22 de abril de 2014

"Otro" viaje a Italia (VII): buscando a Caravaggio


18 de julio de 2012. Segunda parte.

Tras las grandes e importantes salas dedicadas a Lippi, Botticelli y Leonardo, en la sala 17, una sala pequeña, hallamos un cuadro llamativo por la fuerza y el colorido del paisaje que ocupa la zona superior de la pintura respecto al anodino centro temático como si fueran dos obras diferentes enlazadas por algún oscuro motivo: la Allegoria sacra de Bellini, pero que en las notas tomadas apresuradamente, figura como atribuida a "Bernini".

De hecho, a partir de ese momento los errores y las elipsis se suceden en las anotaciones: la indubitada atribución de un L'uomo malalto (sic) a Tiziano que, en la visita virtual, aparece como Ritratto virile y en el catálogo como Ritratto d'uomo (l'uomo malato') y cuya adjudicación aun no definitiva al autor es muy reciente después de haber circulado por las "manos" de Leonardo, di Piombo o Lotto; una Venus que no queda claro si es la de Urbino o la Venere della pernice y de la que no hay autor consignado en las notas aunque por la Red es fácil comprobar que se trata también de una obra del mismo Tiziano; la irrupción de comentarios sobre el cansancio de Marc que se atenua con la llegada de las salas dedicadas a la escultura pobladas de numerosos bustos de emperadores romanos que atraen su atención; la falta de observaciones sobre la sala previa de las miniaturas ni la inmediatamente anterior, la Tribuna, de la que, sin embargo, en un margen aparece mencionada la Madonna col Bambino del Parmigianino (por la intensidad de la mirada materna); o, finalmente, un Ritratto di un proveditore alla fortezza della Suda atribuido a Tintoretto del que no hay ni rastro ni en la Wikipedia ni en la web del museo.

En cualquier caso, tras las esculturas comienza la ruta por las salas de la otra ala y la búsqueda de la de Caravaggio que nos interesaba especialmente. A un ritmo bastante más vivo, nos seducen, con mayor o menor intensidad, los azules de la Salita al Calvario de Battista Franco; el bermellón dominante del Pilato mostra Gesú al Popolo de Beuckelaer donde, además, el eje temático está tan desplazado respecto al cromático que parece una mera excusa; los sorprendentes (por desconocidos) Laguna con casa e campanile y Capriccio lagunare con tomba de Bellotto - también llamado "Canaletto el joven" - cuyo tratamiento de la luz del atardecer parece casi plenamente romántico sin serlo; y, por supuesto, uno de los pintores preferidos del que escribe, Canaletto, con su extraordinaria Veduta di Palazzo Ducale a Venezia.

Tras tres horas y media, tomamos unos sandwiches en el caro restaurante de la Galleria y decidimos escoger cuidadosamente lo que hay que ver: quedan muchas salas todavía y el cansancio y la cercanía de la hora de cierre recomiendan seleccionar. Optamos por centrarnos en Caravaggio y sus epígonos y comienza entonces una peregrinación acelerada y desorientada que, tras una pormenorizada explicación de un celador plano en mano, llega a un feliz desenlace con el tiempo justo. La sala nos deja más bien fríos e incluso el famoso Baco nos resulta (quizás por la mezcla de iluminación problemática y fatiga) falto de fuerza y brillantez.

Satisfechos pese a la decepción, nos vamos con una nota de humor, el Ritratto del Nano Morgante de Bronzino. Están cerrando el museo y salimos. Afuera, otro museo alternativo bulle en los alrededores: pintores aficionados y alguno más profesionalizado, junto con algunos músicos, han tomado el Piazzale y, por unos momentos, parece que estemos en una auténtica ciudad de la República de las Artes del pasado donde el goce estético ha suplantado al trabajo, la alienación y el consumismo. Es tan sólo un espejismo pero funciona.

De vuelta al apartamento invertimos más de una hora y media en lugar de los treinta o cuarenta minutos normales. Nos detenemos en el Duomo para contemplarlo a la luz del atardecer y caminamos calmadamente por las silenciosas y acogedoras calles del casco antiguo con algún que otro instrumento (un piano y al menos un violoncelo en otro momento) sonando tras las ventanas abiertas: músicos practicando a horas intempestivas.

21 de abril de 2014

Gabriel García Márquez



La muerte, esta semana, de Gabriel García Márquez (1927-2014), era esperada desde hacía tiempo. No puede uno decir que haya derramado lágrimas como algunos, bastantes de hecho a tenor de las manifestaciones públicas de las que he tenido noticia, porque ya hace muchos años que conocía su enfermedad y muchos más que, pese a estar incorporado al canon subjetivo, no le seguía ni le releía con la salvedad, excepcional, de la lectura en Saint Andrews, en la biblioteca de Ricardo, de El general en su laberinto, más de quince años después de su publicación. Aquel libro me impresionó y me resarció de la decepción que supuso en su momento la ansiada El amor en los tiempos del cólera, hasta el punto que aquel mismo verano, unos días después, hurgando de nuevo entre sus pilas de libros en busca de lecturas, encontré Noticia de un secuestro y no dudé en cogerlo y leerlo en pocas horas aunque no me pareciera una obra extraordinaria: fue un destello fugaz que trajo recuerdos y una nota que publiqué tiempo después por aquí con un par de frases del colombiano pero poco más. Casi treinta años en los cuales García Márquez se fue borrando de mi mente tanto como presente había estado entre 1980 y 1985 cuando de su mano entré en la novela, salí de la poesía y, en parte, me decanté por la Filosofía.

Mi primer recuerdo de García Márquez data, creo,del año 80. Nuestro profesor de Latín, Manuel Romero, al que apodábamos Manolus, a la par que las declinaciones nos enseñaba la pasión por el lenguaje, más exactamente, por las palabras y los idiomas, sobre todo por el castellano y el latín, y por extensión por la literatura universal. De su mano, por ejemplo, uno leyó El retrato del artista adolescente o Campos de Castilla en los primeros meses del Tercero de BUP cuando hasta entonces se había limitado a leer los clásicos de lectura obligatoria de la literatura castellana y, por placer, únicamente ciencia ficción y cómics. Aquel año, mientras que en Literatura nos conformábamos con copiar apuntes dictados y luego memorizarlos para el examen y a leer en diagonal Los pazos de Ulloa o Peñas arriba sin la menor atención ni gusto, en la asignatura de Latín realmente aprendíamos algo sobre la literatura. Un día de diciembre, tras un examen la semana anterior, Manuel nos propuso una clase "relajada". Abrió su sempiterno El País y empezó a leer un artículo de Gabriel García Márquez. Se titulaba "El cuento de los generales que se creyeron su propio cuento". La memoria me es absolutamente infiel más allá de aquí. Sólo me viene a la mente la vaga sensación de que habló acerca de su maestría en la estructuración del texto y la riqueza de su prosa y que, a partir de entonces, dedicamos cada semana unos minutos al inicio de la clase a comentar las piezas que publicaba en el diario madrileño. Fue una costumbre que duró un par de meses hasta que nuestro escaso seguimiento le disuadió de seguir por aquella vía. Pero para uno entonces ya había empezado a respetar la costumbre de gastar la mayor parte de los escasos fondos de la paga semanal de que uno disponía en el periódico.

El paso definitivo de la "Baja Literatura" a los arrabales de la "Alta Literatura" se produjo poco después. Hacia mayo, o junio tal vez, leí Cien años de soledad. Tardes de calor y humedad suministrados a partes iguales por el clima y la novela con la música de ¡AC/DC! de trasfondo. Fue una experiencia tan impactante que bajo los efectos de aquella prosa torrencial, hermosa, hipnótica y excesiva, leí El otoño del patriarca, El coronel no tiene quien le escriba y La hojarasca, seguidamente. Fue un mes consagrado al colombiano que me marcó: descubrí la pasión por la forma y cómo el estilo podía llegar a ser un auténtico fin en sí mismo. Aquel verano dejé de escribir poemas y cuentos de trama y pasé a concebir novelas y cuentos en los cuales la palabra era el principio, el medio y el fin. Si Isaac Asimov había alumbrado el deseo de escribir con sus recopilaciones de relatos, García Márquez fue el responsable de que la escritura se trocara en deseo de escribir "literatura". Si el primero me enseñó la importancia de lo que se quería decir, el segundo mostró que el "cómo" era tan relevante para la literatura como el "qué". Mas aquel regalo se reveló envenenado. Sí, escribí relatos e inicié dos o tres novelas pero eran copias muy deficientes de aquel nuevo modelo. Al iniciarse el nuevo año académico, el del COU, a las pocas semanas de iniciarse le presenté al profesor de Latín los dos cuentos que juzgaba mejores de la cosecha de aquel verano. Me los devolvió al día siguiente repletos de anotaciones: estructuras sintácticas barrocas y repetitivas, adjetivos que sobraban, frases tan largas que, al final, uno acababa por perder el sujeto... La crítica fue tan demoledora que mi actividad literaria cesó bruscamente: aunque era evidente que sus observaciones eran, por decirlo suavemente, "ajustadas", ni mi orgullo ni mis limitaciones me permitían cambiar la manera de narrar tan inspirada y cercana - o eso creía - al colombiano, así que quedé bloqueado. No ayudó que, poco tiempo después, el escritor Francisco Candel, que hacía algún tiempo se había ofrecido amablemente a leer los cuentos y poemas que le enviara, afirmara en una larga carta que tuvo la santa paciencia de tomarse el tiempo de redactar que los poemas eran "interesantes" (un juicio muy delicado) pero que los cuentos eran demasiado recargados y "precisaban bastante trabajo de pulido".

No volví a escribir ningún relato nunca más. Tardé más de quince años en volver a escribir poesía con una profunda alergia al adjetivo y casi veinte en empezar una novela que tardé más de diez años en concluir. Escribí, eso sí, muchos textos de carácter filosófico. La Filosofía no hubo de mantener una intensa batalla con la literatura para imponerse: cuando llegó no encontró resistencia alguna. García Márquez no tuvo la culpa, por supuesto, pero su escritura fue tan decisiva, me dominó de tal manera que hizo imposible la mía durante muchos años. Con todo, me ahorró cientos o quizá miles de páginas ridículas y eso es de agradecer. Las que han venido en los últimos años serán mejores o peores pero al menos no son lamentables copias.

19 de abril de 2014

Crónica de la Nueva Edad (19/04/2014)


A modo de colofón de la anterior anotación acerca del "problema catalán", Xavier ha escrito una excelente reflexión sobre porqué considera ineludible la celebración de un referéndum en Catalunya auspiciado por el Estado. Tan sólo discrepa uno en el factor "regeneracionista" que pueda tener sobre la vida política en España: la esperanza que tiene la izquierda española en que la consulta sirva de revulsivo y nos aleje de la España Negra es más bien poco fundada dada la actual correlación de fuerzas. Por lo demás, suscribo plenamente los motivos, la descripción y hasta la metodología que debería tener la consulta. ¡Lástima que la miopía de las élites políticas españolas sea incurable!

17 de abril de 2014

Crónica de la Nueva Edad (17/04/2014)


David es uno de esos ciudadanos del estado español con una especial sensibilidad hacia Catalunya. Es, además, poeta y músico y una persona reflexiva. La combinación de estos factores no puede por menos que generar un ánimo inquieto y preocupado ante el "problema catalán" que busca soluciones que eviten lo que, lamentablemente, uno considera la hipótesis más probable: el enfrentamiento violento. El otro día me escribía preguntando, en realidad creo que más bien preguntándose, "si el proceso por la secesión no se podría simplificar algo con un poco de sentido común". Su propuesta era clara y sencilla:

a) un referéndum en Catalunya para saber qué quiere la mayoría de los ciudadanos catalanes;
b) una segunda consulta en España para conocer la opinión de los ciudadanos españoles en el caso de que la mayoría a favor de la independencia fuera clara; y
c) tomar las decisiones que correspondan a partir de los resultados.

Coincide con algunas opiniones que han aparecido por este cuaderno tanto de ciudadanos catalanes como españoles. Incluso con la de algunos secesionistas razonables y algún unionista o españolista sensato. El problema para una solución de "sentido común" es que temo que el nacionalismo sea incompatible con él. Para no hablar de su peor versión ese patriotismo que, probablemente, como decía Samuel Johnson, sea "el último refugio del canalla".

El "amor a la tierra" es una idea que a uno ya le parece de por sí discutible cuanto menos a los ojos de ese sentido común. Se puede amar a las personas. A algunos animales de compañía tal vez pero poco más. Amar la tierra es tan absurdo (o lógico) como amar la batidora, el alcantarillado o los asteroides. Pero es que, además, el paso de ese supuesto "cariño" hacia la tierra (¿hacia qué tierra? ¿la cultivada, la no cultivada? ¿la caliza, la arenosa? ¿cualquier tierra que esté dentro de Catalunya o España? ¿o se trata del paisaje? y entonces, ¿de cualquier paisaje, por ejemplo la depuradora de aguas de Sant Adrià y el barrio de "La Mina", o sólo de uno "natural" como el Canigó o los Pirineos? En fin...) al nacionalismo ya es un paso problemático según el más elemental de los comunes sentidos: pasar de amar algo físico a algo metafísico es, cuanto menos, un salto para el cual el sentido común alberga normalmente una cierta reluctancia. Y si encima introducimos la axiología de la derivación patriótica entonces el sentido común simplemente estalla. Este resquebrajamiento puede observarse si se recuerda el dicho castellano "en todos sitios cuecen habas" o, más sofisticadamente, si se atiende a que la frase que se convierte en estandarte del sentimiento patriótico, "mi patria, con razón o sin ella", suspende de manera clara y distinta la racionalidad en cualquiera de sus variantes.

Si a este incompatibilidad "metafísica" añadimos que las élites políticas españolas y catalanas están objetivamente de acuerdo en tensar la situación y engañar todo lo posible a sus ciudadanos, el escenario "fáctico" deja poca salida para el sentido común. Una última muestra de este ánimo mentiroso y fraudulento. El Consell assessor per a la transició nacional de la Generalitat emitía hace pocos días un informe en el que apostaba por la entrada inmediata de la Catalunya independiente en la UE por razones de lógica y pragmatismo político y económico, dado el vacío jurídico que existe respecto a la posible secesión de un territorio de un país miembro. Al poco, un portavoz de la UE respondía que, en principio, a falta de un pronunciamiento de los órganos de gobierno de la Comunidad que debe ser solicitado por un país miembro, Catalunya debería seguir el camino que cualquier otro país que no formara parte de ella. Al día siguiente, el portavoz de la Generalitat que cuarenta y ocho horas antes había saludado con entusiasmo el informe se limitaba a considerar la respuesta del portavoz como "una opinión". Fantástico. Y finalizaba diciendo que Catalunya no iba a instar a España a que pidiera el dictamen de las instituciones europeas y que los ciudadanos deberían ir a votar con la "información de que dispongan". Mayor cinismo, difícil. Pero es que, al otro lado, a los políticos españoles que airean las terribles consecuencias que tendría para la economía catalana la expulsión de la UE tampoco se les ocurre pedir ese dictamen. Si tan seguros están de sus tesis, ¿por qué no lo demandan?

Lo cierto es que ni a unos ni a otros les interesa un país de ciudadanos informados. Las élites políticas de ambos lados del Ebro prefieren súbditos. Y una gran parte de los habitantes de ambos territorios, asimismo, ya están satisfechos con esta condición que retroalimenta su pereza intelectual: ser ciudadano exige dar un tiempo al pensamiento y eso no sobra por estos pagos. Luego, eso sí, esos mismos que ahora gritan y jalean sus banderas, no admitirán su cuota de responsabilidad y señalarán culpables por doquier si el desastre se desencadena y les sacude. De eso no hay que dudar demasiado.

Concluyendo. La historia de los siglos XIX y XX nos ha mostrado sobradamente que el nacionalismo ha estado detrás de los grandes conflictos que han masacrado a millones de seres humanos. Sea como cortina de humo, agente provocador o causa eficiente, sin su concurso esas guerras podrían o no haber tenido lugar o causar una mortandad y un sufrimiento menor. No se puede decir, por tanto, que haya contribuido en mucho a la causa general de la emancipación de los seres humanos aunque tal vez sí de algunos (piensa uno en las luchas contra el colonialismo). Ahora bien, lo que sí parece indudable es que del patriotismo sí puede afirmarse, rotundamente, que lejos de contribuir a la causa general de la emancipación de los seres humanos es uno de sus más fervientes enemigos. Así pues, poco cabe esperar: me temo, David, que una solución de "sentido común" será, justo, lo que no acontecerá.

14 de abril de 2014

"La pasión de escribil"


Ayer, en Sarriá de Ter y acompañando a Marc, jornada de flags (una versión del American football sin contacto). Levantarse un domingo a las ocho y media con el anuncio de una hora y cuarto en coche y cinco horas bajo un más que probable sol de justicia presagiaban un día difícil así que hubo que pertrecharse con Entreguerras y, para cuando la concentración disminuyera con la deshidratación, alguna otra prosa. Teniendo en cuenta el tiempo de espera entre el primer y el último partido, la perspectiva de dos o tres horas charlando de nimiedades con los demás padres, lo cual tampoco es de por sí un acontecimiento a despreciar pero sólo si hablamos de lapsos de tiempo moderados, sólo podía combatirse con esta ayuda por muy poco acorde con las pautas de sociabilidad comúnmente aceptadas en este entorno que fuera el aparecer con libros bajo el brazo.

Justo antes de salir escogí una historia del KGB. Buscaba algo ligero. Sin embargo, la sensación de renovada ciudadanía de la República de las Letras que le posee a uno desde el viernes hizo que, finalmente, la dejara en la estantería y tomara el libro que recibí hace poco de Eduardo Moga: La pasión de escribil, su relato de tres viajes recientes a Hispanoamérica.

Acabado el primer partido y la primera ronda de conversaciones, con la excusa de comprar una bebida pude alejarme del grupo lo suficiente como para seguir con la lectura de Caballero Bonald. Media hora después, achicharrado, renuncié. Ya he dejado constancia por aquí de mi poco aprecio por el barroquismo, la acumulación de adjetivos, la yuxtaposición "a ver quién la dice más grande" o "para suscitar en el lector sensaciones y experiencias", el hermetismo o las diversas variantes de irracionalismo que consistan en la apología de la verbosidad. Que uno lea a los poetas canónicos que cultivan algunas de estas estrategias, varias o incluso todas, no significa que la experiencia sea placentera: no siempre leer está vinculado al goce; también lo está al deber. Diría que Entreguerras no es un texto irracionalista pero sí barroco y, a momentos, sumamente hermético de modo que el esfuerzo de interpretación de numerosos pasajes puede ser de todo menos gozoso y más a treinta grados a la sombra. Claro que siempre está la alternativa de dejarse arrastrar hipnóticamente por el ritmo y la música de las palabras y sus libres y heteróclitas asociaciones pero no estoy seguro que sea el recorrido de lectura apropiado para esta obra así que cuando no pude más, me rendí y busqué otro auxilio.

Afortunadamente, por contra, el libro de Eduardo reconcilia con esa trabazón entre placer y lectura que también forma parte de lo heredado alrededor del concepto "literatura". En una hora devoré la mitad del volumen pese a que el sol, encorajinado, resolvió abrasar el polideportivo con más ahínco y convertir Girona en un pequeño Sahara. La pasión de escribil recuerda a esa extraordinaria tradición de la literatura de viajes anglosajona, especialmente británica, que traza una cierta continuidad desde Samuel Johnson a Paddy Leigh Fermor a despecho de todas las divergencias e interrupciones que pueden encontrarse. No conozco suficiente la obra de Eduardo y tampoco a él pero aventuraría la hipótesis de que es un buen lector de esa tradición. La prosa ágil y una trama que no se deja encorsetar por la prescripción de lo que "ha de ser descrito" que caracteriza otras escuelas de literatura de viajes, ya bastarían para vincularlo a ese espacio dominante del relato viajero en lengua inglesa. Sin embargo, el elemento que a uno le obliga a inscribirlo en esa línea es el sentido del humor que atraviesa su texto de norte a sur y este a oeste. Es envidiable, y ya se sabe que la envidia es un factor de primer orden en la evaluación de la obra literaria, la facilidad con la que salpica la narración de ironía y sátira sin resultar sardónico ni cáustico pese a que, lo confieso, no quisiera encontrarme nunca en la diana de su pluma. Voy prefiriendo, con el paso de los años, escribir más bajo el signo de la benevolencia que bajo el de la sorna pero sigo encontrando un extraordinario placer en la lectura de obras de cualquier género que dejen un amplio territorio a lo cómico en sus distintas variantes, desde la comicidad aparentemente blanca y naïf a la más corrosiva. Y diría que eso lo hace casi con maestría Eduardo. Y escribo "casi" para no parecer excesivo o adulador. No es de extrañar que lo esté acabando hoy como si se tratara de una novela policíaca y haya dejado la exigente lectura del poeta jerezano para mañana: disfruto tanto con la mordacidad de Moga que, como en los buenos relatos de viajeros, la "autosatisfacción en la satisfacción ajena" descrita por Jauss como el elemento fundamental de la experiencia estética, acaba por dominarme.

12 de abril de 2014

Muerte de un ciclamen



Esta mañana, primer día del turno de vacaciones que a uno le corresponde, mientras tomaba el café con leche y fijaba la vista en el ciclamen que definitivamente se ha secado, ha acontecido una especie de acontecimiento "paulino": una caída del caballo de acero de la política, el sindicato y el trabajo hacia el suelo de la poesía. Era suficientemente temprano como para que haya tenido bastantes horas para escribir y concluir, más o menos, un poema, "Muerte de un ciclamen" y para empezar a dar cuenta de la pila de volúmenes de poesía que seguía desde hacía varios meses, impertérrita, en el ala izquierda del escritorio. Entreguerras de Caballero Bonald ha sido el encargado de romper el fuego. Una comida con pasta con albahaca fresca y tomates cherry y un rape pescado ayer mismo que hemos regado con un genial Ribera del Duero, han ayudado a que se mantuviera la continuidad en una jornada que, por momentos, ha semejado la propia de un activo y consciente ciudadano de la República de las Letras y no la de un alienado súbdito del capital testigo de los albores de una conflagración aun por determinar si local o más general.

Ahora, la euforia hace concebir planes que poco tienen que ver con los asuntos que ocupaban mi mente días atrás: tengo una semana para escribir dos colaboraciones, leer varios textos, disfrutar de la comida, descansar y, si todo va bien, retomar un proyecto poético que sigue, desde hace varios años, su propio ritmo lento y sincopado. Ya... Veremos...

Mientras, Clàudia en Belgrado...

11 de abril de 2014

"La literatura en la época digital"

La colaboración que, a propósito de Dulces guerreros cubanos y con el título "La literatura en la época digital", se publicó hace unos días en la revista Catalunya Vanguardista.

"En lo que algunos persisten en llamar, contra toda evidencia, “sociedad del conocimiento”, la literatura parece tener reservado el mismo papel que las demás instancias dedicadas al entretenimiento de masas. Como la mayoría de las ramas de las Humanidades que no tienen que ver con el útil aprendizaje de idiomas va siendo postergada en los planes de estudios por Ciencias y Tecnologías diversas. Para los medios de comunicación su lugar está en los suplementos, las últimas páginas, los cierres de noticiarios o los programas semanales de madrugada en radio o televisión. Y si a nuestras sociedades avanzadas se las considerara más bien “sociedades del espectáculo”, como en su momento sugirió Debord, las obras literarias no se distinguirían en exceso de otras fuentes de consumo de ilusiones como los videojuegos, las series, las redes sociales o los Juegos Olímpicos. Incluso en aquellos círculos elitistas para los que la lectura de las obras canónicas de la tradición occidental sigue siendo rito obligado destinado a exhibir un determinado capital simbólico aparejado al estatus social, el uso de la literatura parece cumplir una función ornamental y circunscribirse a la experiencia estética, al goce, al disfrute: algo no demasiado lejano del juego.

Todo parece indicar que la concepción romántica del arte como medio de acceso al conocimiento más íntimo de la naturaleza de las cosas, que incluía a la literatura, ha sido arrinconada o, lisa y llanamente, olvidada.

Sin embargo, poco sabríamos de determinados períodos históricos muy alejados en el tiempo o de ciertos lugares ya desaparecidos sin Homero, La Divina Comedia, Los cuentos de Canterbury, El Quijote, Las penas del joven Werther o Oliver Twist aunque en estos tiempos que acontecen tras el Fin de la Historia semeja que vivamos en un continuo presente que puede prescindir tranquilamente del pasado. Mas incluso de ciertos sucesos más o menos contemporáneos, nuestro conocimiento sería incompleto sin el testimonio literario. No sabríamos lo suficiente del Holocausto sin las obras de Primo Levi, Elie Wiesel, Imre Kertesz o Jean Amery. Ni tampoco sabríamos tanto del totalitarismo sin Archipiélago Gulag, El Doctor Zhivago o 1984. Esa otra cara de la literatura como productora de conocimiento no debería ser borrada tan drásticamente porque al lado del artificio, de la apariencia, de la ilusión y de la construcción lúdica, camina la verdad, el testimonio, la memoria, la denuncia…

Un ejemplo de este valor cognoscitivo de la literatura que, dentro de sus límites, tal vez debería ser rescatado del desván. Dentro de unas semanas se cumplirá el 25 aniversario de las Causas número 1 y 2 que marcaron un antes y un después en el devenir de la llamada Revolución Cubana según coinciden la mayoría de los expertos. La número 1, la más famosa, concluyó con los fusilamientos del general de división, y uno de los dos únicos “Héroes de la República” con que contaba Cuba en aquellas fechas, Arnaldo Ochoa, del coronel Antonio de la Guardia y de los oficiales Jorge Martinez y Amado Padrón. El también general y hermano mellizo de Tony de la Guardia, Patricio, fue condenado a 30 años. En la número 2, fueron juzgados otros altos oficiales del Ministerio del Interior incluyendo al ministro José Abrantes, recién cesado, que recibieron diversas penas de prisión.

Los procesos suscitaron las más diversas interpretaciones en la prensa y, con el curso de los años, en los especialistas de la historia reciente de Cuba. Para algunos fue un castigo ejemplar del régimen castrista a cualquier intento aperturista en plena época de la perestroika; para otros fue el desenlace de una conspiración abortada que iba a protagonizar Ochoa; no dejó de haber quienes señalaran posibles ajustes de cuentas entre la nomenklatura del régimen, traiciones vinculadas a la corrupción, una cacería orquestada por Fidel Castro para impedir la aparición de figuras que le pudieran hacer sombra en el futuro inmediato e incluso una campaña de desinformación provocada por la CIA, como causa de los juicios. Diez años después de las ejecuciones, el escritor Norberto Fuentes, amigo íntimo de los mellizos Tony y Patricio de la Guardia y antiguo escritor orgánico del castrismo, exiliado en Miami desde 1993 gracias a las gestiones de Gabriel García Márquez tras mantener durante un mes una huelga de hambre, publicó Dulces guerreros cubanos, una crónica ambientada en los días anteriores a las detenciones de Ochoa y los hermanos.

A través del texto de Fuentes accedemos al relato pormenorizado de la concurrencia de tramas que condujeron a sus ajusticiamientos. En una estructura calidoscópica poblada de continuos flashbacks y, en ocasiones, bruscas variaciones en el tono narrativo, desfilan por las páginas las victoriosas campañas de Ochoa y sus blindados en el desierto de Ogadén y Angola, las operaciones encubiertas de Tony de la Guardia y las tropas especiales cubanas a lo largo y ancho de Latinoamérica, desde Venezuela hasta Nicaragua, y más allá (el tráfico de armas, oro, Chile, Argentina, Líbano…), sus agitadas y poco discretas vidas sexuales, la corrupción imperante en prácticamente todos los niveles de la Administración, los privilegios de la casta dirigente, los Rolex, los regalos, la ropa y las carísimas bebidas de importación, las maletas llenas de dólares, los negocios ilegales para sortear el embargo, el estado policial, las ejecuciones dentro y fuera del país, las judiciales y las extrajudiciales, los atentados, los campos de concentración, las intrigas, el alcoholismo de Raúl Castro, la paranoia de su hermano Fidel, etc. Un fresco de la Cuba postrevolucionaria sobre el cual se erige una auténtica elegía de Tony de la Guardia pero que se extiende a su hermano, a Ochoa y al núcleo de revolucionarios de primera hora que acompañaron al castrismo hasta finales de los ochenta, constituyendo su guardia pretoriana y tropa de choque de confianza, y que fue aniquilado de un solo golpe.

Gracias a esta exhaustiva narración que destila melancolía por los cuatro costados acabamos sabiendo que los condenados ofrecían un blanco fácil para la seguridad del estado que confluyó con los intereses objetivos de perpetuación del castrismo. Las francachelas, las aventuras sexuales, los negocios turbios, el alto tren de vida y las insolencias de quienes se creían intocables, como el altivo general Ochoa que desdeñó defenderse de las acusaciones cuando Raúl Castro le dio la oportunidad de encontrar una solución en privado, fueron aprovechadas por un Fidel Castro siempre atento que organizó el descabezamiento de sus fieles servidores del Ministerio del Interior para evitar ser salpicado por los tratos que habían realizado con el narcotráfico colombiano en busca de divisas y, de paso, aplastar cualquier posible conato de oposición interna procedente de las propias filas de los protagonistas de la Revolución. Sus dulces guerreros fueron al paredón por ella y por su Comandante en jefe.

Ejemplos como esta obra nos muestran, a pesar de que no nos demuestran, que la Literatura no debería ser apartada tan frívolamente del panorama del conocimiento para recluirla en el del entretenimiento."

10 de abril de 2014

Crónica de la Nueva Edad (10/04/2014)



Diría que no les falta en absoluto razón a los secesionistas cuando desdeñan la propuesta del gobierno español de emprender una reforma de la Constitución. Incluso por una vez su conspicuo líder, nuestro querido president, señala con acierto que a los dirigentes españoles no les costó más que unos días modificar el texto sagrado a instancias de la señora Merkel mientras que ahora exigen una complicada y larga "marcha" para dar unos pequeños retoques a la ley de leyes pues, en el fondo, de eso se trata. A este lado del Ebro esta táctica dilatoria y desleal es percibida como tal también por los partidarios de la "tercera vía" y federalistas y por ello uno se atrevería a afirmar que en Catalunya es mayoritariamente considerada una burla, lo cual no hará más que abundar en el descrédito del estado y reforzar la convicción de que es necesario que los trenes colisionen de verdad.

9 de abril de 2014

"Otro" viaje a Italia (VI): Gli Uffizi


18 de julio de 2012. Primera parte.

Teníamos hora a las 12:30 para visitar Gli Uffizi, así que nos dedicamos a hacer nuestro primer paseo por el Arno tranquilamente después de desayunar. De camino, uno estuvo tentado de dejarse llevar por la retórica de los tipos y los topoi porque en rápida sucesión pareció que las estampas habituales de la literatura de viajes y el cine turístico estaban dispuestas en su lugar para acaparar nuestra atención: la anciana gritando a la vecina en un tramo especialmente angosto de la via Borgo Pinti, un miniautobús galopando literalmente por las estrechas callejuelas que conducen al Duomo, multitud de ruidosas motorinos arriba y abajo...

Afortunadamente, la serie se interrumpió bruscamente cuando embocamos la via Giuseppe Verdi hacia la basílica de la Santa Croce y, pese a la abundancia de turistas y caminantes, se borró por completo a la vista del verde y humilde Arno. Tras una primera mirada al Ponte Vecchio para cerciorarse de que todo era como debía ser, entramos en la hermosa Piazzale degli Uffizi, en obras y atestada de pacientes, e impacientes, visitantes que guardaban impresionantes colas. Haber adquirido las entradas con mucha antelación por la Red nos evitó incorporarnos a ellas e incluso pudimos ver, sin tanta atención como hubiéramos querido, las esculturas de Miguel Angel, Leonardo, Galileo o Petrarca entre otros, dispuestas en torno a la plaza que se abre entre las dos alas del Museo.

A la hora establecida, con puntualidad latina, cruzamos las puertas. Entre los primeros cuadros que nos llamaron la atención, dos de Filippino Lippi, un quattrocentista alumno y luego colaborador de Botticelli, Incoronazione della Vergine y Adorazione dei magi, ambas de un intenso cromatismo. Y, en seguida en nuestro recorrido, La primavera de Botticelli, tan rico y espectacular como esperábamos y con detalles que se aprecian mejor en la "aparente" visión directa que en la reproducción. ¿Un ejemplo? La fuerza de la contraposición entre la melancolía de la Venus y la carnalidad del zefiro. Sin embargo, por contra, la Nascita di Venere no respondió al recuerdo que de él tenía: en la ilusión de "contacto inmediato" (ilusión que prescinde de iluminación, hora del día, público, cansancio y percepción del observador, etc.) la Venus pareció pálida, nada voluptuosa y más pobre en colorido de como figuraba en mi memoria. Un rato después, íbamos a pasar por delante de l'Annunziazione de Leonardo sin detenernos mucho, entre otras cosas por la cantidad de espectadores que lo contemplaban, cuando escuchamos a una guía explicar la complejidad compositiva del cuadro. La obra de Leonardo emplea tres puntos de vista para la representación: frontal, superior y lateral derecho, sin resultar por ello disonante ni confuso. Asombrados, esperamos y constatamos la exactitud de lo afirmado y el cuadro se nos apareció como una auténtica joya cuando habíamos estado a punto de ignorarlo: una nueva demostración de que el goce de la obra de arte no es fácilmente separable del conocimiento, algo que en estos años de abono a la ópera barcelonesa uno ha tenido ocasión de constatar repetidamente.

8 de abril de 2014

Pedagogía de la exigencia


Últimamente, uno le está cogiendo el gusto a dejar que otros hagan el trabajo que se había propuesto realizar. Así, cada vez escribe menos sobre "Educación" porque demasiado a menudo Alberto Royo dice lo que uno iba a escribri, pero antes y mejor así que ¿para qué repetirse con el riesgo añadido de quedar a la altura del betún en la comparación?

Pues eso. En esta ocasión, hace unos días Alberto habló sobre lo que algunos han llamado la "Pedagogía de la exigencia". Lo que ha publicado lo subscribo plenamente.

7 de abril de 2014

Crónica de la Nueva Edad (07/04/2010)


El jueves de la semana pasada llovió tierra sahariana sobre Barcelona durante buena parte de la mañana. La procedencia la aseguró el "hombre del tiempo" de la Televisió Nacional Catalana. Para uno llovió suciedad. Una suciedad que enmerdó toda la jornada. Por la tarde, un intenso aguacero limpió en parte las calles fangosas, las plantas terrosas y los ventanales polvorientos pero no enderezó el día lo suficiente porque, cuando todavía llovía, en una Televisión Nacional Española que uno sintoniza en ocasiones para reír aprovechando la retahíla de desgracias sensacionalistas y forzadas que enhebran los redactores, ocupó más de dos minutos la noticia (por decirlo de alguna manera) de que los Académicos de la lengua española habían editado un libro dedicado a cada una de las letras del alfabeto. Uno se levantó pesadamente de la mesa para cambiar de canal ante la exhibición de masturbación lingüística patriótica de la información y se pasó al de la Televisió Nacional Catalana, por la previsión meteorológica, sólo para encontrarse con otro ejercicio de masturbación, eso sí, algo más prolongado: cinco minutos, en pleno noticiario de máxima audiencia, sobre la recuperación del "verso en catalán" que tanto ha hecho por la "unidad" del país. Hubo que cerrar el aparato. Cuando después de cenar lo volvimos a encender, nos encontramos con otra acrobacia onanista: el anuncio de la emisión de un reportaje sobre la Mancomunitat que, hay que agarrarse con la grosería y memez del anacronismo, según los nuevos periodistas e historiadores, fue el primer intento de "crear estructuras de Estado" (frase preferida de CiU los últimos años) y un factor clave en el mantenimiento - de nuevo - de la "unidad" del país. Fue una estupidez del mismo calibre que afirmar que Jacint Verdaguer ya era, de alguna manera, del Barça. En fin. ¡Y qué decir de tanta retórica de la unidad! Pues que pronto seremos no sólo una unidad sino que tendremos algún tipo de destino en algún lugar: no cabe duda alguna.

Por cierto, para aquellos que siguen tomándose a risa el órdago secesionista y que cuentan con el aparente apoyo europeo a la posición del gobierno español como garantía de que "aquí no pasará nada", cabe recomendarles el excelente análisis de Antonio Turiel sobre la inevitabilidad de la independencia de Catalunya. Tal vez confunda, en mi modesta opinión, hegemonía con mayoría democrática y olvide que la frase de las cancillerías europeas de más peso, "es un asunto interno de España", implica un apoyo explícito a la posición del gobierno español, pero su descripción de los motivos que podrían llevar a la UE a forzar la entrada de Catalunya en la organización es razonable y plausible y muestra que la aparente coyuntura favorable a los intereses de España puede no ser tal o girársele en contra más pronto que tarde. Algo que uno lleva tiempo afirmando de forma menos depurada. ¿Se les helará la sonrisa a los voceros de la derecha españolista que insisten en que "El 9 de noviembre no se celebrará ningún referéndum en ninguna parte. Y el 10 de noviembre amanecerá un día como cualquier otro, igual de vulgar, anodino y rutinario como cualquier otro. Tras el ruido y la furia no vendrá nada, nada más que el desencantado despertar a la realidad de los seguidores del flautista cuatribarrado de Hamelín. Ocurrió cuando la Transición: el súbito fin del sueño revolucionario de una generación, la mía, no dio paso a la radicalización de los exaltados, sino la deserción general desde la militancia hacia la vida privada. Pasará lo mismo"?

5 de abril de 2014

Crónica de la Nueva Edad (05/04/2014)


Han tenido que pasar unos cuantos días y un fin de semana de nuevo en Madrid para que el empeño de esta crónica, que hace de la mayor equidistancia posible su "bandera", pueda ser retomado.

La semana pasada uno intentó, hasta en tres ocasiones, proseguir. Se trataba de hablar sobre el comportamiento de nuestro president, tan distinto del de Jordi Pujol o Miquel Roca durante las honras fúnebres por Adolfo Suárez; sobre la falta de sentido de "estado" y el aprecio por la República Bananera y el Cortijo (o l'"Auca del senyor Esteve" y la "botiga de vetes i fils") de personajes como la consellera d'Ensenyament o la plana mayor parlamentaria de ERC; sobre la tozudez del gobierno español al negarse a poner sobre la mesa siquiera no ya una reforma constitucional sino una interpretación generosa que quitara material inflamable a los extremistas de ambos bandos; sobre Manos Limpias y la ANC; o sobre la polarización de la vida social y política en Catalunya que se está filtrando en los núcleos familiares hasta el punto de empezar a constituir un tema "tabú". Sin embargo, siempre, de refilón alguna vez, crudamente en otras, el tono se escoraba hacia la identificación entre secesionismo y etnicismo. El fruto de la rabia y el malhumor al ser considerado un "colono" por algunos a los que uno incluso ha llegado a considerar amigos no dejaba espacio para matenerse en ese modesto equilibrio en el que intenta permanecer.

En Madrid, con motivo de una reunión sindical, en la cena posterior al acto del viernes, me apercibí, gracias a Alberto, que no pierde su perspicacia ni en el barullo de un restaurante entre tapa y copa, de que "el tema" era constante referencia de mis reflexiones, casi obsesiva, y en menor medida también de las de mis compañeros catalanes, como si fuera el más relevante de los problemas que aquejan a los ciudadanos que tienen el pasaporte español, al estilo del famoso "Delenda Carthago est" (o el más probable "Ceterum censeo Carthaginem esse delendam") con el que Catilina cerraba sus intervenciones en el Senado durante las Guerras Púnicas. Al hilo de la apreciación de Alberto hice un rápido repaso de algunas de mis observaciones poco edificantes y descubrí que, ante la comprensión de mis demás compañeros de mesa hacia lo que sucede en Catalunya, estaba reaccionando haciendo el juego, objetivamente, a los intereses del nacionalismo español: sólo ofrecí una visión parcial, sesgada, vitriólica y ofensiva, del etnicismo, de los "camisas negras" que pueblan el bando secesionista, pero ignoré por completo a todos aquellos que, siendo partidarios de la independencia de Catalunya, abogan por soluciones dialogadas, razonables y de todo menos racistas. Un comentario de H. acerca de la perplejidad de su hijo cuando se acercó  a Barcelona la semana del 11 de septiembre de hace dos años, el momento en el que se produjo el punto de inflexión que ha desembocado en la situación actual, acabó de ponerme en mi sitio. Cuando llegó en vísperas de la Diada, por motivos de trabajo, ante la profusión de banderas que engalaban el centro de Barcelona, no se le ocurrió otra cosa que preguntar a los representantes de la empresa con la que estaban en tratos a qué obedecían "tantas banderas del Capitán América en los balcones", lo cual según parece sólo ocasionó perplejidad e hilaridad a partes iguales de las cuales nosotros ya retuvimos tan sólo la risa. El resto de la noche, que acabó pronto por la fatiga del viaje y la reunión que nos esperaba al día siguiente, mis comentarios pudieron desperdigarse hacia otros asuntos igualmente interesantes que encontraron en Manuel, un cántabro en la corte del rey Ordoño, un inesperado interlocutor: poder hablar del baloncesto universitario estadounidense, de las queridas UCLA, Notre Dame o Kentucky o de la detestada Duke, de la March Madness (por cierto, la Final Four con Florida, Connecticut, Wisconsin y Kentucky se juega este fin de semana), de los Portland Trail Blazers o de Michael Jordan con él fue una nueva bocanada de aire fresco de esas que uno necesita tan a menudo últimamente.

Sin embargo, al día siguiente en la comida informal que siguió a la sesión de trabajo "el tema" volvió a salir y en esta ocasión de un modo diferente. Alguien comentó la dificultad insalvable que suponía realizar un referéndum a nivel nacional por el callejón sin salida que podría suponer no la paradoja de que España votara a favor de la independencia de Catalunya y en Catalunya triunfara el "no" sino por el escenario más previsible del "sí" en Catalunya y el "no" en España. Uno de los comensales abogaba por la suspensión de la autonomía catalana y uno se tuvo que ver defendiendo el "derecho de los que se creen un pueblo" a creerlo y a reclamar respeto por la democracia a pesar de todo. No fue agradable y aunque al final la sangre no llegó al río, la facilidad de la asimilación nacionalismo (catalán por supuesto)-nazismo que flotó en la discusión en algunos instantes me pareció tan grosera, tan al estilo Rosa Díez, que uno hubo de conceder a los secesionistas no etnicistas de Catalunya que el nacionalismo español más montaraz (no creo que pueda calificársele como etnicista lo cual no lo hace en absoluto preferible, dicho sea de paso) aspira, lisa y llanamente, a la supresión de "la identidad catalana" por mucho que este concepto me produzca escalofríos. En fin.

Hay que seguir en la difícil e ingrata empresa de denunciar críticamente a los etnicistas, de combatirlos con las armas de la palabra y el sentido común, pero sin dejar de hacer lo propio con las diversas apariencias del patriotismo español.

3 de abril de 2014

Lévinas: la resistencia a la totalización y a la totalidad (y IV)


El largo "excursus" de las notas anteriores no es ajeno en absoluto a la experiencia de la lectura de Lévinas que uno se proponía describir pues Totalidad e infinito, publicada en 1961 en La Haya, ha constituido uno de los pilares sobre los que se apoyó la crítica al pensamiento totalizador del postestructuralismo francés de los setenta. Sin ese trasfondo de la historia del pensamiento occidental resulta difícil evaluar con un mínimo cuidado la importancia del filósofo francés.

Como en el caso de Bloch y de una parte de la tradición filosófica continental a partir de Hegel, Lévinas al abordar el problema de la exterioridad, la diferencia y la alteridad, no puede recurrir a los procedimientos académicos usuales de argumentación y exposición en su intento de pensar "lo impensable" o "lo impensado". Pero esta dificultad temática se agrava con su imperturbable convicción de que la metafísica es, de alguna manera, "la" Filosofía en el aristotélico sentido de una "filosofía primera" aunque con un contenido radicalmente distinto. Propósito, metafísica y una tradición que hunde sus raíces en la Fenomenología y las teologías cristiana y judía, hacen que la experiencia de la lectura de Totalidad e infinito, que tiene mucho que ver con la experiencia de la construcción de lo real al modo de las grandes narraciones de la Historia de la Filosofía como La Ciencia de la Lógica o Ser y Tiempo, sea internarse en una reconstrucción prácticamente general, que no total, de lo existente y lo no existente, de lo mismo y lo otro, de la identidad y la diferencia, del ser y la nada: penetrar en una empresa de producción del mundo en la cual la enorme plasticidad del desarrollo y la audacia de la prosa van de la mano de la escasez de la argumentación, la falta de definición ordenada y sistemática de los conceptos, las ambigüedades, el uso recurrente de conceptos en posición de metáforas y, en otros momentos, de metáforas en su propio papel, o la abundancia de pasajes "oscuros".

Sin embargo, estos déficits" respecto al repertorio tradicional de la Filosofía, como en la gran obra de Heidegger y a diferencia de Bloch, lejos de restarle fuerza le dan un vigor especulativo, una originalidad y una capacidad de generar sentidos, y explorar caminos reflexivos, extraordinaria. Vivir entre las páginas de Totalidad e infinito es asistir al levantamiento no de un mundo, sino "del" mundo y extasiarse ante la exhuberancia de vías que se abren a nuestro alrededor para su tránsito. Es una especie de Second Life, de mundo virtual que no necsita de una consola para generarse.

Mas donde la experiencia de la lectura de Lévinas resulta especialmente fructífera es a la hora de pensar el problema de la relación más allá, y más acá, de cualquier holismo: es una herramienta excelente para combatir el pensamiento totalizador que se ha enquistado en la descripción, admitida como inevitablemente parcial, de "los estados de cosas" y en la moralidad.

El punto radial del discurso levinasiano es "la separación", la insalvable distancia entre lo mismo y lo otro, entre el yo y la exterioridad, entre lo idéntico y lo diferente: una separación absoluta e indomable. No se trata de cualquier exterioridad o cualquier alteridad: lo absolutamente Otro está separado de lo Mismo y aunque pueda entrar en relación con éste ni se ve afectado por esta relación ni deja de mantener su radical exterioridad. Es una ilusión del pensamiento de la mismidad creer que domeña a la alteridad por pensarla en referencia a él, por pensarla bajo sus categorías: la exterioridad sigue siendo diferente e inasible, permanece obstinada en su independencia y rehuye, así, cualquier síntesis posible en una totalidad. Y menos bajo la forma de una suma de conexiones puesto que la desconexión es la forma primaria de cualquier posible relación ulterior y ésta no afecta de la misma manera a los miembros ensamblados en ella.

En sus palabras: "Se trata de sustituir la idea de totalidad en la que la filosofía ontológica reúne -o comprende- verdaderamente lo múltiple, por la idea de una separación que se resiste a la síntesis" (trad. de Daniel Guillot, p297).

Y frente a Hegel:
"La relación entre el Y o y el Otro comienza en la desigualdad de términos, trascendentes el uno con relación al otro, en donde la alteridad no determina al otro formalmente como la alteridad de B con relación a A que resulta simplemente de la identidad de B, distinta de la identidad de A. La alteridad del Otro, aqui no resulta de su identidad, sino que la constituye: lo Otro es el Otro." (p262).

Fin, por tanto, de cualquier ilusión totalizadora: la alteridad de lo otro es tan radical que permanece fuera de su alcance y aunque pueda entrar en relación con él, esta conexión no es una alteración de lo otro por lo mismo porque lo otro está absolutamente fuera de su alcance. Au revoir al "todo está conectado con todo" y "todos somos responsables de todo ante todos". Separación, exterioridad radical, conexión asimétrica cuando no carencia de conexión. Con estos útiles debe ser pensada la relación.

1 de abril de 2014

Lévinas: la resistencia a la totalización y a la totalidad (III)



En cierto modo, dialécticas aparte, el fundamento del holismo y del pensamiento de la totalidad, del "todo está relacionado con todo", por decirlo groseramente, es la imposibilidad de pensar la diferencia absoluta: la imposibilidad de pensarla sin relación con la identidad, de pensarla respecto a ella, con ella, en contacto con ella tal y como lo enunciara Hegel:

Esta diferencia es la diferencia en sí y por sí, la diferencia absoluta, la diferencia de la esencia. -Es la diferencia en sí y por sí y no una diferencia por medio de algo extrínseco, sino tal que se refiere a sí; por consiguiente es diferencia simple. -Es esencial entender la absoluta diferencia como simple... La diferencia en sí es la diferencia que se refiere a sí; de ese modo es la negatividad de sí misma... Pero lo diferente de la diferencia es la identidad. Es por lo tanto ella misma (esto es, la diferencia) y la identidad. Ambas juntas constituyen la diferencia ésta es el todo y su momento. -Se puede decir también que la diferencia, como simple, no es diferencia; lo es sólo en relación con la identidad; pero más bien contiene, como diferencia, igualmente la identidad y esta relación misma. -La diferencia es el todo y su propio momento, así la identidad es igualmente su todo y su momento." (sn) (Ciencia de la Lógica, trad. de Rodolfo Mondolfo, vol. II, p44).

Esta imposibilidad lingüística ha presidido la reflexión sobre la relación que ya apuntara Platón en el Parménides a propósito de cómo podía ser conocida la "idea" si era absoluta, pues si entrara en relación al ser conocida perdería su carácter de absoluta. El aparente cul-de-sac denunciado por Platón puede resolverse si se considera que lo que está haciendo el griego, como luego hará Hegel al vincular la "diferencia" a la "identidad" y establecer la imposibilidad de pensarla en su pureza absoluta, es trasladar el modelo de la relación lingüística a la relación ontológica: mezclar ambos dominios o, mejor, prolongar los parámetros de la primera a la segunda. Que la mediación lingüística sea imborrable no significa que sea, ella misma, absoluta hasta el punto que no exista nada que no sea mediado lingüísticamente, por ejemplo, o nada cuyas características no obedezcan a las del concepto mediante el cual es "creado", "producido" o "construido". Que todos los términos puedan ser puestos en relación de alguna manera y que todos, incluidos los sincategoremáticos, puedan afectar o verse afectados por el juego con otras palabras no significa que "las cosas" se rijan  por el mismo principio aunque no podamos acceder a pensarlas sino sea bajo este modelo lingüístico

Todas las palabras pueden estar relacionadas con todas y modificarse en esa relación mas esta característica del lenguaje no tiene porqué ser una propiedad de los objetos ni pese a que todo acceso a estos se realice a través de él: las palabras no son las cosas.

30 de marzo de 2014

Lévinas: la resistencia a la totalización y a la totalidad (II)



Así, se ha producido una singular alianza vulgar que tanto la izquierda "roja" como la "rosa" - tanto los profesionales de la revolución como los partidarios de la izquierda "realmente existente" - han acatado: un acuerdo sagrado entre holismo ontológico y moral para mantener vivo en el horizonte el pensamiento totalizador que casi no encuentra lugar en la ciencia ni en la filosofía contemporáneas pero sigue detentando un notable poder académico y político. En este sentido, cabe concederle a uno el beneficio de la duda porque argumentarlo y demostrarlo requeriría un tiempo y espacio del que carece.

El brebaje, en su forma menos refinada pero más común, extrapola el llamado "efecto mariposa" o sus variantes, pensado para sistemas complejos y que tiene que ver con las posibles modificaciones de las condiciones iniciales y las soluciones - o predicciones - que de ellas puedan derivarse, especialmente en meteorología si uno no anda demasiado errrado, en la forma de la sentencia - tan al gusto de holistas y ciertos marxistas - "todo está relacionado con todo". Pero esta interrelación no se agota en el dominio de lo fáctico (o lo ontológico si se prefiere) sino que se extiende a lo moral y político hermanándose con la afirmación dostoievskiana "todos somos responsables de todo ante todo" puesto que cualquier cosa interfiere con cualquier otra. Dejemos de lado, ahora, que esta forma extrema de responsabilidad moral tan presuntuosa es, al tiempo, absolutamente vacua y tranquilizadora dado que nos absuelve de cualquier responsabilidad: quien es responsable de todo no lo es, en realidad, de nada.

Esta versión de supermercado de pensamiento totalizante es la que ahora domina el pensamiento de aquellos que lo quieren "cambiar todo" así, de un plumazo y, pervive, en formas más depuradas y sofisticadas, en aquellos pensadores holistas con pretendidas bases científicas que todavía pueblan muchas facultades de Humanidades españolas, así como en muchos moralistas de raíz cristiana y en el pensamiento hegemónico en la izquierda superviviente.

Sin embargo, no es sólo la proximidad del Gulag o el tufo cristiano de la responsabilidad universal à la Dostoievski lo que continuamente nos advierte contra cualquier resto de óptica totalizadora que se haya refugiado en el terreno de "los hechos" y de "la moral" tras retirarse de mala gana del ámbito de la generación de conocimiento, sino también el sentido común. En el "todo está relacionado con todo" por el que abogan los totalizadores, se mezclan órdenes diversos e inconmensurables entre sí en una especie de panteísmo romántico del organismo cósmico. El problema es que está por demostrar que un estornudo del que escribe pueda provocar ningún acontecimiento de ningún tipo en el orden macrocósmico, ni tampoco en el cuántico, y, seguramente, muy pocos en el de la banda media de los fenómenos físicos: cabe dudar, francamente, que el hecho de rascarse la espalda influya en la generación de un tsunami en Indonesia. El sentido común nos advierte de que, como señalaba el israelí Itamar Even-Zohar, en la teoría, efectivamente, hay que dar cuenta de las conexiones, sí, pero también de las desconexiones. Entre estas líneas y el estallido de una estrella en una lejana galaxia puede presuponerse con un altísimo grado de probabilidad que no hay, en absoluto, ninguna relación. Como tampoco la hay entre el beso que le de esta mañana a mis hijos y la firma de una condena a muerte en Corea del Norte o un atentado en Irak. En todo caso, para no ser simplistas podría aceptarse, que en el orden fáctico (y moral) quizás hayan:
  •  conexiones locales causales ("interacciones fuertes")
  •  conexiones locales influyentes o concurrentes ("interacciones débiles")
  •  desconexiones locales
  •  conexiones no-locales causales ("fuertes")
  •  conexiones no-locales influyentes o concurrentes ("débiles")
  •  y obvias desconexiones no-locales.
Si postulamos una serie de distinciones de este tipo, u otras mejores o más elegantes, sería probablemente más fácil dar cuenta de la conexión pero también de la desconexión y superar, o esquivar, la difícil refutabilidad de un sentido común que tiene problemas en aceptar la mezcla desordenada y grosera de tantos fenómenos pertencientes a órdenes, cualidades y magnitudes diferentes.

28 de marzo de 2014

Lévinas: la resistencia a la totalización y a la totalidad (I)


Al hilo de las notas sobre Bloch y su insistencia en la totalidad, en el todo en el que al final se debería resolver el inacabamiento constitutivo del hombre y el mundo, recordé que no había llegado a concluir las tomadas sobre la lectura de Totalidad e infinito que ocupó buena parte del pasado verano. Y si bien Bloch atenúa la obsesión totalizante del marxismo gracias al principio utópico, a la constante apertura de lo existente a lo que "todavía no es", lo cierto es que, como demasiado habitualmente en cierta tradición filosófica, acaba sucumbiendo a ella. Nada que reprocharle a un hijo de su tiempo que transitó con demasiada imprudencia tal vez entre "la" política y "lo" político (de ahí sus "idas y venidas" respecto al estalinismo y, posteriormente, el socialismo "realmente existente") y que creía que debía rendir cuentas, finalmente, ante el tribunal de la historia marxista-leninista. Pero sí que cabe lanzar semejante acusación a la izquierda actual después de lo que ha acontecido histórica y filosóficamente. Esta izquierda que continua totalizando teóricamente y/o concibiendo la realidad como una totalidad interrelacionada bien al modo tenue del holismo, bien a la manera fuerte del materialismo histórico y sus variantes, epígonos y reescrituras. Entendámonos: que la izquierda revolucionaria siga proclamando, como lo hace en el barrio de Gràcia, la independencia para "cambiarlo todo" es lo que resulta preocupante más cuando podría mostrarse que hay una íntima aunque sutil correlación entre los pensamientos de las totalidades y las políticas totalitarias.

Ya Popper argumentó eficazmente contra un holismo teórico que debería haber desaparecido del horizonte del pensamiento en acción actualmente ante semejante varapalo lógico. No obstante, sigue ahí, pujante y rampante, inmune al razonamiento: "Por muchas razones es enteramente imposible controlar todas o 'casi todas' estas relaciones: aunque sólo sea porque con todo nuevo control de relaciones sociales creamos un sinnúmero de nuevas relaciones sociales que controlar. En resumen la imposibilidad es una imposibilidad lógica (El intento lleva a una regresión infinita: la posición es la misma en el caso de un intento de estudiar la totalidad de la sociedad, que tendría que incluir este estudio)" (La miseria del historicismo, trad. de Pedro Schwartz, p94). Formas disimuladas de holismo han sobrepujado la crítica popperiana mediante el expediente de diferenciar el plano teórico del fáctico. Las vulgarizaciones y extrapolaciones filosóficas de la llamada "teoría del caos" y el archifamoso "efecto mariposa" postulado a partir de Lorenz, se han combinado en diversos cócteles con otros ingredientes como la doctrina new age, las indigestiones de postmarxismo y de un casi absolutamente incomprendido postestructuralismo (quizás la tendencia filosófica más anti-totalizadora de la historia), orientalismos de todo tipo, lecturas restringidas de la teoría de sistemas, etc. para circunscribir la totalidad al dominio ontológico y moral pero reservándole en esta reclusión un dominio imperial.

26 de marzo de 2014

Guerreros dulces...


A propósito de la lectura de Dulces guerreros cubanos, en la revista digital Catalunya Vanguardista:

"¿Y para qué han de leer los estudiantes los clásicos de la literatura universal? ¿Para qué les sirve? ¿No sería mejor que leyeran las aventuras de Harry Potter o cómics?

En lo que algunos persisten en llamar, contra toda evidencia, 'sociedad del conocimiento', la literatura parece tener reservado el mismo papel que las demás instancias dedicadas al entretenimiento de masas. Como la mayoría de las ramas de las Humanidades que no tienen que ver con el útil aprendizaje de idiomas va siendo postergada en los planes de estudios por Ciencias y Tecnologías diversas."

El artículo completo aquí.

24 de marzo de 2014

Suárez



Suerte de Xavier, que le ha ahorrado a uno buena parte de lo que hubiera querido decir a propósito de la muerte de Adolfo Suárez (1932-2014). Esta mañana, sorprendido por el silencio de tantos cuadernos que uno acostumbra a leer y más recordando que a propósito del fallecimiento de un tal Antonio Vega la zona de la Blogosfera que frecuenta se llenó de notas al respecto, estaba resuelto a escribir sobre el ex-presidente español para no dejar que la amnesia histórica imperara una vez más.

Tan sólo añadir a lo dicho por Xavier que, en la distancia histórica, probablemente halla sido el menos malo de los presidentes de la demorcacia española. Y que uno, que no dejó de llamarle "fascista" mientras estuvo en el poder y después le ignoró, debe reconocer que en el disfrute de las libertades y el aniquilamiento del estado franquista tuvo un papel de primer orden. Sí, muchos estábamos en aquel entonces "por la ruptura" y, décadas después, son aun más los que piensan que debió optarse por ella en vez de por la reforma. Sí. Seguro. Pero de valientes a posteriori está lleno el mundo. En 1976 la correlación de fuerzas entre "el pueblo" (una minoría, por cierto, que no había sido capaz de movilizarse para acortar el régimen ni un sólo día) y el Ejército fascista era clara y rotunda: todos sabemos cómo habría acabado cualquier intento de ruptura. Hay que agradecerle más a Suárez que "al pueblo" que en España se erigiera un titubeante estado de derecho que está hoy, de nuevo, amenazado pero que vale más que un régimen totalitario nacional-católico en cualquiera de sus variantes.