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11 de septiembre de 2016

Escribe Schlögel

"No existe ningún poder de lo utópico en sí, sino sólo una constelación en la que lo utópico se vuelve todopoderoso, incluso inevitable, necesario. Y sobre todo: no existe poder sin los artistas, sin su talento, su imaginación y su resolución de hacer realidad sus ideas" (Terror y utopía. Moscú en 1937. trad. de José Aníbal Campos, p841).

1 de marzo de 2016

Escribe Isaiah Berlin


"Permítanme explicarme. Si uno está verdaderamente convencido de que existe una solución para todos los problemas humanos, de que uno es capaz de concebir una sociedad ideal a la cual el hombre puede acceder si tan solo hace lo necesario para alcanzarla, entonces mis seguidores y yo debemos de creer que ningún precio es demasiado alto para abrir las puertas de semejante paraíso. Una vez que se expongan las verdades esenciales, solo los estúpidos y los malevolentes ofrecerán resistencia. Quienes se oponen deben ser persuadidos; si no es posible, es necesario aprobar leyes para contenerlos. Si eso tampoco funciona, se ejerce la coacción, tendrá que emplearse la violencia de forma inevitable. De ser necesario, el terror, la carnicería. Lenin creía esto después de leer El capital. Una y otra vez profesó que si era posible crear una sociedad justa, pacífica, feliz, libre y virtuosa a través de los métodos que él defendía, el fin justificaba los medios a emplearse; literalmente, cualquier medio.
La convicción fundamental que subyace a esto es que las preguntas centrales de la vida humana, individual o social, tienen una respuesta verdadera que puede descubrirse; que esta puede y debe implementarse y que quienes la han encontrado son líderes cuya palabra es ley. La idea de que a todas las preguntas genuinas corresponde solo una respuesta verdadera es una noción filosófica muy antigua. Sin importar cuánto pudieran diferir acerca de cuál era la respuesta o de cómo descubrirla (sangrientas guerras se libraron por ello), los grandes filósofos atenienses, judíos y cristianos, los pensadores del Renacimiento y de la Francia de Luis XVI, los radicales franceses reformistas del siglo XVIII, los revolucionarios del xix estaban convencidos de que la conocían y de que los únicos obstáculos para llevarla a cabo eran el vicio y la estupidez humanos.
Esta es la idea que mencioné. Quiero decirles que es falsa. No solo porque las soluciones que ofrecen las distintas escuelas de pensamiento social difieren, y ninguna de ellas puede demostrarse a través de métodos racionales, sino por una razón más profunda. Los valores fundamentales por los que se ha regido la mayoría de los hombres –en muchas tierras magníficas y en muchos tiempos magníficos–, casi aunque no del todo universales, no son siempre armónicos entre sí. Algunos lo son, otros no. El hombre siempre ha añorado libertad, seguridad, igualdad, felicidad, justicia, conocimiento, etcétera. Pero la libertad absoluta no es compatible con la igualdad absoluta: si el hombre fuera libre en su totalidad, los lobos estarían en libertad de comerse a las ovejas. La igualdad perfecta significa que las libertades humanas deben ser restringidas para que a los más diestros y a los más dotados no se les permita avanzar más allá de quienes inevitablemente perderían si hubiese competencia. La seguridad, y en efecto las libertades, no pueden preservarse si se permite trastocarlas. En realidad, no todos los seres humanos buscan paz o seguridad. De no ser así no existirían quienes buscan gloria en la batalla o peligro en el deporte" ("Mensaje al siglo XXI", en Letras libres).

16 de febrero de 2016

Más elementos para la crítica de la mitología de la "Edad de Oro"


Que hay elementos sobrados para pensar que estamos ante una crítica generalizada del paradigma antropológico romántico y su mitología de las pacíficas sociedades primitivas o los bucólicos mundos naturales cooperativos, lo avalaría la frecuencia con la cual están llegando a los medios de comunicación de masas hechos que lo ponen en tela de juicio. Un ejemplo reciente: la constatación del uso "natural" de la violencia entre los chimpancés.

¿Cuáles serán las consecuencias políticas de este cambio de paradigma?

27 de enero de 2016

Deshaciéndose del mito de las pacíficas sociedades primitivas


Aunque no puede excluirse que, simplemente, estemos ante una nueva relectura y reescritura de los hechos históricos y prehistóricos propia de un pujante paradigma antropológico y, por extensión, biológico y sociológico, que se propone reemplazar el ambientalismo por una suerte de innatismo o genetismo más o menos radical, lo cierto es que su argumentación contribuye a la necesaria demolición del mito de las pacíficas estructuras sociales de los pueblos que siguieron una evolución diferente a las de los que desembocaron en Occidente:

"En verano de 2012, un equipo de paleoantropólogos se encontró en Kenia un escenario que dejaría helado a cualquier forense. Estaban cerca del lago Turkana, una zona clave para entender el origen del género humano, pues allí se hallaron los restos del Homo ergaster, nuestro ancestro. Lo que destapó el equipo científico era mucho más reciente, de hace unos 10.000 años. En esa época los Homo sapiens de la zona vivían en sociedades nómadas dedicadas a la caza y la recolección, un pasado anterior a la aparición de las primeras sociedades sedentarias. Algunos expertos han idealizado aquella época y a sus protagonistas, que serían buenos salvajes entre los que no existían jefes, jerarquías, violencia. Pero el hallazgo, cuyos detalles se publican hoy en Nature, hacen que el mito se tambalee"

El artículo completo aquí.

12 de diciembre de 2015

Utopistas tecnológicos...


La tradición del utopismo tecnológico se remonta, como mínimo, a Francis Bacon y su Nueva Atlántida pero en las últimas décadas ha cobrado nuevo aliento de la mano de la "constelación de Silicon Valley" y vuelve a gozar de una buena salud envidiable. Antesdeayer, Sergio Parra publicó en El País - Jot Down un artículo titulado "El STEM está cambiando el mundo mucho más de lo que crees" que la ilustra. En el texto, el señor Parra realiza una entusiasta y poco matizada apología de la actual revolución tecnológica siguiendo el clásico modelo utopista de lectura de un presente estilizado que se prolonga hacia un futuro ya plenamente idealizado y afirma, por ejemplo:

"La idea de que ahora va a pasar algo absolutamente extraordinario suena a cháchara de visionario, y se ha oído tantas veces que ejerce el mismo efecto que avisar de que llega el lobo cuando nunca llega. ¿Cuánto tiempo hace que se habla de edificios domóticos y todavía vivimos en casas como las de nuestra infancia? Y ya no digamos las promesas del cine: ¿dónde están los robots?, ¿los coches voladores?, ¿las colonias marcianas?
Pero el ahora de ahora es diferente a cualquier otro ahora. Para demostrarlo hemos de invocar la ley de Moore y el llamado crecimiento exponencial. En pocas palabras, la ley de Moore postula que cada veinticuatro meses se multiplica exponencialmente la potencia informática. Este crecimiento exponencial se ha estado produciendo desde 1965 y, a grandes rasgos, nunca ha fallado. Cuando Gary Kasparov dijo que era imposible que un ordenador ganara al ajedrez a un maestro ajedrecista, tuvo razón porque en Deep Blue fue derrotado en 1996. Un año después, la computadora venció a Kasparov por mor de la ley de Moore, y ahora nadie es capaz de ganar al ajedrez a un ordenador.
Lo realmente inquietante es que actualmente ese crecimiento de poder de computación continúa produciéndose. Que en nuestros bolsillos, gracias a nuestro smartphone, hay más potencia informática de la que se requirió para llevar al ser humano a la Luna. Y que ahora, justo ahora, los saltos exponenciales serán mucho más apoteósicos que antes. Tan apoteósicos que ni siquiera somos capaces de imaginarlo (...)

Es el mejor momento de la historia, y no solo porque la inflexión de la curva va a cristalizar como nunca aquellas palabras de Arthur C. Clarke: «Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». Es el mejor momento de la historia en general. Es una afirmación chocante si nuestra única fuente de información son los periódicos, que evidencian un claro sesgo hacia los desastres en vez de los logros. Como afirmó el escritor de ciencia ficción David Brin: «Aunque probablemente un 70% o un 80% de las cosas que están pasando son buenas, si prestamos atención a las noticias, a los medios de comunicación o a las películas, podríamos pensar en lo contrario».
No es que exista una conspiración en contra del optimismo o la tecnología. Los motivos son otros. Los periódicos, por ejemplo, venden más ejemplares si anuncian tragedias o riesgos. El share de la televisión se dispara si se dedica una hora a una víctima concreta antes que a miles (víctimas o no), debido al sesgo de la víctima identificable, un error de nuestro cerebro al procesar información. También solemos recordar mejor las cosas buenas del pasado, en vez de las malas, debido a otro sesgo cognitivo que incluso los romanos ya describieron con su memoria praeteritorum bonorum y que actualmente se traduce como «cualquier tiempo pasado fue mejor». El síndrome de Frankenstein es el resultado de que las películas siempre presenten futuros distópicos o que los científicos sean nerds, en el mejor de los casos, o mad doctors, en el peor. Cualquier tecnología siempre lleva aparejado el pago de un tributo moral, social o económico, porque en el cine no existe la tecnología buena. Solo en un minoritario, casi marginal, subgénero de la ciencia ficción, la llamada hard, la ciencia y la tecnología se presentan como algo bueno o una herramienta útil para solucionar problemas. Ese género, obviamente, suele estar escrito por científicos para científicos. El resto de la población mundial solo recibe un único tipo de mensaje reforzado continuamente por la forma de procesar información que tiene su cerebro.
Pero si nos desembarazados de estos sesgos, en términos globales, asumiendo que hay ámbitos en los que las cosas distan de ser perfectas, es el mejor momento de la historia. No solo a nivel tecnológico, sino (también) el mejor momento de la historia gracias a la tecnología."

Afortunadamente, un lector le responde con el sano escepticismo que resulta del buen uso de un moderado relativismo sin caer en el tono apocalíptico:

"Aunque estoy de acuerdo con el tono general del artículo hay que mencionar tres peligros que amenazan estas optimistas profecías.
El primero ya lo ha mencionado María más arriba: si se traza una curva del crecimiento científico humano se ve que, en efecto, seguimos una curva exponencial. Pero resulta curioso que la tendencia se inicia con la revolución industrial y el uso a gran escala del carbón y el petróleo. Lo cierto es que todo nuestro progreso científico y tecnológico se basa en un incremento brutal del consumo energético, consumo que ha sido posible gracias a unas fuentes de energía abundantes y baratas. Ahora tenemos que hacer la transición hacia energías renovables, y no está tan claro que podamos seguir manteniendo un régimen de consumo tan alto.
El segundo peligro es la mentalidad capitalista y la falta de rivales. Es cierto que un móvil de los que ahora llevamos en el bolsillo tiene más potencia de cálculo que la que hizo falta para llevar al hombre a la Luna. Pero la cosa es que en los años 70 fuimos capaces de llevar hombres a la luna, y ahora no podemos hacerlo. Que en los años 70 había aviones comerciales supersónicos (el Concorde) y ahora tardamos siete putas horas en cruzar el charco. Que seguimos tirando del petróleo y el gas porque no hemos sido capaces de dominar la fusión nuclear ni resolver los problemas de los reactores de fisión, que datan de los años cuarenta.
El motivo es que todos esos avances se produjeron en un contexto de enfrentamiento (la segunda guerra mundial, la guerra fría) y fueron producto de inversiones masivas por parte de los estados (el proyecto Apolo para ir a la Luna llegó a comerse un 11% de todo el presupuesto de Estados Unidos, casi lo mismo que en sanidad o educación). El sector privado no ve más allá del siguiente trimestre y cuando invierte en proyectos de investigación lo hace a uno o dos años vista, como máximo, y con rentabilidad inmediata. Eso le funciona a la gente de Intel, pero en realidad lo único que hacen es meter cada vez más transistores cada vez más pequeños en una oblea de silicio. En una universidad se inventó el transistor; en otra, el circuito integrado. Intel y las otras empresas solo refinan el proceso, pero no inventan nada nuevo. En el artículo se menciona la posibilidad de usar grafeno, molibdenita o la computación cuántica. ¿Dónde se están investigando estas posibilidades? En el sector público"

10 de diciembre de 2015

La más que centenaria lucha contra la enseñanza memorística y la "Nueva Educación" (y V)


Finalmente, unas últimas observaciones en torno a las reflexiones de Fichte sobre la educación en los Discursos a la nación alemana. Uno de los ejes fundamentales de la "Nueva Educación" es, por supuesto, la idea de la bondad natural del hombre, una bondad que se corrompe por obra de la sociedad. Consecuentemente, la identificación entre infancia e inocencia es inevitable ("...el hombre, por regla general, se vuelve peor, más egoísta para todas las emociones buenas, más atrofiado e inútil para toda obra justa, cuantos más años tiene y cuánto más se aleja de los primeros días de su inocencia, que primeramente aún sigue resonando suavemente en algunos presentimientos de lo bueno", p353) y la responsabilidad de la degeneración egoísta recae en la sociedad: "no es la naturaleza lo que nos corrompe, ésta nos crea con pureza; es la sociedad" (p405). Con este esquema, se abre la puerta a ese "paidocentrismo" que enarbolará como estandarte la escuela abierta pues la educación deberá tomar sobre sí la tarea de evitar la corrupción moral de ese estado de inocencia inicial alejando al infante del modelo de un adulto "en miniatura" o un "proyecto de adulto": "Ahora el alumno es el centro, el eje sobre el cual gira el proceso educativo. En una posición de clara inspiración rousseoniana Montessori postulará su máxima 'el niño, padre del adulto' para representar el radical giro que esta postura representa para la educación. Para Claparéde esta transformación es una verdadera revolución que traslada así la educación de un 'magistrocentrismo' a un 'paidocentrismo'. El siglo XX será para la psicopedagogía el 'siglo del niño'" (Zubiría, J: De la escuela nueva al constructivismo, p104).

Asimismo, cuando la escuela abierta manifiesta su rechazo del materialismo consumista actual lo hace siguiendo un esquema ya establecido en Fichte y propio del romanticismo aunque lo haya pasado por el tamiz de cierta crítica izquierdista low cost. Por ejemplo, los estatutos de la Ligue Internationale de l'Éducation Nouvelle ya postulaban en los años 20 del siglo pasado que se debía "preparar al niño para el triunfo del espíritu sobre la materia" (Ferrandez-Sarramona, L'Educació, p158), tal como el alemán proclamaba: "La nueva educación invierte precisamente este orden...Hasta ahora, en la mayoría vivía solamente la carne, la materia, la naturaleza; con la nueva educación debe vivir en la mayoría, incluso prontamente en todos, sólo el espíritu y éste ha de ser el que la mueva" (p337). Y, si éste esperaba de la Nueva Educación "que todos los componentes necesarios del hombre sean formados sin excepción y con uniformidad" (p260-261), sus lejanos descendientes plasmaron su deseo en en el Preámbulo de la LOGSE, la ley española que consagró la hegemonía de la escuela abierta y su conversión en paradigma estatal: "El objetivo primero y fundamental de la educación es el de proporcionar a los niños y a las niñas, a los jóvenes de uno y otro sexo. una formación plena".

Con estos ejemplos no resulta extraño ni descabellado pensar que un "aire de familia" recorrería Europa, fantasmagóricamente, desde hace siglos: el sueño de una enseñanza desmemoriada, inocente, sin repetición, dureza ni esfuerzo, de una educación única, espiritual, artística, libre, transformadora, leve, creativa, originaria... Un sueño que, como casi todos aquellos que no se fundan en una docta spes (Ernst Bloch), puede trocarse en delirio y pesadilla...

21 de septiembre de 2015

Sueño y delirio del "Internet de las cosas"


El "Internet de las cosas" es un proceso en marcha del que, como de cualquier acontecimiento o serie de acontecimientos susceptible de ser modelizada, puede postularse un ideal regulativo que, rápidamente, se transforma en sueño al hipostatizarse por su uso ideológico y trocarse en pesadilla. Así, el propósito de interconectar los dispositivos mecánicos (y quizás incluso en un futuro los biológicos mediante la nanotecnología) ha dado origen a un horizonte del que ya se habla: la digitalización de lo real, la subsunción de lo real a lo digital. Un sueño que es, para algunos, sueño de dominación y para otros, los más, pesadilla de dominados.

Ahora bien, de la misma manera que el proceso de subsunción de lo real al capital descrito por Marx sigue en marcha y tras décadas sigue presentando lagunas, deficiencias, resistencias y vaivenes hasta el punto de que quepa más pensarlo como tendencia que no como realización integral y total, convendría aplicar las mismas reservas a ese escenario futuro dibujado de digitalización absoluta y no dejarse llevar por la dinámica sueño/pesadilla y entrar en su territorio de juego proclamando el apocalipsis o la utopía.

Gracias a lo que sea, como acostumbra a pasar, todo será menos ideal y más sórdido y, por supuesto, además fallará.

Nota: hace algunos meses, en El País, se recogían las críticas al utopismo cibernético del ciberactivista Jaron Lanier y del heideggeriano Byung-Chul Han. La conclusión del articulista, César Rendueles, no podría ser, en la modesta opinión del que escribe, más adecuada: "Los textos de Lanier y Han coinciden en emplear un tono futurista, repleto de neologismos, para plantear propuestas más bien tradicionales. Lanier desarrolla una crítica convencional de la concentración monopolista y de las limitaciones del paradigma schumpeteriano. Han reivindica un comunitarismo vinculado a los valores lentos de la tierra y el campesinado, cercano al último Heidegger. Del mismo modo, ambos coinciden en presentar sus propuestas en términos profundamente acontextuales. Lanier escribe como si el keynesianismo pudiera resumirse en un protocolo de computación y tuviera una relación anecdótica con las brutales luchas políticas que rodearon su implantación histórica. Leyendo a Han parece como si la tecnopolítica neoliberal fuera un episodio de la historia de la metafísica como olvido del ser. En ambos casos el capitalismo resulta sospechosamente plano, privado de relieve sociológico, histórico o institucional"

26 de enero de 2014

Madrid, Pissarro


Ayer, viaje relámpago a Madrid. La estrategia sindical más racional dicta que, independientemente del resultado final del órdago secesionista, hay que pone una vela a Dios y otra al Diablo. Así, aunque el sindicato sea, y seguirá siendo, de ámbito exlusivamente catalán, también forma parte de una federación estatal que, por si acaso, debería reforzarse de cara a las próximas elecciones sindicales y más con el panorama trazado por la LOMCE y las deplorables alternativas que opone la izquierda.

Como siempre, Madrid parece un océano de libertad y aire fresco en las antípodas de la asfixiante Barcelona. Experimento en ella la misma sensación que mis amigos madrileños cuando vienen a Barcelona que es, para ellos, su propio océano de libertad y aire puro. Si viviera en Madrid, Barcelona sería esa ciudad mejor en la que uno anhelaría vivir. Lamentablemente, ese no es el caso...

Durante las horas de AVE, fallidos intentos de proseguir con el difícil El principio esperanza de Ernst Bloch y largas e interesantes charlas con Lucía y Xavier que le dejan a uno tres impresiones bastante claras al volver a casa:

a) la dificultad de la acción política "justa" en estos tiempos ante la avalancha de urgencias que nos sacuden;

b) la sospecha, cada vez más fundada, de que el aval de pruebas históricas sustenta más la posibilidad de algo parecido a unas tendencias generales de la conducta humana (todavía uno no se atreve a utilizar el concepto de "naturaleza humana") que no invitan precisamente al optimismo; y

c) la convicción de que buena parte de los ciudadanos con ánimo crítico que no se identifican con ninguna forma de pensamiento político "realmente existente" se está deslizando a una nueva forma de utopismo invertido: la distopía o, en su extremo, el apocalipsis.

Hoy, para aportar algo de luz al negro horizonte que, por momentos, se albira, visita a la exposición de Pissarro en Barcelona en su último día. Aparte de los caminos, las nieblas, los puentes de Londres y Rouen o las calles de París que a uno siempre la habían fascinado, dos cuadros extraordinarios que desconocía: Le champ du chou y The Cote des Boeufs at L'Hermitage, Pontoise. El primero resalta a primera vista por su capacidad para representar la cenicienta luz primaveral y su riqueza en el uso del color verde en sus diversas tonalidades. El segundo, por contra, pasa desapercibido inicialmente pero si se le dedica el tiempo necesario y se ayuda uno de los comentaristas, destaca por su complejidad compositiva (al menos tres planos distintos).

Tan sólo al llegar a casa descubre uno, con apuro, que Le champ du chou ya lo había contemplado en el Museo Thyssen y que, sin embargo, en una especie de efecto secundario del "síndrome de Stendhal" le había pasado inadvertido. ¿Será que la belleza depende, también, no sólo del contexto social, histórico o psicológico, sino de su "cantidad"?

18 de enero de 2014

Escribe Ernst Bloch


"Y es que un pesimismo con medida realista no se ve tan desamparadamente sorprendido por los fracasos y catástrofes, por las espantosas posibilidades que se han dado y seguirán dándose en el proceso capitalista. Para todo análisis que no lo absolutiza a su vez, el pensar ad pessimum es mejor compañero de ruta que la fácil confianza ciega; este pensamiento constituye la frialdad crítica precisamente en el marxismo. Para toda decisión capital el optimismo automático no es menos ponzoña que el pesimismo absolutizado, porque si el último sirve abiertamente a la reacción descarada, a la que se llama por su verdadero nombre, y ello lo hace con el propósito de descorazonar, el primero ayuda a la reacción solapada, con el propósito de que se

13 de junio de 2013

Comunidad y utopismo



El reciente descubrimiento, gracias a un técnico llamado Edward Snowden, del programa de espionaje masivo que la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense está llevando a cabo en la Comunnidad a lo largo y ancho del planeta, no debería sorprender demasiado. Tan sólo a los utopistas que saludaban la llegada de la Red Mundial como el fin del control y la epifanía de la libertad les puede haber desconcertado. Y había muchos, sobre todo en la izquierda. Los había incluso, como Masuda, que postulaban que las bases de una democracia electrónica directa, de una especie de asamblea universal, estaban ya indefectiblemente establecidas y era cuestión de tiempo que se desarrollaran. No leyeron nunca a Derrida, está claro. Todo tiene una estructura de double bind, una contaminación constitutiva, una ambivalencia "esencial", tachada. No hay posible uso libre de Internet sin su misma posibilidad de control. Y ésta es elevadísima. Tal vez, hoy por hoy, más amplia y efectiva que sus opciones emancipadoras. Una prueba: las organizaciones yihadistas hace años que volvieron a las prácticas pre-digitales para evadirse de la asfixiante presión de los norteamericanos.

El dominio de los trayectos opresivos sobre los liberadores es claro en la Comunidad. Por sí misma, la tecnología que la fundamenta no nos hará más libres como pensaban tantos izquierdistas de pensamiento plano. La tecnología no es ni neutra ni esencialmente mala o buena. La tecnología se encuadra en dispositivos (acciones, prácticas, estructuras sociales, relaciones de poder, jerarquizaciones de clases, ideologías, etc.) que la orientan marcadamente y que, en esa estructura de double bind, pueden dar más juego a unas constelaciones de posibilidades que a otras. Y en este caso, había que ser muy ingenuos para pensar que el germen de la emancipación humana estaba en una red construida y diseñada por el Departamento de Defensa de EEUU en los setenta que permitía la localización y seguimiento de cualquier operación comunicativa .

¿Dónde estamos realmente en la relación entre la Comunidad y la emancipación planetaria? Leamos El País: "El potencial de este sistema aparentemente ha llevado a EE UU a intentar implantarlo a escala global. La NSA ha construido una inmensa instalación de almacenamiento de datos en una montaña en el estado de Utah, al oeste del país, con un coste aproximado de 2.000 millones de dólares - 1.512 millones de euros. También ha creado estaciones de interceptación de datos a lo largo y ancho del país, así como ha ayudado a construir uno de los ordenadores más rápidos del mundo para romper la encriptación de información codificada." Pues eso, al cabo de la calle, como siempre.

8 de enero de 2012

Escribe Žižek sobre la crisis actual (III): lo utópico


En la crítica que uno realiza del utopismo como motor de la acción política no ha incluido nunca el utopismo capitalista porque lo da por sentado y no ha creído nunca necesario perder demasiado el tiempo en ello. Con todo, estas palabras de Žižek, que resumen aproximativamente esa posición, dan qué pensar: quizás no hacerlo concienzudamente ha sido un error.

"Después de denunciar todos los 'aspectos habituales' del utopismo, quizá ha llegado la hora de centrarse en la propia utopía liberal. Así es como habría que responder a aquellos que descartan cualquier intento de cuestionar los fundamentos del orden capitalista democrático-liberal, considerándolos peligrosamente utópicos: en la crisis actual, a lo que nos enfrentamos es a las consecuencias del núcleo utópico de ese mismo orden. Mientras el liberalismo se presenta como la personificación del antiutopismo, y el triunfo del neoliberalismo aparece como una señal de que hemos dejado atrás los proyectos utópicos responsables de los horrores totalitarios del siglo XX, hoy en día está quedando claro que la verdadera época utópica fue la feliz década clintoniana de los noventa, con su creencia de que habíamos alcanzado el 'fin de la historia', de que la humanidad finalmente había encontrado la fórmula para el orden socioeconómico óptimo" (Primero como tragedia, después como farsa, p92)

27 de septiembre de 2011

¿Necesitamos utopías?


Iñaki, batasuno irredento cuando coincidimos en primero de Filosofía, y ahora empresario de éxito, dijo una vez: "los únicos utópicos son los que piensan que en el futuro todo seguirá como ahora".

Si tuviera razón, ¿para qué necesitamos más utopías?