hasta el punto de que cabe dudar de si podrá aguantar tanto peso en continuo tránsito y tantas joyerías atiborradas de oro labrado.
Buscando un restaurante nos encontramos con uno chino a escasos cien metros del Duomo que nos produce una impresión ambigua: los efectos estéticos de la globalización no son, en general, demasiado agradables.
A primer ahora de la tarde la hermosa Basilica de la Santa Croce con su arquitectura gótica y su blanca fachada que produce una ilusión de serenidad cuando el sol comienza a retirarse vista desde la Piazza ante la que se alza. Anota uno que la iglesia franciscana fue designada como "Basílica" por Pio XI y Mussolini y que así consta en el templo todavía. La visita se prolonga porque además de las obras de arte, atesora una gran cantidad de tumbas de personajes célebres en la historia de la península itálica hasta el punto que también se la conoce como "Panteón de los artistas". Entre los enterrados que encuentra uno, Michelangelo, Galileo y Macchiavelli (que resulta curioso considerar como "artista"). Entre los objetos artísticos destacados, uno que nos retrotrae hasta nuestra adolescencia: la Crucifixión de Cimabue, pintado a finales del s. XIII y que, recordamos, estudiamos en Historia del Arte del Curso de Orientación Universitaria como una de las primeras obras renacentistas del considerado maestro de Giotto, aunque ahora, ante nuestros ojos, los restos conservados parecen más espléndidamente deudores del arte bizantino que precursores del renacimiento; y otro prodigioso: la capilla Pazzi de Brunelleschi que produce una impresión de armonía, de sobriedad a la que quizás no sea ajeno el hecho de que, al parecer, utilizó la proporción áurea en el diseño de la planta y la fachada.
Entre ambas, nos impresionaron otra Crucifixión, esta vez de Donatello y los altares de Vasari. En cambio, la enorme estatua de Dante (inaugurada en 1865) que preside el lateral izquierdo de la fachada nos dejó más bien fríos.
Por la noche, en el apartamento, la lectura de Gracián ahonda la sensación de "distancia histórica" que Cimabue había erigido. No sólo por los ideologemas utilizados o por el castellano antiguo sino, especialmente, por los elementos formales del repertorio de los que se sirve (profusión de ejemplos, escasez de descripciones...) que dificultan la asimilación de la obra a las tipologías de género que acostumbramos a usar. Por unas horas uno tiene la impresión de estar a la vez más allá y más acá de su propio tiempo...
8 de mayo de 2014
"Otro" viaje a Italia (VIII): Gracián y el consumo artístico
19 de julio de 2012
Tras dos días frenéticos nos tomamos uno de descanso para recuperar fuerzas. Por la mañana nos levantamos tarde, buscamos una panadería y nos conformamos con un bar en el que adquirimos bollería. Los supermercados quedan más allá de esta zona del casco antiguo, al otro lado del Viale de cirunvalación (que a esta altura, la del Piazzale Donatello donde hay un cementerio inglés, lleva el nombre de Antonio Gramsci). A mediodía, nos adentramos en esa Firenze nuova para comprobar que podría pasar, perfectamente, por cualquier ciudad de cualquier país europeo: no vemos demasiado que nos parezca específico y singular.
Por la tarde, paseos por algunos parques próximos, en general un poco secos y descuidados. En el apartamento, al caer la noche, en lugar de poner algún canal utilizamos la televisión para sintonizar una emisora de música clásica de la RAI y cada uno se entrega a lo suyo. Uno aprovecha el rato de descanso previo a la preparación de la cena para seguir tomando estas notas y luego empezar uno de los libros del viaje: un volumen con El héroe y El político de Gracián que acompaña a la edición de Gredos de las Meditaciones de Marco Aurelio (Goethe, como siempre, detrás: "me embarga el fortísimo deseo de leer a Tácito en Roma", p132).
Durante la cena un encendido debate acerca de la validez de la concepción aristocrática del goce estético como goce individual y solitario, como inmediatez del "cara a cara" con la obra de arte aparentemente perdido en estos tiempos de acceso democrático al arte.
¿Sigue siendo pertinente la oposición entre disfrute o goce y consumo? ¿El consumo excluye el goce? Estrictamente, ¿qué entendemos por "consumo" artístico? Si partimos de que el "consumo artístico" se caracteriza por el apresuramiento en la contemplación, el desconocimiento de las mediaciones que intervienen en la obra de arte, la elección estereotipada y el juicio naïf , sí parece haber una cierta oposición entre acceso masivo al arte y goce estético.
Ahora bien, entre estos dos polos ¿no hay gradaciones, mixturas, fronteras lábiles? Por ejemplo, ¿no ha habido siempre una actitud "consumista" implícita hasta en el clasicismo? ¿No ha habido apresuramiento en la contemplación clásica? Pensemos en Goethe en Firenze: "Recorrí a toda prisa la ciudad, la catedral, el baptisterio. Aquí se me revela otra vez un mundo totalmente nuevo, que me es desconocido y en el que no quiero detenerme. Los jardines Boboli son deliciosos, salí de ellos tan deprisa como entré" (p123). ¿Y ha estado ausente el juicio ingenuo, el estereotipo o la ignorancia de las mediaciones? El zappeo como actitud en el museo, el salto discontinuo de obra a obra ¿no ha funcionado siempre no sólo en el espectador sino como característica constitutiva de la misma exposición de las obras de arte? ¿Y qué decir de la adquisición de copias o reproducciones o el fotografiarse ante el monumento o la obra? También Goethe encargaba reproducciones y se dejaba retratar en lugares y paisajes...
Y por otro lado, ¿puede descartarse absolutamente la presencia del placer en los observadores participantes en el turismo artístico?
No hubo más conclusiones que una evidente ya apuntada en Pisa: en la época del culto aristocrático del arte nosotros cuatro jamás hubiéramos podido disfrutar de él. Habríamos sido peones, campesinos o artesanos sin, por ejemplo, posibilidad de contacto alguno con aquellas pinturas de Botticelli que colgaban de algunos salones de la nobleza florentina.
Y sin embargo, ese ideal aristocrático continua ahí, como aspiración, como modelo...
22 de abril de 2014
"Otro" viaje a Italia (VII): buscando a Caravaggio
18 de julio de 2012. Segunda parte.
Tras las grandes e importantes salas dedicadas a Lippi, Botticelli y Leonardo, en la sala 17, una sala pequeña, hallamos un cuadro llamativo por la fuerza y el colorido del paisaje que ocupa la zona superior de la pintura respecto al anodino centro temático como si fueran dos obras diferentes enlazadas por algún oscuro motivo: la Allegoria sacra de Bellini, pero que en las notas tomadas apresuradamente, figura como atribuida a "Bernini".
De hecho, a partir de ese momento los errores y las elipsis se suceden en las anotaciones: la indubitada atribución de un L'uomo malalto (sic) a Tiziano que, en la visita virtual, aparece como Ritratto virile y en el catálogo como Ritratto d'uomo (l'uomo malato') y cuya adjudicación aun no definitiva al autor es muy reciente después de haber circulado por las "manos" de Leonardo, di Piombo o Lotto; una Venus que no queda claro si es la de Urbino o la Venere della pernice y de la que no hay autor consignado en las notas aunque por la Red es fácil comprobar que se trata también de una obra del mismo Tiziano; la irrupción de comentarios sobre el cansancio de Marc que se atenua con la llegada de las salas dedicadas a la escultura pobladas de numerosos bustos de emperadores romanos que atraen su atención; la falta de observaciones sobre la sala previa de las miniaturas ni la inmediatamente anterior, la Tribuna, de la que, sin embargo, en un margen aparece mencionada la Madonna col Bambino del Parmigianino (por la intensidad de la mirada materna); o, finalmente, un Ritratto di un proveditore alla fortezza della Suda atribuido a Tintoretto del que no hay ni rastro ni en la Wikipedia ni en la web del museo.
En cualquier caso, tras las esculturas comienza la ruta por las salas de la otra ala y la búsqueda de la de Caravaggio que nos interesaba especialmente. A un ritmo bastante más vivo, nos seducen, con mayor o menor intensidad, los azules de la Salita al Calvario de Battista Franco; el bermellón dominante del Pilato mostra Gesú al Popolo de Beuckelaer donde, además, el eje temático está tan desplazado respecto al cromático que parece una mera excusa; los sorprendentes (por desconocidos) Laguna con casa e campanile y Capriccio lagunare con tomba de Bellotto - también llamado "Canaletto el joven" - cuyo tratamiento de la luz del atardecer parece casi plenamente romántico sin serlo; y, por supuesto, uno de los pintores preferidos del que escribe, Canaletto, con su extraordinaria Veduta di Palazzo Ducale a Venezia.
Tras tres horas y media, tomamos unos sandwiches en el caro restaurante de la Galleria y decidimos escoger cuidadosamente lo que hay que ver: quedan muchas salas todavía y el cansancio y la cercanía de la hora de cierre recomiendan seleccionar. Optamos por centrarnos en Caravaggio y sus epígonos y comienza entonces una peregrinación acelerada y desorientada que, tras una pormenorizada explicación de un celador plano en mano, llega a un feliz desenlace con el tiempo justo. La sala nos deja más bien fríos e incluso el famoso Baco nos resulta (quizás por la mezcla de iluminación problemática y fatiga) falto de fuerza y brillantez.
Satisfechos pese a la decepción, nos vamos con una nota de humor, el Ritratto del Nano Morgante de Bronzino. Están cerrando el museo y salimos. Afuera, otro museo alternativo bulle en los alrededores: pintores aficionados y alguno más profesionalizado, junto con algunos músicos, han tomado el Piazzale y, por unos momentos, parece que estemos en una auténtica ciudad de la República de las Artes del pasado donde el goce estético ha suplantado al trabajo, la alienación y el consumismo. Es tan sólo un espejismo pero funciona.
De vuelta al apartamento invertimos más de una hora y media en lugar de los treinta o cuarenta minutos normales. Nos detenemos en el Duomo para contemplarlo a la luz del atardecer y caminamos calmadamente por las silenciosas y acogedoras calles del casco antiguo con algún que otro instrumento (un piano y al menos un violoncelo en otro momento) sonando tras las ventanas abiertas: músicos practicando a horas intempestivas.
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Tiziano
9 de abril de 2014
"Otro" viaje a Italia (VI): Gli Uffizi
18 de julio de 2012. Primera parte.
Teníamos hora a las 12:30 para visitar Gli Uffizi, así que nos dedicamos a hacer nuestro primer paseo por el Arno tranquilamente después de desayunar. De camino, uno estuvo tentado de dejarse llevar por la retórica de los tipos y los topoi porque en rápida sucesión pareció que las estampas habituales de la literatura de viajes y el cine turístico estaban dispuestas en su lugar para acaparar nuestra atención: la anciana gritando a la vecina en un tramo especialmente angosto de la via Borgo Pinti, un miniautobús galopando literalmente por las estrechas callejuelas que conducen al Duomo, multitud de ruidosas motorinos arriba y abajo...
Afortunadamente, la serie se interrumpió bruscamente cuando embocamos la via Giuseppe Verdi hacia la basílica de la Santa Croce y, pese a la abundancia de turistas y caminantes, se borró por completo a la vista del verde y humilde Arno. Tras una primera mirada al Ponte Vecchio para cerciorarse de que todo era como debía ser, entramos en la hermosa Piazzale degli Uffizi, en obras y atestada de pacientes, e impacientes, visitantes que guardaban impresionantes colas. Haber adquirido las entradas con mucha antelación por la Red nos evitó incorporarnos a ellas e incluso pudimos ver, sin tanta atención como hubiéramos querido, las esculturas de Miguel Angel, Leonardo, Galileo o Petrarca entre otros, dispuestas en torno a la plaza que se abre entre las dos alas del Museo.
A la hora establecida, con puntualidad latina, cruzamos las puertas. Entre los primeros cuadros que nos llamaron la atención, dos de Filippino Lippi, un quattrocentista alumno y luego colaborador de Botticelli, Incoronazione della Vergine y Adorazione dei magi, ambas de un intenso cromatismo. Y, en seguida en nuestro recorrido, La primavera de Botticelli, tan rico y espectacular como esperábamos y con detalles que se aprecian mejor en la "aparente" visión directa que en la reproducción. ¿Un ejemplo? La fuerza de la contraposición entre la melancolía de la Venus y la carnalidad del zefiro. Sin embargo, por contra, la Nascita di Venere no respondió al recuerdo que de él tenía: en la ilusión de "contacto inmediato" (ilusión que prescinde de iluminación, hora del día, público, cansancio y percepción del observador, etc.) la Venus pareció pálida, nada voluptuosa y más pobre en colorido de como figuraba en mi memoria. Un rato después, íbamos a pasar por delante de l'Annunziazione de Leonardo sin detenernos mucho, entre otras cosas por la cantidad de espectadores que lo contemplaban, cuando escuchamos a una guía explicar la complejidad compositiva del cuadro. La obra de Leonardo emplea tres puntos de vista para la representación: frontal, superior y lateral derecho, sin resultar por ello disonante ni confuso. Asombrados, esperamos y constatamos la exactitud de lo afirmado y el cuadro se nos apareció como una auténtica joya cuando habíamos estado a punto de ignorarlo: una nueva demostración de que el goce de la obra de arte no es fácilmente separable del conocimiento, algo que en estos años de abono a la ópera barcelonesa uno ha tenido ocasión de constatar repetidamente.
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