7 de noviembre de 2010

7 de noviembre de 2010: Ratzinger en Barcelona


Ratzinger todavía está en Barcelona, creo. Benedicto XVI, como le conocen sus seguidores, el "cabecilla de la secta vaticana" en afortunada expresión de Radio Moscú o Radio Tirana -uno no lo recuerda ya-, ha venido a "dedicar" la Sagrada Familia y ha suscitado, según los medios del principado, adhesiones y rechazos a partes casi iguales.

En honor a la verdad uno tiene la impresión de que el volumen de los que le esperaban era sensiblemente superior al de los que "no le esperaban" (como rezaba el lema de los opositores a su visita). Minucia, comparado con el de aquellos que ni le esperábamos ni le dejábamos de esperar. Mas eso no es noticia y menos para los medios.

Ante la profusión de maniqueísmos y mercancías icónicas, a uno sólo le queda, del acontecimiento, una sensación ambivalente. Como firme defensor del ateísmo, aunque uno tienda a profesarse más bien agnóstico, sólo pediría que el trato que cierta izquierda le dispensa fuera extensible a Alí Jamenei o al Dalai Lama si aparecieran por la Ciudad Condal y temo que no sería así. Hipocresía y lamentable miseria de esta izquierda de pandereta, castañuela y barretina que nos domina. No vale la pena extenderse más sobre esta obviedad.

Como estudioso de la Filosofía y diletante de la Historia, la figura de Joseph Ratzinger deja pequeña, mínima, reducida a lo anecdótico a aquel polaco de infausto recuerdo (para uno, por supuesto) y mayor pobreza teológica llamado Wojtyla. Sin embargo, signo de estos tiempos, uno observa cómo el mesurado, prudente y enciclopédico Ratzinger suscita mayores antipatías y menos tolerancia y rigor ante su figura que el imprudente, inculto y temerario Wojtyla.

Esperemos que el tiempo ponga a cada uno en su lugar y que el del polaco palidezca al lado del de Regensburg. Cuestión de gustos.